miércoles, 28 de julio de 2021

MAMÁ CONVERSA

 Esta semana nos convoca MAG, para nuestro querido relato juevero.

Vuelve tras una breve ausencia con un tema tan complicado como apasionanate:

EL OTRO YO. Puede ser una persona con una doble vida, o un vida con dos personas (¿veis como era complicado?). 

Podeis encontrar el resto de participaciones AQUI


 

          ―Mamá, ¿por qué me has apuntado a las colonias con las niñas más pequeñas?

          ―Siempre te estas quejando, cariño. Los pequeños salen hoy; los mayores no salen hasta pasado mañana. Tienes dos días más. Además, si no te gusta estar con las pequeñas, cuando lleguen las grandes, te juntas con ellas, y ya está. Y si no estás a gusto, me llamas y te voy a buscar; no hay problema. Y date prisa que llegamos tarde.

          ―Bueeeno, vale ―contestó la mayor de las dos hermanas.

          ―Coge el carro de tu hermanita y llévalo a la puerta. No lo menees mucho que está dormida y no quiero que se despierte.

          ―No sé para que la llevamos, si además solo… ¿Para qué coges el paraguas? Si hace sol…

          ―¡Ooohh! ¡Por Dios! ¡Que niña más preguntona! ―exclamó mirando al cielo, suplicando un poquito de paciencia―. Coge el carrito, que vamos tarde.

          Iban caminando hacia la parada de autocares, ya que vivían muy cerca del colegio.

          ―Cariño, ¿quieres un helado? ―preguntó mamá al pasar junto a un puesto de helados ambulante que nunca antes se había instalado allí.

          ―Siii. De fresa y nata. Un cucurucho de tres bolas.

          La madre lo pidió al vendedor. Este señaló con la mirada algo en el interior del diminuto puesto ambulante.

          ―Los de fresa y nata están por este otro lado. Ven por aquí ―dijo cariñosamente el vendedor, atrayendo a la niña a la otra ventana. La madre metió la mano por encima del mostrador, donde el vendedor le había señalado, rebuscó disimuladamente, y sacó otro paraguas exactamente igual que el que traía de casa. Puso en su lugar el que ella llevaba.

          ―Venga, cariño que no llegamos.

          ―Y ¿para qué hemos parado a por un helado si vamos tan tarde?

          ―¡Oohh, Virgen Santísima!¡Qué niña más preguntona! ―volvió a exclamar pidiendo ayuda al cielo―. No sé qué voy a hacer contigo cuando seas un poco mayor. Mira, ya está ahí el autocar. ―Se paró un momento como buscando entre la multitud de padres. Luego dio un rodeo, para pasar por detrás de unos árboles―. Ven por aquí.

          ―Pero ¿para qué damos tanta vuelta?

          ―Oooohhh ―volvió a mirar al cielo―. Pasa por ahí, por al lado de esa señora de azul que está despidiendo a su hijo. ¿Tú conoces a ese niño?

          ―Nooo. Es demasiado pequeño.

          ―Aah. Pasa por ahí. Llevas todo, ¿verdad?

          La madre colocó el carrito justo detrás de la señora de azul, que ya había dejado ir a su retoño. Sujetó el paraguas al carrito, situando la punta a escasos milímetros de la pierna de la señora. Cuando esta se hubo despedido, se echó atrás para darse la vuelta, y se pinchó con la punta del paraguas, desplazando el carrito, que la madre soltó expresamente en ese mismo instante.

          El bebé se despertó y empezó a llorar escandalosamente. La señora de azul notó un pequeño pinchazo en la pierna, que no podía competir en importancia con el clamoroso llanto de la niña.

          ―Perdone, señora. No la había visto.

          ―No pasa nada ―mintió la madre, mientras miraba como se alejaba la señora de azul, rascándose la pantorrilla.

          “Tercer científico negacionista asesinado por el método del paraguas búlgaro”, tituló el periódico del día siguiente.

 

miércoles, 14 de julio de 2021

LA OUIJA

Esta semana nos convoca DOROTEA en su blog LAZOS Y RAICES, y nos demanda que 

LE EXPLIQUEMOS "LO INEXPLICABLE". Pudiera parecer que esta complicado el asunto, 

pero vereis cómo los participantes lo consiguen con pasmosa facilidad. No teneis mas que echar un vistazo  AQUI

 

 

          ―¡Se ha movido!

          ―¡Una polla “se ha movido”! Lo has movido tú.

          ―Sí. Yo. ¿Y cómo lo he atraído hacia mí?

          ―¡Callaros, coño! Vais a espantar a los espíritus.

          ―Pero ¿qué espíritus? Si no hemos convocado a nadie.

          ―Jo, tío. Tú sigue durmiendo. ¿Cómo que no hemos convocado a nadie?

          ―Que yo no lo he movido, te digo. Se ha movido solo.

          ―¿A quién hemos convocado?

          ―¡A Bruce Lee, joder!

          En ese mismísimo instante, la cama del mueble nido, con tres de mis amigos que estaban sentados sobre ella, se hundió. El artista marcial lanzó una de sus poderosas patadas, y con, o sin, la ayuda de la gravedad, partió la cama por la mitad.

          ―¡¡Aagghh! ―gritamos todos de acuerdo, por primera vez, desde hacía mucho tiempo.

          Los que ocupábamos una silla, saltamos de ella, disparados hacia la puerta. Los de la cama, lo hicieron una fracción de segundo después. El más canijo llegó el primero; los demás nos agolpamos detrás de él, de modo que le impedíamos abrir la puerta. El famoso maestro marcial, sin duda molesto por tan poco seria convocatoria espiritual, comenzó a repartir hostias. Yo no lo vi, pero me cayeron unas cuantas. Alguien ―todavía hoy, no sé sabe quién― apoyó su mano en el interruptor de la luz, intentando escalar por encima de los demás. La oscuridad se hizo.

          ―¡¡Aagghh!! ―otra vez de acuerdo, por segunda vez en poco tiempo.

          El sorprendente, y nunca bien ponderado, poder de la adrenalina se manifestó en el cuerpo del canijo, que consiguió abrir la puerta, echándonos a todos hacia atrás ―incluido Bruce Lee―. Echamos a correr por el primer tramo del pasillo, hacía la calle.

          ―¡¡Manolitoooo!! ―La desaprovechada voz de soprano de la madre de mi amigo, resonó por todo el edificio.

          ―¡Corred, que viene! ―Todos obedecimos, sin saber a ciencia cierta a quien se refería mi amigo.

          Un proyectil en forma de zueco se clavó en la puerta hueca que había en la esquina del pasillo, que daba paso al segundo tramo. El nombre de mi amigo volvió a resonar, justo cuando el canijo, que había sacado cierta ventaja, abrió la puerta, salió, y se lanzó escaleras abajo. Todos le seguimos. Una vez alcanzamos el exterior, apretamos a correr calle arriba ―no sé sabe porque en esa dirección― todos juntos ―tampoco se sabe el porqué―.

          ―¿Viene? ―preguntó el canijo, aprovechándose de que iba el primero. Nadie contestó, necesitados como estábamos del oxígeno para las piernas. Finalmente, yo, que me había quedado el último, respondí por si acaso, sin mirar para atrás:

          ―¡¡Sí!!

          Trescientos metros más arriba, nuestros pulmones ya lo habían dado todo. Nos giramos y Bruce Lee ya no venía. No sabemos si volvió al más allá, o cayó presa de la madre de Manolito. Nunca preguntamos.

          Lo inexplicable de esta historia, es cómo mis amigos y yo, nos pusimos tantas veces de acuerdo.

 

 

 

miércoles, 7 de julio de 2021

EL CAZAPATOS 2

 

Esta semana, siguiendo el consejo de Demi, los deseos de Myriam, el anterior argumento

de Neogeminis,  y la convocatoria de nuestra nueva y flamante anfitriona CAMPIRELA, he decidido 

continuar la hstoria de la semana pasada, aunque se comprenden por separado. El tema que nos

proponees Sherlock Holmes y aledaños. Lo siento, he vuelto a pasarme de palabras. 

Es conveniente leer y comentar el resto de aportaciones que encontrareis AQUI


 

 

               Aquel día en la comisaria fue uno de los más curiosos de mi infancia, incluso de mi juventud diría yo. Cuando sea adulto ya lo repensaré. Me encontraba en los asientos de espera, que estaban en un rincón de toda la enorme sala. Acababan de meter a un borracho, que yo deseaba que ocupara el puesto, que dejaría libre mi padre; por aquello de la saturación, lo de “dejen salir antes de entrar”. Ya llevaba más de dos hora esperándole. Entonces entro un tipo con bigote y bombín, muy nervioso y apresurado.

          ―Agente Jameson, ¿puede avisar al inspector Lestrade? ―preguntó el bigotón.

          ―Inmediatamente, Dr. Watson. ¿Quiere que le diga algo? ―respondió el poli del mostrador

          ―No, solo que venga. ―Me lo quedé mirando unos segundos hasta que me decidí:

          ―Agente Jameson ―inquirí repitiendo la fórmula que con tanto éxito había utilizado el bigotón― ¿Pueden soltar ya a mi padre? Voy a llegar tarde a clase de música ―terminé bajando poco a poco el tono, mostrándole el violín en su funda, sabedor, por la mirada del agente Jameson, de que la fórmula del exceso de confianza, había tenido escaso éxito.

          Ni siquiera me contestó. Minutos después un agente entró con un perchero de pie, lo puso al lado del había junto al pasillo que conduce a los calabozos, y comenzó a cambiar los sombreros de uno a otro. Cuando hubo terminado uno cayó al suelo, sin que el agente se percatara de ello. De hecho, nadie en el mundo más que yo, se percató. Después de caer, a pesar de ser un sombrero cazapatos de forma caprichosa, comenzó a rodar hasta esconderse tras la pictocopiadora al óleo, que había en un rincón. Miré a mí alrededor y nadie me miraba. El bigotón se había dormido y el señor con sombrero de copa que había a mi otro lado, también. Me deslicé con la sinuosidad que me caracteriza, y me hice con él. Hacia juego con mi pantalón de paño verde, mi camisa blanca de clase de música, y mi chaleco verdeotoño. No soy muy de modas, ni de hacer juego, pero las oportunidades hay que aprovecharlas.

          ―¿Qué pasa Watson? ―entró gritando un señor, que por los aires que se daba, podía haber sido el mismísimo inspector en jefe de Scotland Yard.

          ―Sherlock… ―contestó señalando con la cabeza a los calabozos.

          «WALLA… Popular detective que nos han traído por aquí», pensé yo. Luego todas las piezas fueron encajando. El bigotón, el familiar gorro cazapatos, que entonces supe de qué me sonaba, el airesdegrandeza, la sumisión del agente Jámeson. Y yo con el gorro de Sherlock en la cabeza. Recé para que lo sacaran igual de desparramado que lo habían entrado. Pero no fue así. Salió como una furia, sujetado por Watson, con un gorro de presidiario. Suplique al cielo que no se diera cuenta y que nadie le dijera nada, pero el cielo no me atendió.

          ―¿Dónde demonios esta mi gorro?

          Comenzó a inspeccionar la estancia, al mismo tiempo que yo le cogía el sombrero de copa a mi vecino ―que seguía en los brazos de Morfeo―, y me lo calzaba encima del cazapatos.

          ―En el perchero.

          ―¿En cuál? ―El agente Jámeson se giró.

          ―Ahh… en el que están todos. El otro nos lo prestó el Agente MadHatter, mientras nos arreglaban la pata del nuestro.

          ―Elemental, querido Jameson, pero ahí… no está ―terminó gritando.

          Todos buscaron el cazapatos en el perchero y sus alrededores. Comencé a levantarme lentamente. Mi padre tendría que volver por sus medios por muy borracho que estuviera.

          ―¡Que nadie salga de la comisaria! ―gritó Sherlock, una octava por debajo de lo que hubiera sido necesario para despertar a mi vecino. Empezó a realizar unos movimientos que podían interpretarse como un cálculo de la trayectoria descrita por el sombrero caído. Era bueno, el cabrón. Fue derechito al pictocopiadora. Vi una gota de oleo rojo, en el suelo, un microsegundo antes de que él la viera. El manazas que había venido a recargar la máquina de pictocopiar, había dejado caer una gota… ¡Maldita sea! Sherlock sacó ―no sé de donde― su lupa, y apuntó a la gotita. Seguidamente se levantó y empezó a mover el cuello como una gallina que acaba de cazar un gusano. Escudriñó en silencio, el calzado de todos los de la sala, hasta que se detuvo en el mío. Sonrió y comenzó a dirigirse hacia donde yo estaba. Mis adorados zapatos marca “PATOS”, de los que tan orgulloso estaba, me habían delatado. Amplió el arco de su sonrisa, cuando miró mi tocado de copa, seguidamente a mi descubierto y dormido vecino vestido de frac, y finalmente otra vez a mí. Llevaba una versión cara de mi indumentaria, o yo una barata de la suya, pero prácticamente iguales. Luego miró mi violín. Luego se paró, miro al techo y dijo:

          ―Vámonos, Watson. Hay que pasar por la sombrerería.    

         

 

 

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