domingo, 21 de febrero de 2021

EL CAMPO DEL HIPOCAMPO

Este texto es mi aportacion al reto de febrero de nuestra maravillosa, incansable,

detallista y generosa GINEBRA BLONDE.

 Consiste en el desarrollo de una idea sugerida por uno de los cuadros

de Christian Schloe que propone. Yo he elegido este:

 

Podeis encontrar los enlaces a los blogs de los demas paricipantes VARIÉTÉS

su blog de convocatorias. A final de mes podreis encontrarlos todos reunidos en 

su blog LOVELY BLOGERS 

 

                Marina se había ahogado. Es lo que pasa si una sobreestima su capacidad de apnea. Cuando despertó estaba tendida en el fondo del mar, agarrando sin fuerza unos corales. Le dio la impresión de que si los soltaba ascendería sin esfuerzo. No respiraba pero tampoco le faltaba el aire. Se sentía como borracha; en ese punto álgido antes de que te entren las náuseas. No había luz debido a la profundidad a la que se encontraba. Dadas las circunstancias, no estaba tan preocupada como pudiera sospecharse, aunque tampoco sabía el porqué. Decidió soltarse para ascender, pero contrariamente a la lógica que en aquellos momentos dominaba su cerebro, siguió tendida en el fondo del mar. Lo que sí notó al abrir la mano fue el aleteo de algo vivo en su palma, y un inmenso dolor en el pecho, comparable a la presión que ejercería un camión pasando sobre ella. Instintivamente volvió a cerrar el puño, con la rapidez de un reflejo, pero con el cuidado con que cogería a un canario. La presión cesó. Ya más tranquila, y viendo que iba a tener que poner de su parte para salir de allí, se incorporó, saltó  y comenzó a bucear con una mano abierta y otra cerrada, sin más referencia que ir hacia arriba. Cuando las fuerzas le empezaron a fallar y ya se veía claridad, aquello que llevaba dentro del puño empezó a tirar  de ella hacia arriba. Cuando salió a la superficie, notó un tremendo golpe en el pecho, y por un segundo, le vino a la mente la imagen de un quirófano boca abajo. Aquel impacto de volver a respirar dejó en segundo plano, la noción  del estremecimiento que sufrió el ser que llevaba en la mano. La abrió y vio un caballito de mar que con dificultad, conseguía sobrevivir fuera del agua. Volvió a cerrar el puño con suavidad lo metió debajo del agua, y ya con menos urgencia, empezó a buscar su barca, sin éxito. Tras unos minutos, Marina empezó a ponerse nerviosa, temerosa de que después de haber hecho lo más difícil, muriera de inanición por no poder llegar a tierra. Entonces, el pececillo que llevaba en la mano empezó a tirar suavemente de ella en una dirección. Luego se paró y tras unos segundos de vacilación , cambió levemente el rumbo, y tiró con más decisión.

                Una vez en la arena de la playa, volvió a abrir la mano y  esperó hasta que el pececillo muriera, cosa que no hizo. Únicamente vio como el pez se agitaba, pero no dando los estertores previos a la muerte, sino más bien, como un perrillo agita la cola al ver a su amo. Marina comprendió en ese momento a quien debía la vida. Le rogó a un bañista que le dejara hacer una llamada desde su móvil y pidió  a su novio Terrence, que viniera a buscarla. De vuelta a casa pasaron por un tienda de peces tropicales, compró una pecera de tamaño discreto y encargó el acuario más grande que tuvieran. Preguntó por el modo de mantener los caballitos de mar:

                ­¿De qué especie? preguntó el especialista en peces tropicales que los atendió.

                ­De esta contestó Marina abriendo la mano, y haciendo patente su ignorancia y su incapacidad de dar detalles.  El caballito de mar seguía moviéndose.

                Uy, ¿es salvaje? No le va a durar ni una semana. Entonces, el especialista en peces tropicales e hipocampos tomó conciencia de que lo traía en la mano y que esos bichos no duran ni un minuto fuera del agua. ¿Pero cómo es que está vivo? ¿Me lo deja…

                No cortó Marina­. Prepáreme lo que necesitaría para mantener uno de los suyos en la pecera pequeña, y póngame en el pedido lo que necesite para el acuario grande .

                ―Pero ¿qué coño es eso que llevas en la mano? ―preguntó Terrence, que no era muy de peces, y al que no había contado durante el viaje nada de lo sucedido― ¿Se te va la castaña? ¿Sabes lo que es dos metros y medio por un metro? ¿Y cómo coño está vivo eso? ¿Dónde vamos a poner semejante monstruo? Y ¿se puede saber…

―Que ya está decidido ―contestó Marina con displicencia, dándole la espalda, harta ya de tanta pregunta. Terrence desapareció.

­Aquí tiene anuncio el especialista en peces tropicales e hipocampos―. Perdone mi insistencia pero no entiendo… Marina echó el caballito al interior de la pecera llena …pero ¿cómo puede ser… ¿Usted también… empezó a preguntar buscando a Terrence ¿Y su compañero?  Marina se giró. Terrence no estaba.

No sé contestó con cierto asombro, mientras cogía la pecera para tentar el peso.

―Me debe trescientos treinta y cinco euros.

―Espere un momento ―dijo Marina dándose la vuelta para ir a ver si veía a Terrence. En ese momento, el especialista en peces tropicales e hipocampos desapareció. Marina se acercó a la puerta de la tienda y vio a Terrence sentado en el coche. Volvió a girarse hacia el mostrador, pero estaba sola―. ¡Oigá…! ¡Oiiga…! ―No había nadie en toda la tienda. Salió, metió la pecera en el maletero y se subió al coche.

―¿Que hacemos aquí? ―preguntó Terrence como caído del cielo.

―¿Por qué te has ido?

―¿Que yo me he ido? ¿De dónde? Lo último que recuerdo es recogerte en la playa.

―Vamos para casa

―Pero es que no sé dónde estamos…

―Tira recto que luego la calle va girando a la derecha y volvemos a salir a la Meridiana.

Estuvo toda la noche mirando en internet y empapándose  de todo lo que conociera el mundo sobre los hipocampos o caballitos de mar. De vez en cuando esbozaba una sonrisa. Por la mañana, metió la mano en la pecera y sacó al bicho. Seguía moviéndose la mar de contento. Terrence seguía durmiendo como una piedra.

Aquel día era su cumpleaños, Marina entró en una tienda de móviles y pidió el más caro de todos:

―Deme el móvil más caro que tenga. ―Después de las pertinentes explicaciones , y de pedir que se lo envolvieran para regalo, lo cogió con la mano derecha. La izquierda sujetaba al pez, metida en su correspondiente bolsillo. Entonces se  metió el móvil en el otro bolsillo. El especialista en smartphones, alarmado por la rapidez del movimiento y por la mirada escrutadora que Marina no apartaba de sus ojos, se apresuró a anunciar su precio:

―Me debe mil trescientos treinta y cinco euros. ―Marina sonrió levemente. Había llegado el momento de demostrar la teoría que había elaborado durante la noche. Se dio la vuelta y el especialista en smartphones desapareció. Volvió a girarse hacia el mostrador, confirmó que estaba sola en la tienda y se fue con su regalo de cumpleaños en un bolsillo y el del día anterior en el otro.

Estaba entusiasmada con la simbiosis que había establecido con el caballito de mar. Durante la noche anterior había aprendido en internet, que el hipocampo es la zona del cerebro humano encargada de consolidar la memoria. También había aprendido que los hipocampos, cuando se ven amenazados, se dan la vuelta esperando que el problema desaparezca. Los hipocampos no tienen hipocampo, de modo que cuando se dan la vuelta, ya no se acuerdan de que detrás hay algo que se lo va a comer; se ahorran la angustia y el miedo previos a la muerte. Solo tienen memoria para una cosa: son monógamos; y este, ya había encontrado su pareja. Normalmente, el truco de darse la vuelta no funciona, y son devorados por sus depredadores, pero la simbiosis con Marina había perfeccionado la táctica.

 

miércoles, 17 de febrero de 2021

EL ESPEJO RETROVISOR

 

Lo siento, queria hacer algo serio, trascendente y con mensaje, y lo tenia en mente asi, 

pero cuando me he puesto a escribirlo, he sucumbido. También he sucumbido a lo del numero de palabras

     

 Esta es mi aportación a la convocatoria de Lucia de este jueves.

Podeis encontrar el resto de textos participantes AQUI



          Sonia y Francesc se habían apuntado a una fiesta de disfraces diferente de la que solían frecuentar años anteriores. Tenía la ventaja de que no había que ir disfrazado. Les había hablado de ella Erika, una amiga de Sonia. Había que registrarse por internet, obviamente, facilitando todos tus datos por si en los próximos días había algún contagio; ya sabéis: covid, gripe aviar, sida ―este último lo ponían en letra más pequeñita y al final, porque la gente se asustaba―. Con esto de los contactos víricos te sacan hasta el número de la tarjeta de crédito, pero ya estamos acostumbrados y nos parece la mar de bien.

          Llegaron en coche porque el lugar tenía hasta aparcamiento gratuito. En la puerta se encontraron con Erika y otras amigas suyas. Nada más franquear la puerta te daban a elegir entre tomarte una pastilla roja o una verde. Todos los del grupo acordaron tomar la roja.

          Una vez dentro, los destellos de luz blanca sincopada, resaltaban sobre las luces rojas y verdes, y se sincronizaban con los golpes en la boca del estómago, que producía la música. Durante ellos podía vislumbrarse el panorama.  Más carne y menos baile de lo esperable en el carnaval. Y más espejos de lo esperable en cualquier sitio. En uno de aquellos destellos de luz blanca, Francesc se vio reflejado sin reconocerse. Se acercó al espejo y esperó otro fulgor, y esta vez se reconoció menos aun. No tenía ni puta idea de quién era el tipo del espejo, pero seguía sus movimientos. Habló y tampoco reconoció su voz. Estuvo un buen rato buscando a Sonia, hasta que la encontró follando con otro tío al que tampoco conocía. Intento acercarse pero la vergüenza le frenó. Al fin y al cabo, todo el mundo estaba haciendo lo mismo. Se apartó y se refugió en la otra punta de la sala. A pesar de la oscuridad, se dio cuenta de que alguien lo seguía disimuladamente. Era una de las amigas de Erika. Volvió a mirarse al espejo y vio al mismo tío de antes.

           Una chica, que por su aspecto venia de un segundo o tercer asalto, se le echó encima de una forma difícilmente rechazable. Estaba confuso. La amiga de Erika no quitaba ojo, pero como no podía reconocerlo, ―porque físicamente era otro­―, como todo el mundo hacia lo mismo, como incluso su mujer no se cortaba, y como, debido a la insistencia de la asaltante, la confusión había dado paso a la erección, no tuvo más remedio que sucumbir, muy a su pesar. Pudiera parecer que cuando uno sucumbe, lo hace una sola vez, pero no es así. Aquel “otro yo” suyo, funcionaba de una manera, que le hizo dudar, si la pastilla de la entrada era roja o azul; le permitía ser pertinaz en el sucumbimiento. La amiga de Erika no sucumbía pero era pertinaz en su acechó, aunque eso le importaba cada vez menos.

          En uno de sus cambios de pareja vislumbró a alguien muy parecido a él mismo, empujando desde detrás a Erika. Se acercó más y lo de “muy parecido” se quedó corto. Nunca había tenido aficiones homosexuales, pero se le pasó por la cabeza acoplarse a sí mismo, para ayudar, más que nada, pero finalmente desistió; no sabía cómo iba a reaccionar. Además, le seguía mirando la amiga de Erika; aunque daba igual, todo el mundo hacia lo mismo, y como no era él…  Hizo un par de asaltos más durante los cuales no vislumbro a su perseguidora.

          Finalmente salió, no sin antes comprobar que volvía a ser él. Dedujo que la pastilla roja te convertía en otra de las personas presentes en la fiesta. Con lo cual, aquella Erika no debía ser Erika y aquel “él” estaba seguro de que no era él.

          En el coche estaba Sonia, mirando fijamente el parabrisas delantero, sin parpadear, como ida. No dijo nada. Cuando Francesc subió adoptó la misma actitud. Sonia se giró y le clavo la mirada. Él lo notó, y cuanto más se clavaba la mirada, más lo notaba.

          ―¿Te has divertido ahí dentro? ―preguntó sin girarse en tono puramente interrogatorio, no recriminatorio. Sonia no contestó, pero siguió clavándole la mirada―. ¿Qué pasa?¿Tengo algo en la cara? ―preguntó girando el espejo retrovisor hacia él. El que le miro desde el espejo sí que tenía la mirada recriminatoria, y no por haber pensado en darle por culo.  Ya eran dos miradas que lo atravesaban. 

          Los coches a su alrededor empezaron a irse.

          ―¿Vamos para casa? Todo el mundo lo hace… ―No obtuvo respuesta, así que arrancó y Sonia no se lo impidió. Cuando ya salían del recinto del aparcamiento pregunto―: ¿Eres “la” amiga de Erika?

          ―Soy su mejor amiga ―contestó ella.

          No quiso seguir indagando, aunque algún día habría que hacerlo. De camino a casa, pensó si el efecto de la pastilla se acababa al salir del local, y si aquella que había al lado suyo, era realmente Sonia.  

lunes, 15 de febrero de 2021

BUEN PROVECHO

 Microrelato escrito a destiempo para lo de la cadena SER de la 

semana pasada (de ahi lo de destiempo). Lástima,,,

La frase en negrita es la obligada de inicio del relato del texto, como siempre 




Como íbamos a imaginarnos que no sabía nadar? No lo hubieramos tirado al agua. Además, cuando soltamos al periquito, sí que sabía volar. 

De todas formas, ahora que ya se ha ahogado, deberíamos sacarle provecho. Casualmente, tengo aquí una receta de bacalao al pil pil.
¿Quien me ayuda?




jueves, 11 de febrero de 2021

PARA AGUAS

 Esta semana nos convoca Neogeminis para nuestro semanal reto juevero.

Hay que formar un titulo con la palabras de las piezas de la foto y desarrollarlo

Para ver el resto de participantes deberiaís pinchar AQUI.


 

 Aclaro que esto es un divertimento con nulo mensaje y menos intención. 

        Jacinto estaba mal. Acababa de jubilarse y no sabía si era por la inmensidad de tiempo libre que tenía, pero el caso es que la ansiedad se lo comía; y encima por la noche era incapaz de dormir. Fue al médico de cabecera, que tras hacerle algunas preguntas le derivó al sicólogo. No quería ir. «Yo no estoy loco», argumentaba con razón. Pero finalmente fue. Le recetaron ansiolíticos y consiguió dormir, pero de día nada. Un excompañero, con el que aún mantenía contacto, le dijo que su siquiatra le había recomendado hacer crucigramas o puzzles. Lo consultó con su médico y no le pareció mal. Compró varios folletines de pasatiempos, pero ni siquiera era capaz de acabar las sopas de letras.

          Un día pasó por delante de una tienda de juguetes y vio un cartel a través del escaparate. “Curso de rompecabezas para principiantes”. Entró y tras explicar su problema, el vendedor le recomendó uno, que le pareció que era el más apropiado. En la tapa de la caja estaba la foto de la solución, como de costumbre. Se veía un paraguas en un mar de hierba. Estaba abierto y al revés, posición que le permitía no hundirse, y a la vez aprovechar la punta, que quedaba sumergida en la hierba, para hacer de timón.

          El sicólogo le había dicho que era una persona cuyas más valiosas cualidades eran la tenacidad y el tesón. Quizás tenía un poco más de la segunda que de la primera, pero era una diferencia prácticamente imperceptible. Jacinto se reconocía en ambas, y alardeaba de ellas en cuanto tenía ocasión. No se rendía a la primera. Pero a la tercera… semana estuvo a punto de desfallecer. No conseguía nunca terminar el rompecabezas; siempre le fallaba una pieza, aunque no siempre la misma. Entonces se enfadaba, recordaba lo que le había dicho el sicólogo, lo desmontaba todo y volvía a empezar.

          La cuarta semana, cuando se vio estancado, se decidió a volver a la tienda para reclamar, porque aquel rompecabezas tenía que tener algún defecto:

          ―Tiene que tener algún defecto ―dijo―. Cuando me falta la última pieza, nunca encaja ―argumentó con razón―. Y yo no me rindo fácilmente, ¿eh? ―alardeó.

          ―Solo tiene dos piezas.

          ―Yaaa… No soy tonto. Si pongo primero una, la segunda no encaja. Y si lo hago al revés, es la otra la que no encaja.

          ―¿Conclusión? ―preguntó el vendedor metido a profesor.

          ―La conclusión es que no se puede acabar.

          ―Muy bien. Ha superado la primera lección del curso. Cualquier otro, en vez de aprovechar la enseñanza, hubiera venido reclamando que le devolvieran el dinero, o alguna sandez por el estilo. Ahora vamos a la segunda lección ―se lanzó el vendedor, aprovechando todo lo que había aprendido en el taller de técnicas de venta. Sacó otra caja, con el mismo motivo en la tapa―: El rompecabezas cuadrado de tres piezas ―anunció como si se tratara de una atracción de circo. Jacinto ladeó la cabeza, mirándolo de reojo. Abrió la tapa, y efectivamente, dentro había tres piezas del mismo tamaño. Como el vendedor no lo vio muy convencido, volvió a aplicar la sicología―: Son doce euros. Este es un pelín más complicado que el de la primera lección; no debe rendirse a la primera, ¿eh?

          Aquello, a Jacinto, le tocó la fibra. Pagó, cogió la caja y se dirigió a casa, sin un pelo de ansiedad, que no fuera la de completar el rompecabezas.  

         

lunes, 8 de febrero de 2021

PRÍNCX VALIENTE

Este microrelato corresponde al reto mensual de Lidía Castro Navas.

El texto debe referirse a la imagen de la carta, aparecer lo que ha salido en el dado,

y a ser posible, la palabra aerostato.


Podeis encontrar el resto de links de este reto AQUI 

 

 

El príncipe se negó a vivir de su cargo, y se hizo inventor. Era joven y solo había inventado tres cosas. el auerostato, el imán de nubes y la persona no binaria. Como buen inventor, este último se lo autoadjudicó. El rey se escandalizó porque, no siendo macho, el hilo dinástico cambiaría a su primo. Fue tanta la presión sobre el príncx para no cambiar de género, que decidió acoplar un aerostato gigante al palacio, y escapó un día que se quedó solx. Con el imán atrajo todas la nubes para ocultar el palacio. Fue siempre un reino nublado.

jueves, 4 de febrero de 2021

GISELA, LA TUNANTE

ESTA ES MI APORTACION A LA CONVOCATORIA DE MAG

PARA LOS RELATOS JUEVEROS DE ESTE JUEVES.

PODEIS LEER AQUI EL RESTO DE PARTICIPACIONES 

 

        Estaba en la sala de espera del hospital, cuando la vi. Se llamaba Gisela. Aunque no llego a decírmelo , yo ya la conocía. Trabajo en el mantenimiento de un hotel rural. También soy escritor, más o menos. El año pasado , cuando aquello de la tormenta, nos quedamos atrapados en el hotel, los que trabajamos allí y varios clientes. Hicimos una hoguera por la noche y nos contamos historias. No de miedo. Todas fueron sobre la naturaleza, su fuerza, y lo nefasto de la intervención del hombre en ella. Un montón de humanos hablando mal de nosotros mismos y ensalzando la naturaleza. Nos despedimos con el compromiso de reencontrarnos el año siguiente.

          Gisela se iba acercando a los que había sentados por la sala de espera, no sin antes escudriñarlos, y acecharlos como si fuera de caza; eso sí , disimuladamente; hablaba un ratito con alguno y luego, lo dejaba estar. Luego se fijaba en otro, sin darse cuenta de que alguien también se fijaba en ella. Tras varios intentos, decidí acercarme a ella, y colocarme en un asiento cercano de espaldas para que no me reconociera, y poder escuchar la conversación. Era una abogada de aquellas que intenta convencer a algún accidentado de que denuncie al ayuntamiento, o a algún conductor. Menuda tunante. Y decía en aquella reunión, que sacaba sus historias de escuchar a los pacientes en los hospitales. En cierto modo era verdad, pero no era solamente eso lo que les sacaba.  Tras varios intentos desistió y se fue. Y yo detrás. Yo también iba de caza. Nunca voy a por gente que conozco pero, en fin, después de andar tres minutos tras ella, fue imposible resistirse. Y cada segundo que pasaba, aquella carne temblorosa era más irresistible. Aún no había salido la luna. Faltarían cinco minutos. Fueron los cinco minutos más largos de mi vida. Había decidido no comer más carne cruda, pero aquella debía estar tan tierna y jugosa… Un minuto antes de que saliera la sustituta del sol, me puse a su altura, para convencerla de meternos en un callejón, y no empezar a despedazarla allí en medio de la calle:

          ―Hola, Gisela. No sé si te acordaras de mí, pero…

          ―¡Hostia! Sí que has tardado. ―le interrumpió. Abrió la boca desencajando la mandíbula y me lanzó un bocado, que si no fuera por mis reflejos lobunos, me habría alcanzado. En ese momento, no sé si por el sobresalto o porque ya salía la luna, empecé a transformarme. Ella se quedó tan desencajada como su mandíbula, y yo conseguí mi propósito de no comer más carne cruda, aunque aquella vez tampoco iba a poder cocinarla. No sé si los hombres lobo nos transformamos en vampiro cuando nos muerde uno; no viene en el libro de instrucciones, así que no sé lo que hubiera pasado. Me hizo prometer que no lo contaría cuando nos encontráramos en el hotel dentro de un mes que falta, así que no esperéis que ella reconozca nada de todo esto.

 


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