domingo, 28 de marzo de 2021

LOS MUERTOS

Este texto es mi aportacion al reto de Ginebra Blonde para el mes de marzo. 

Se trata de describir una escena de una pelicula que pueda referenciarse a alguna de las secuencias de imagenes que nos propone. Me ha resultado exraordinariamente dificil relacionar las imagenes con una pelicula, y aunque Ginebra siempre dice que los temas son una excusa para escribir, esta vez he intentado respetar la propuesta, ya que casi siempre me las salto. Y casi lo consigo, pero...

Vaya, que he tomado imagenes de dos secuencias, la 10 y la 14, y  he hecho un pastiche. Para colmo , resulta que la pelicula es una adaptacion de un cuento de Joyce, o sea que esto viene a ser un plagio, salvandfo las distancias, pero bueno...

Podeis ver el resto de aportaciones al reto de Ginebra a final de mes en LOVELYBLOGGERS

                Greta se queda petrificada mientras baja por la escalera, al escuchar una antigua canción, bellamente cantada en otra estancia, por un tenor invitado a la cena que acaba de concluir.

                Gabriel, su esposo, la espera al pie de la escalera, pero ella no continúa bajando; más bien, palidece consumida por un dolor creciente, cubierto su pelo, con un pañuelo blanco, enmarcada su cara, en la vidriera catedralicia de una puerta que hay tras ella. Todo se ha parado hasta que termina la canción: La chica de Aughrim. Luego, todo se reanuda, pero Greta ya no está. Coge del brazo a su marido y se dirigen al hotel en un carruaje, mientras la nieve cae sobre la noche y sobre todo lo que abarca la vista. Él intenta entablar una conversación pero Greta sigue ida.

                En el hotel, finalmente Greta deja ir la congoja que le atenaza el corazón y la garganta. Cuenta una historia de su adolescencia. Conoció a un tal Michael Furey, un niño de delicada salud, que siempre cantaba la canción que hacia un rato, había despertado sus recuerdos. Vivían ambos en un pueblo llamado Conway…

                ―¿Estabas enamorada de él?

                ―…paseábamos por el pueblo y por los bosques. El pobre Michel estaba ya enfermo. Me tenía mucho cariño y yo disfrutaba mucho de su compañía…

                ―¿Estabas enamorada de él? ―seguía preguntándome.

                ―…Si hubiera estado mas sano, seguro que habría estudiado canto. Empeoró de salud, y ya no podíamos ir a pasear. Más tarde ya no me dejaban ni ir a verlo…

                ―¿Por eso querías ir el año pasado a Conway de vacaciones? ¿Por ver si te lo encontrabas? ―me pregunta, haciendo un alarde innecesario y ridículo de celos, por un episodio ocurrido hace ya más de veinte años. A ver qué dice cuando le cuente que está muerto…

                ―…Eso fue ya en invierno. Yo tenía que volver a Dublín y quería despedirme hasta el año que viene, pero no me dejaban. Y decidí enviarle una carta explicándoselo y deseando que mejorara. La noche anterior a mi partida, mientras en mi habitación preparaba las maletas, en medio de la torrencial lluvia, pude escuchar una pedrada en el vidrio de la ventana; tirada suavemente, como era él. Me asomé y allí estaba el pobre de Michael Furey, calado hasta los huesos, sentado en una piedra del jardín. No pude apartarme de la ventana ni dejar de clavarle la mirada con todo el cariño de que era capaz durante al menos un minuto. Cuando reaccioné, bajé para decirle que se fuera a casa, que ya nos veríamos el próximo… pero ya no nos veríamos más; al cabo de cinco días murió, y murió por mí , por mi culpa… ―Y rompió a llorar como nunca le había visto hacer. Repetía lo de la culpa una y otra vez. Se levantó de la silla y se lanzó sobre la cama , boca abajo, mientras seguía llorando desconsolada. Me senté a su lado para intentar calmarla. Creo que nunca había visto llorar Greta. Greta no lloraba nunca. Creo que no hubiera llorado aunque le hubieran cortado la mano con un serrucho. En cambio, ahora… por una canción se desata este torrente de emociones. Lloraba y se hundía en la cama hasta casi desparecer, dentro del colchón, mientras su cabeza y su vestido seguían visibles. No conozco a Greta. Llevo quince años conviviendo con ella, todos los días, y no la conozco. ¿De dónde ha salido esto? ¿De qué profundo y recóndito lugar de su corazón?  No lloraba así por pena, ni mucho menos por remordimiento. No se llora así por eso. Lloraba por amor. Amor por alguien con quien paseaba en la adolescencia.  Si mañana me muriera yo, no creo que llorara por mí así. No creo que sienta por mí así. Ni creo que yo sienta así por ella. No creo que haya sentido así nunca por nadie; ni creo que lo vaya a hacer en el futuro.

                Ya no llora. Se ha dormido mientras yo la miraba. Ahora me viene a la cabeza el ridículo discursito que he soltado durante la cena, como hago cada año. Aunque cuando mencioné a los muertos, no me refería a el pobre de Michael Furey. Cuando la tía Julia cantaba en la celebración previa a la cena, y se le inundaban los ojos de lágrimas, pero sin llegar a derramarlas, pensaba sin duda en su difunto marido: “el general”, como todos le llamaban. Decían que fue un héroe; guardaba de él todas sus condecoraciones, adornando todas sus fotografías gloriosas; estaba tan orgullosa de él… No sé si en algún otro momento del año lo rememoraba con tanta intensidad como este día, que celebramos juntos todos los años.

                Tambien recuerdo a mi otra tía, Kate, cuando hablaba del tenor “Parkinson”, un tenor de no demasiado renombre, pero al que ella recordaba, mirando al techo con los ojos húmedos, entrelazando las manos apoyadas en la mesa mientras se hacia el silencio durante unos segundos. Una emoción impropia de la admiración artística. Otra historia no contada nunca. A estos muertos me refería.  Pero sin duda había más gente a la mesa de la que yo creía. Cada uno lleva consigo sus propios muertos.

                No para de nevar. Nieva sobre todo. Sobre la gente que se apresura a volver a casa, y sobre los que ya están en ella. Todo es blanco en esta noche negra, manchada de algunos amarillos de gente como yo, que mira por la ventana como cae la nieve. Veo desde aquí el cementerio. Tambien nieva allí. Allí están “el general” y “Parkinson” y mis padres y los de Greta. Hoy nevara también, muy especialmente sobre la tumba de “el pobre de Michael Furey”, esté donde esté. ¿Cuánta gente habrá debajo de ese manto de nieve? Cuántos muertos, sean de quien sean. Cuantos recordados… la mayoría olvidados, porque ya están también muertos los que los recordaban. Cuantas historias, contadas y no contadas, que no se contaran jamás, desde que hay historia y antes aun. Y cada uno creyó ser el más importante para otros y para sí mismo. Y ahora apenas queda nada. Y nosotros somos iguales. Qué poco importamos. Qué poco variará la historia del cementerio, cuando allí nos lleven. Que insignificantes somos ahora que estamos vivos, y que poco importaremos cuando estemos muertos. La nieve seguirá cayendo sobre todos.    

 

La película es "Dublineses. Los Muertos" de John Huston, basada en un rela to de James Joyce del mismo título.


miércoles, 17 de marzo de 2021

EL DESCENSO A LOS PLACERES DEL INFRAMUNDO

 

 

Este jueves nos convoca MAG en su blog LA TRASTIENDA DEL PECADO con el tema "Alguien llama a la puerta".

Este relato esta basado en el dibujo que viene mas abajo y sin él es dificil de entender, aunque tampoco refleja lo que en él se ve

Podeis encontrar las aportaciones del resto de participantes AQUI

 



            Toc, toc. El señor del bajo se sobresaltó. No esperaba a nadie y las visitas inesperadas, no suelen ser buenas. Se acercó silenciosamente a la puerta, echó un vistazo por la mirilla y confirmó en voz baja uno de sus peores temores:

            ―¡Válgame el Señor! ¡El cobrador del frac! ―musitó, y dedicó todas sus fuerzas a guardar el más absoluto de los silencios.

            No obstante los señores trajeados continuaron su ascenso por la escalera vecinal, sin prestar atención al señor del bajo.

            ―Nooo, que no soy el cobrador del frac ―comentó alguien.

            «Ja ja», pensó en silencio. «¿No creerán que voy a caer en una trampa tan burda?», y guardó un silencio todavía más intenso, ocultándose tras un sofá, mientras los supuestos cobradores andaban ya por el tercero.

            ―Toc, toc. Eooo. Sáqueme de aquí. Que no soy el cobrador del frac ―insistió el señor del semisótano.

            ―Toc, toc ―dijo la puerta del tercero cuando los nudillos de los supuestos cobradores la golpearon. El señor que había dentro se sobresaltó y la señora se ilusionó, a pesar de la mordaza que llevaba. A la obra de albañilería le faltaban no más de tres ladrillos para dejar a la señora emparedada, y para ascender al señor, al puesto de mejor ocultador de cadáveres de su rellano.

            ―¿Quién es? ―preguntó sin molestarse en usar la mirilla para nada. El señor del tercero no tenía deudas, pero tenía otras cosas que ocultar.

            ―”Uber eats”. Le traigo los emparedados que ha encargado. ―El improvisado albañil se dirigió indignado a la puerta y, sin poder reprimirse, la abrió violentamente, enfrentándose a los supuestos “riders”.

            ―¿Están de coña? Yo no he encargado ningún emparedado.

            ―Somos de la policía. Hemos recibido una denuncia de una señora cuyo marido la quería matar pero no sabía cómo.

            En aquel momento, la sobrecarga producida por la nueva pared sobre el suelo de madera, provocó que este cediera en el poco espacio que le quedaba a la señora. A continuación, se produjeron otros estrépitos a medida que la dama iba atravesando ―tras las respectivas paredes― las distintas plantas hasta llegar al duro terreno.

            ―Toc, toc. Eooo. Que no soy el cobrador del frac ―volvió a insistir el señor del semisótano, poco antes de que la dama aterrizara a su altura. Los golpes y rozaduras que sufrió en su descenso desde el tercero, la despojaron de cualquier vestigio textil que pudiera cubrir su cuerpo.

            El señor del bajo se percató de que los “toc toc” que supuso que venían de su puerta, en realidad provenían de debajo de su tarima.

            El señor del tercero se percató, con sorpresa, de que no había nadie detrás de la pared, y decidió que no valía la pena ocultar la obra ilegal a la policía.

            El señor del semisótano se percató de que la dama, además de algunas magulladuras, lucía una desnudez tan espectacular como su cuerpo.

            ―¿Hay alguien ahí? ―preguntó el señor del bajo tras golpear la tarima con los nudillos.

            ―No, no. Deje usted. Si eso, ya le vuelvo a picar luego.  

miércoles, 10 de marzo de 2021

EL PERFUME

 

Este jueves nos convoca Mónica en su blog NEOGEMINIS con el tema "Fantasia Pura".

Este relato esta basado en hechos reales pendientes de suceder, 

así que supongo que cuenta como Fantasia Pura

Podeis encontrar las aportaciones del resto de participantes AQUI

 

 

 

            ―¿Cómo lo llevas?

            ―Pues igual, más o menos.

            ―¿Pero estás mejor? ¿O igual? ¿Tienes más síntomas?

            ―Igual. No puedo salir de la habitación. Viendo pelis. De síntomas igual. Tos a saco, dolor de cabeza, y lo de los olores.

            ―Pues si no tenías tele en la habitación…

            ―Las veo en el ordenador. Ahora mismo iba a ver “El perfume” ―dijo como ya harto de dar explicaciones―. Es una de esas que veo a menudo. Como escuchar una canción. Aunque ya la hayas visto, siempre me gusta.

            ―Bueno, pues ya te llamo en unos días, a ver cómo vas...

            ―Ok. Nos vemos. ―Y colgó. Era un borde, y el covid le ayudaba. A todos los que le llamaban, los despachaba igual. Como si le costará un mundo decir cómo estaba.

            Se puso a ver la peli, después de que se le pasara uno de sus ataques de tos; la principal victima de sus salpicaduras fue el teclado. Tuvo que levantarse de la silla del ordenador para beber un poco de agua, cosa que tampoco le alivio demasiado. Volvió a sentarse frente a la pantalla. Tenía un teclado de esos que suelen tener los “gamers”, con iluminación y tal, y una pantalla enorme, de 26”, que le había comprado su hermana para la ocasión.

            Cuando llevaba pocos minutos de película, se percató de que la iluminación del teclado se había apagado parcialmente; la parte superior izquierda. El uno y el dos, y la q, la w, y las de por esa zona. Le dio unos golpes, como para reanimarlo, pero nada. Lo encendió y apagó un par de veces con el mismo resultado. Decidió dejar su reparación para cuando terminara la peli.

            Transcurridos unos diez minutos más se dio cuenta de que la zona inferior izquierda de la pantalla, la más cercana a la parte estropeada del teclado, iba perdiendo color, al extremo de que, en el mismo rincón, se veía la imagen en blanco y negro. A medida que trascurrían los minutos el problema se iba extendiendo, aunque no demasiado rápido. 

            Cuando Dustin Hoffman echa de su laboratorio a Jean Baptiste, su posible discípulo, después de que este le haya elaborado el más exquisito perfume, en un momento dado, el posible maestro pasa por la mancha blanquinegra de la pantalla. Cambia el plano y el chico le suplica ser alumno suyo. Entonces vuelve a cambiar al famoso actor, que aun habiendo salido ya del trozo de pantalla defectuoso, continua mostrándose en blanco y negro. Una vez se ha quedado solo, deambula bicolor, por su laboratorio multicolor. Se sienta, toma el frasco de perfume que le ha elaborado el aprendiz, lo destapa, acerca su enorme nariz hasta casi meterla dentro y, en vez de viajar al paraíso de los perfumes como hace siempre que dan esta peli, exclama:

            ―Esto no huele a nada.

            El borde había visto muchas veces esta película, y estaba seguro de que esa era la primera vez que Dustin Hoffman decía eso.

 

 

domingo, 7 de marzo de 2021

LA JAULA DE FARADAY

 

 

Esta es mi aportacion al reto de noviembre de Lídia Castro Navas, que nos convoca en su blog

Escribir jugando a participar creando un microrelato con los siguientes condicionantes:

 

Crear un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándo en la carta.

En él debe aparecer el objeto del dado: Un telefono movil.

 

 

Opcional:

Que aparezca en la historia algo relacionado con el espino (año de creación, inventor o el propio alambre):

 
Podeis encontrar los anlaces del resto de participantes AQUI  
 

Tomando su refrescante paseo por la Antártida, Rosario tropezó con la rosa que constituía toda la vegetación del continente, con tan mala pata, que se la quebró. Tendida sobre el hielo intentó pedir ayuda con su smartphone, pero la valla de alambre de espino que delimitaba su finca, hacía de jaula de Faraday, dejándola sin cobertura. Se arrastró,  alcanzó  la cerca y sacó el brazo bajo ella, consiguiendo la ansiada señal.

En un par de horas llegaron los botánicos de emergencias que pusieron una tirita a la rosa. Rosario tuvo que esperar a los servicios sanitarios, que estaban saturados.


 

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