Navidad 23 por Neogeminis

Navidad 23 por Neogeminis
Navidad 2023 por Neogeminis

viernes, 20 de octubre de 2023

EVASION

 Este mes el reto de LÍDIA CASTRO NAVAS consiste en elaborar un micro de 100 palabras o menos referido a la imagen de la carta, el dado (demonio), y el planeta Urano

 

 Podéis encontrar el resto de aporte AQUI 

 

            Urano estaba preso en el país de las palabras mutadas.

          ­­―Tu verdadero nombre es Huraño, y representa tu carácter. Si fueras amable te dejarían salir ―le susurró el angelito que se posó sobre su hombro.

          ­―¿Siiií? Pues yo…

          ­―¡Calla imbécil! ―gritó el demonio que se posó sobre su otro hombro―. Tu nombre es Uranio; te tienen miedo. Eres radiactivo. Atado al tobillo llevas tu planeta. Busca entre el pavimento estrellado cuál es tu sol, ponlo sobre él, y así atravesaréis el suelo y saldréis al espacio. ―Y así lo hizo, aunque allí no había aire―. ¿Veis? Era imbécil.

          ­

viernes, 13 de octubre de 2023

PRUEBA DE AMOR

 Este mes EL TINTERO DE ORO nos reta a estar a la altura de "Matar a un ruiseñor", invitándonos a hablar sobre las injusticias. Como los prejuicios son la raiz de las injusticias y para erradicarlas hay que cortarlas de raiz, yo he escrito sobre los prejuicios; y como los prejuicios hay que erradicarlos de raiz, he escrito sobre un prejuicio que aun no existe, pero le falta poco. Para el que no sepa qué es "hacer de la necesidad virtud", esto es un claro ejemplo.

Podéis encontrar un montón de injusticias, sin mirar el telediario, AQUI


 

          ―Va… Pide, cariño.

          ―Ah… sí. Es que hay tanta cosa. ―Y entonces enunció―: De primero…

          ―¿De primero?

          ―Ah… Es verdad que es plato único. Pues… ¿Tú qué has pedido?

          ―Va, cariño. Que están esperando y solo faltas tú ―le acució Flora.

          ―Mmm… Carpaccio de jengibre en salsa wasabi.

          ―Excelente elección ―apuntó el camarero antes de retirarse. Había pedido al tuntún. Del jengibre había oído hablar que era bueno para todo, pero desconocía a qué sabia. Del wasabi, ni eso.

          ―¿Ya vas a poder con eso? ―inquirió jocoso Narciso.

          ―Yo no puedo con el wasabi, cariño ―comento Hortensia dando un codazo a su novio, como refiriendo una broma privada.

          ―¿Y qué habéis pedido, vino o cerveza?

          ―Cariño… ¿Cerveza? ¿En serio? Nosotras agua y para vosotros vino blanco.

          ―¿No había tinto? ―preguntó un poco con miedo, mientras Jacinto sonreía por lo bajini.

          ―Cariño ―regañó Flora―. El tinto es sanguinolento. ―Miró a ambos lados y vio que todos iban de colores claros y creyó entender:

          ―Ah, ya, es por… ―Y no dijo nada más porque no estaba muy seguro, y tampoco quería hacer el ridículo. Era la tercera cita con su novia y la primera con aquellos amigos de ella. Trajeron el vino y Narciso sirvió a ambos. Dos dedos―. Y ¿tú qué has pedido, cariño?

          ―Estofado de dados de brócoli caramelizados en salsa de trufa.

          «Eso de la trufa suena a carodecojones. Podía cortarse un poco que sabe que me ha tocado pagar a mí», pensó.

          ―Mira, ya lo traen ―comentó Hortensia. Una vez servido, faltaba lo de Narciso:

          ―Tranquilos, empezad. Lo mío tardará un poco ―comentó dándoselas de entendido.

          Seleccionó una loncha de jengibre, la untó generosamente por ambos lados y se la metió en la boca. La temperatura ascendió rápidamente. Pensó en que algo raro estaba pasando. Algo muy raro. Pensó en la muerte. Mordió el jengibre ávidamente para que su jugo le refrescara, pero fue peor. Abrió la boca hacía arriba, como para que entrara algo de aire fresco. Todos reían. La bombilla se le iluminó y se bebió los dos dedos de vino de un trago, mientras intentaba volver a recargar la copa, pero no pudo. Tuvo que volver abrir el volcán, porque el alcohol del vino había formado una queimada. Salía fuego azulito. Flora le dio una palmada en la espalda, y todo fue adentro; por el tubo correcto afortunadamente. La muerte había pasado de largo. Luego empezaron las contracciones estomacales, más soportables.

          ―Voy un momento al lavabo ―pronunciaron sus labios, aunque no salió ningún sonido. Allí devolvió todo y bebió agua del grifo hasta apagar el volcán. De vuelta a la mesa vio una sala de vidrios tintados con mucho jaleo dentro. No tenía puertas. Se debía entrar por otro sitio. A continuación estaba la antigua sala de los extintos fumadores. Vacía. Estaba abierta y entró. Los extractores funcionaban a tope y notó olor a barbacoa. Salía de una gran rejilla que comunicaba con la sala oscurecida. Los extractores daban buena cuenta de aquel olor. Permaneció unos segundos inspirando junto a la rejilla. A continuación de esta sala estaba la antigua de vegetarianos, ahora comedor de mascotas. Los vegetarianos eran lo peor. Peor que los carnívoros. Eran tibios, poco radicales. Ya no se hacía comida vegetariana en los restaurantes. Volvió a su mesa:

          ―¡Hostia! Eso ¿qué es?     

          ―Jaja ―rió Narciso―. Espera que te lo leo: “Trampantojo de esfera de calabaza sobre salsa blanca frita con puntilla, y guarnición de zanahorias baby rojas.

          ―Joder… da el pego, eh?

          ―¿Qué tal? ¿Has visto a los carnívoros? ―preguntó mientras untaba pan en la esfera de calabaza.

          ―Bueno, tienen los vidrios tintados.

          ―Claro. Dicen que es para ahorrarnos el asco de verlos comer carne, pero en realidad es porque se avergüenzan de que los reconozcamos. ¡Asesinos!

                             ―respondió tras una pausa valorativa.

                             ―comentó Flora, mientras Hortensia le reía la gracia.

          De vuelta al transporte público, ya solo con Flora, paró a comprar un cuarto de kilo de grillos y saltamontes:

          ―Me ha dicho el medico que tengo que comer esto. Tengo 105 de colesterol y tengo que bajar urgentemente.

          ―¿Y tienes que comer eso? Es como carne, ¿no?

          ―Pues no sé si cuenta como carne. Verdura no es, pero me lo tengo que tomar.

          De camino al metro ya no le cogía del brazo. Cada uno cogió su dirección. De momento había conseguido mantenerla lejos de casa, pero algún día…

          En cuanto entró en casa acudieron sus cuatro gallinas con el pico encintado. Las condujo a la habitación insonorizada, les liberó el pico y les echó los saltamontes en el comedero con unas piedras y un saquito de maíz.

          Luego fue a la cocina, cerró todo, encendió los extractores con filtros hepa para olores intensos, y se hizo unos huevos fritos con chistorra.

          Aunque las carnicerías y pollerías tenían los cristales tintados y guardia de seguridad, no se atrevía a ir por miedo a que lo reconocieran. Iba a comprar carne y chistorra a un pueblo a 50 km. Se proveía para un mes congelándola, pero con los huevos no podía hacer eso, y tenía que autoproveerse porque eran un vicio.

          Un día sonó el timbre mientras tenía las gallinas sueltas, la sartén al fuego y los huevos ya cascados.

          ―¡No me interesa! ―gritó desde el pasillo.

          ―Yuhhuu, cariño. Soy Flora

          Las gallinas no son tan fáciles de conducir cuando no están hambrientas, ni callan sin el pico encintado.





martes, 3 de octubre de 2023

CULPABLE

 Esta semana la propuesta JUEVERA corre a cargo de MAG (por si alguien se creía que iba a ser fácil) desde su blog LA TRASTIENDA DEL PECADO.

Se trata de construir un relato de 350 palabras o así (esta semana pongo el límite por que he entrado razonablemente) de las cuales, al menos 13 deben contener dos "d"s. Además una de las trece debe identificar a un artefacto que aun no existe (fácil, eh?)


 Podéis encontrar el resto de aportes AQUI

 

          David era feo. En una sociedad en que la religión ya no existe, la fealdad es un pecado. En cambio, su mujer Desi, era una preciosidad; pero una preciosidad que hacia un flaco favor al bien común. Amar a un feo es casi peor que serlo.

          David trabajaba en correos, y a pesar de que no lo hacía cara al público, la empresa estaba decidida a deshacerse de él. Aunque profesionalmente hablando era un donnadie, estaba sindicado, y eso representaba un problema para despedirlo. De modo que el departamento de RRDD (recursos deshumanizados) ideó un ardid: Una señora mandada por ellos permaneció en la oficina hasta que el más guapo de los despachadores llamó con urgencia a David por vía interna. Dado que tardaba mucho repitió la demanda por megafonía. Este medio de llamar a alguien era inusitadamente extremo. David, impelido por la premura, salió a la oficina sin la debida mascara para espacios públicos. La señora simuló caer desmayada llevándose las manos al pecho. Acusado por las miradas de todos, agarró el desfibrilador oficial, que se encontraba adosado a una de las columnas, y se arrojó sobre la impostora decidido a salvarla. Cuando la farsante abrió los ojos, la proximidad del feo la hizo desmayarse de verdad.

          La acusación fue por agresión visual. En el proceso el juez quedó más indignado por la presencia de Desi en calidad de testigo de la defensa, que por el propio delito del acusado: “Amar a un feo es peor que serlo”, sentenció en un momento del juicio. Y finalmente llegó la condena: “Dados los antecedentes del procesado y sus repetidas negativas a operarse para resultar visualmente soportable, le condeno a un tratamiento completo de desfibración ―aquí David se rio para sus adentros convencido de la analfabetía del juez― en el departamento de siquiatría de la prisión del estado, tras el cual quedará al cuidado de su esposa.

          Poco después se enteraron de que el desfibrador es un aparato que mediante un complicado sistema de poleas, convierte el tejido muscular esquelético en tejido adiposo. Unas semanas después del tratamiento, el cuerpo del condenado tiende a la redondez. Un año después la consigue.

 

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