jueves, 28 de enero de 2021

FELINA


Esta es mi participacion para la convocatoria juevera de VOLARELA.

Esto es un "resumen" de un cuento mas largo que aun no he terminado. aun así ha quedado un poco largo.

El tema es "LOS AMORES IMPOSIBLES"

Podeis disfrutar del resto de participaciones AQUI

 

          Había terminado de currar pero era pronto para volver a casa, así que se dirigió al bar al que acostumbraba a ir, para tomar unas cervezas. Si se terciaba echaría unas partidas de cartas, le pediría a Jacinta que le preparara algo para llevar y llegaría a casa sobre las diez. Era el plan clásico.

          Abrió el coche con el mando y cuando tiró de la puerta, vio que alguien se colaba por la del acompañante, y se sentaba rapidísimamente, sin hacer el menor ruido. Ni siquiera la amortiguación del vehículo lo notó.  Sin pensárselo dos veces, rodeó el vehículo, volvió a abrir la puerta que acababa de cerrar silenciosamente el intruso, y se enfrentó a él:

          ―¿Qué haces? ―El que había dentro de la sudadera negra con capucha y pantalón de chándal ancho, no contestó. Siguió cabizbajo. No era demasiado grande, así que se envalentonó―. Que ¿qué haces?, te digo… ―Hizo un gesto como para descapucharlo, pero él lo esquivó con un movimiento gatuno, justo y preciso para que no alcanzara a tocarle. Esto sorprendió a Fortunato porque estaba seguro de que no le vio intentar descubrirlo. Tomó un poco más de precaución―. ¡Contesta! ―ordenó.

          ―¿Puedes llevarme a casa, por favor? No tengo dinero ―contestó una voz de chica. Fortunato volvió a hacer el ademán de apartar la capucha, pero ella le interrumpió, sin hacer en este caso el menor gesto por apartarse―. No, por favor… ―suplicó. Fortunato se frenó. Le dio un poco de penilla y ya estando claro que era una chica, se sintió más seguro. Masculló algo ininteligible, volvió a rodear el coche, se subió, lo puso en marcha y salió del aparcamiento.

          ―¿Dónde vives? Las cosas no se hacen de esta…

          ―No tengo donde ir. ¿Podría dormir en tu casa esta noche, por favor? ―Le interrumpió tímida pero drásticamente, presurosa por desvelar su mentira. Aquello a Fortunato le cayó como un ladrillo en la cabeza. Tenía sesenta años, hacía diez que vivía solo; desde que murió su mujer, y ya no albergaba esperanzas románticas. Inmediatamente le vino a la cabeza que podía tratarse de una trampa; seguro que debía ser menor, y que había alguien vigilando, incluso filmándole. Frenó a un lado y empezó a buscarlo.

          ―No hay nadie. Estoy sola ―dijo ella cabizbaja.

          ―¿Qué edad tienes? ―preguntó impaciente.

          ―Doce.

          ―¿Perrrdonaaa? ¡Bájate! ¡Que te bajes… Pero ¡Ya!

          ―Pero para los humanos representa como si fueran veinticuatro ―se apresuró a apostillar.       

          ―¿Para los humanos? ¿Qué coño significa “para los humanos”? ―La cogió por el borde de la capucha y se frenó antes de descubrirla, como pidiéndole permiso. Ella no hizo ningún movimiento para evitarlo. No había levantado la cabeza desde que se subió al coche.

          ―No te enfades, por favor…

          Echó hacia atrás la capucha y era una gata. Pero con menos pelo. Bueno, La misma cantidad pero mucho más fino, como vello transparente. Los bigotes se retrajeron, como los ojos de un caracol. Lo hacía a voluntad, pero quiso que él los viera un segundo. La cara era alargada, como humana pero con facciones de gata. Las pupilas también cambiaron de rasgadas a redondas, sincronizadas con los bigotes.

          ―Ja, ja ―se rio ella cuando lo vio a él.

          ―Sí. Encima ríete. ―Hizo una pausa, mientras seguía conduciendo―. ¡Qué cara debo haber puesto!

          ―Ahora eres muy guapo

          ―¿Ahora soy muy guapo?¿Estas tonta o qué? ―contestó el agradeciendo el cumplido.

          Entonces ella se giró hacia él bruscamente. Cuando Fortunato notó que se había movido, ella ya le había puesto su mano en la entrepierna.

          ―¿Qué haces? ―gritó él pegando un frenazo―. Quita la mano de ahí. ―Él se la apartaba , pero era como si pasara a través. No era exactamente eso, sino que rodeaba el manotazo, y cuando había pasado, ella ya volvía a tener cogido el miembro por encima del pantalón. Entonces Fortunato se dio cuenta de que aquello había cogido una prestancia adolescente. Una erección de aquellas que hasta duelen; fuera del campo de su memoria. Se la quedó mirando muy serio―: Quita la mano ―ordenó pausadamente. Ella obedeció y volvió a acomodarse en su sitio.

          ―Pensaba que te gustaría. ¿Te has enfadado?

          ―No, pero no hagas eso. ―Siguió conduciendo. Dudando ya de las sensaciones que percibía, se miró la entrepierna, y aquello seguía en alto. Ella malrreprimió una risilla. Entonces escaló por él, como un tití, y le plantó un beso en la boca. El pegó otro frenazo. La cogió como si fuera un muñeco y la clavó en el asiento. No debía pesar más de treinta kilos, pero aun así, se sorprendió de la facilidad con que lo hizo―. ¡Que te estés quieta, te he dicho! Estate quieta de una puta vez. ¡A ver qué coño hago contigo! ¿Dónde te llevo? ¿A la policía? ¿A un hospital? ¿A un albergue? ¿A la protectora de animales?  Y ponte la capucha, que pareces… ―Ella obedeció.

          ―A tu casa, por favor… ―Hizo un silencio―… y no soy un animal ―apuntilló con voz llorosa. Siguieron un rato en silencio.

          ―¡Joderjoderjoder!... Ahora vamos a parar aquí. Ponte en el asiento de atrás y échate, y procura que no te vean. Saldré en media hora o así. ―Ella obedeció inmediatamente. Mientras salía para dirigirse al bar masculló―: A ver qué coño hago ahora con est… A ver si se ha escapado cuando salga. ―Antes de cerrar la puerta pudo escuchar―:

          ―Eres muy guapo. Ji ji ji…

          Se dirigió al bar. Nada más entrar, Juan el camarero, se echó a reír escandalosamente:

          ―¡Ja ja ja! ¿Qué te has hecho, Fortu? ―Todos se volvieron hacia él y empezaron a reírse― ¿Cómo te has teñido tan oscuro? Un poco de disimulo, hombre…

          Manolo, que se había estado riendo, de golpe paró y se le acercó:

          ―¿Qué coño "teñido"? Si se ha hecho un implante. Pero cómo coño te has hecho un implante si ayer nos vimos y… ―Se acercó más y le cogió de la barbilla, y moviéndosela hacia ambos lados exclamó―: ¡Hostiaputa! Y un liftin… ―Todos volvieron a reírse. Fortunato, ya harto de cachondeo, le apartó la mano, y en el movimiento, quedó enfrentado con un espejo que había sobre el arrimadero de la pared. Tuvo que hacer un gesto, y ver cómo la imagen le seguía, para cerciorarse de que lo que estaba viendo allí, no era una foto suya de hace treinta años. El gesto fue una sonrisa.

              

 


domingo, 24 de enero de 2021

LA RESISTENCIA

 

 

Este texto es para el reto de este mes de Ginebra Blonde cuyo tema es 

LA LUZ.(en el sentido menos prosaico de la palabra)

Podeis ver el resto de participaciones Aqui

 

 

            ―¡Cabrones! ―gritó Ramón, y luego continuó, en voz más baja, como rindiéndose―, cabrones… Soltarme… ¿Me habéis librado? ¿De qué? ¿De qué me habéis librado? ―Después de un par de minutos de silencio, en los que estuvo murmurando en una mezcla de catalán y castellano, sin que llegara a entenderse lo que decía, volvió a gritar―: ¡Conchitaaa!

            Las cuatro primeras horas de la noche transcurrieron entre gritos y susurros, alternándolos en orden aleatorio. Los primeros, los más numerosos, variaban, desde “¡Conchitaaa!” hasta “¡Socorrooo!, pasando por “¡Agua!, “¡Ayuda!”, “¡Tengo frio!”. Los susurros eran más largos, y entre ellos podía distinguirse algún “cabrones, os acordareis de mi”, “si fuera un poco más joven, os ibais a enterar”, “señora, suélteme por favor” y “Conchita”. “Conchita” era la única que se repetía tanto entre los gritos, como entre los susurros. 

            A las dos de la madrugada entraron sus cuidadores.

            ―¿Qué pasa Ramón? ¡Oh, por favor, mira como estas… ―exclamó la primera aludiendo a su desnudez, en un tono cansino, como si no fuera la primera vez que lo decía.

            ―Quiero ir al lavabo ―contestó Ramón más calmado que antes.

            ―¿Al lavabo, para qué? si ya te has… ¡Ostras! Mira como tiene las muñecas ―comentó al que venía detrás de ella, al ver que le sangraban―. Es que no se le puede atar así… Dile a Noemí que se traiga… bueno… que se traiga de todo. ―Luego volvió a dirigirse a Ramón―: Que no puedes ir al lavabo…

            ―Quiero que venga Malú.

            ―Malú no está hoy. ¿Anoche no cenaste? ¿Quieres un zumo?

            Estuvo hablándole para que se calmara, pero Ramón estaba como ausente, después de que le dijeron que su enfermera favorita no estaba. Entraron en tropel tres auxiliares más. La primera me saludó:

            ―Buenas noches. Lo siento, ya ve que…

            ―Ya ―contesté.

            El último auxiliar era un chico. Cuando entraba algún hombre que no fuera el medico se le llevaban los demonios. Incluso pensaba que yo era una mujer.

            ―Así ya podréis ya… ―empezó a voz en grito. Parecía don quijote delante de los molinos― Cuatro contra mí. Si me hubierais pillado de joven… ¡No cené, no! ¡No quiero vuestra cena de mierda! ¡Metérosla por el culo, cabrones! Yo estuve un mes comiendo hierba por el monte, cuando estuve escondido… Tú no me toques…―Relataba vivencias de la guerra civil, que a pesar de sus noventa años, resulta difícil de creer que fueran propias, porque él tendría ocho años en aquellas fechas. Después de acomodarlo estuvo una hora tranquilo. Luego empezó a sacudirse y a gritar:

            ―¡Conchita, ayúdame! ¡Darme agua, por favor!

            Volvió la enfermera.

            ―¡Ostras, Ramón! ―Se dirigió al intercomunicador―: Se ha arrancado el tubo de oxígeno y lo ha roto, no sé cómo. Traeros uno. Tambien se ha arrancado el drenaje del pulmón. Traeros también haloperidol intramuscular.

            Después de la inyección aguantó una hora más antes de dormirse. Cuando despertó estaba como nuevo. Parece que don quijote solo aparecía por las noches. Desayunó y comió normalmente. Poco antes de cenar entró la enfermera:

            ―Hola, Soy Mari Luz, su enfermera de tarde ―me dijo―. Después de cenar, le cambiaremos de habitación.

            ―¿Malú? ―interrumpió Ramón desde el otro lado de la cortina.

            ―Sí. Espera Ramón, ahora estoy contigo. ―Luego continuó conmigo―: Es a la de aquí enfrente. Igual le escuchará si grita, pero al menos…

            Asentí. Luego se fue con Ramón, que le preguntó nada más verla:

            ―¿Tienes eso?

            ―Sí, pero hoy vas a cenar, ¿verdad? Que me han dicho que anoche te portaste muy mal, ¿eh…? ―Ramón asintió―. Bueeeno… Ahora vengo.

            Al cabo de un par de minutos, Mari Luz volvió con una táblet. Se la pasó delante, y le dijo:

            ―Mira quien hay aquí, guapo. ―Había una mujer en la pantalla:

            ―¡Ramón! ―gritó ella como si quisiera llamar su atención.

            ―¡Conchiita! ―gritó él como si le hubieran salvado la vida.

 

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