domingo, 30 de agosto de 2020

PEQUEÑO-GRAN HERMANO

 

 

Roberto tocó el botón y al cabo de unos segundos el ascensor paró. Cuando abrió la puerta había ya cinco personas dentro, aunque el ascensor era para cuatro. Decidió no subir. Pero el padre de dos de los ocupantes jovencitos, le dijo que pasara,  que los niños pesaban poco. Así pues, los ocupantes volvieron a recolocarse para dejar un mínimo espacio a Roberto y esperaron a que se cerraran las puertas. El ascensor se movió escasamente 20 centímetros hacia arriba, y se paró.

Roberto que era el que estaba más cerca de la puerta, intentó abrir, pero ya no pudo. Se habían quedado atascados. Intentó girarse para tocar el timbre de alarma, pero justo detrás de él, se encontraba la chica del séptimo. Al girarse le rozó con el brazo los pechos, y ella alzó la mirada, poniendo los ojos en blanco, así como diciendo… Como ella estaba de espaldas a la botonera, la desplazó suavemente, cogiéndola de la cintura, a lo cual ella contestó, que ya estaba bien. Roberto se ruborizó, se disculpó y puso por excusa la estrechez del lugar. Finalmente consiguió apretar el timbre de alarma. Breves segundos después, por el interfono, se oyó a la operadora que solicitaba la dirección del incidente, para poder confirmar sus datos, y enviar allí a un técnico que pudiera rescatarlos. Roberto, que era un chico solícito y servicial, le indicó la dirección, y la operadora a su vez le informó de qué en menos de 20 minutos llegaría alguien para sacarlos de allí.

La chica del séptimo, cuando se percató de que uno de los niños estaba hurgando en su bolso, que llevaba a modo de bandolera por detrás, se lo  echó hacia delante, y en el movimiento rozó con el dorso de la mano que sujetaba el bolso, la entrepierna de Roberto. Esté pensando lo que no debía, y habiendo ya seis personas en un ascensor que sólo cabían cuatro, arrimó, más si cabe, su cuerpo al de ella, demostrando así que además de solicitó y servicial era un cerdo.

El niño que había estado jugando con el bolso de la chica, empezó a llorar porque le habían quitado el objeto de su diversión. Su hermano, para que no llorara, intentó estirar del bolso de la chica para volverlo a poner en la situación previa, pero la ella no se lo permitió. Bruscamente se dio la vuelta para ponerse cara a los niños, procurando decididamente que aquellas fieras no abrieran el bolso. Roberto aprovechó el movimiento para acoplarse detrás de ella. Cuando ella se dio cuenta de su error, volvió a poner los ojos en blanco y mirando hacia arriba, resopló. El padre de los niños le dio una colleja al segundo de ellos por coger el bolso de la chica. El segundo niño se puso a llorar. El primer niño, el que había empezado a enredar y que era el más pequeño, se puso a llorar al ver que su hermano lloraba. Transcurridos diez minutos sin aparecer el técnico, el padre de los niños, que se llamaba Luis, empezó a recriminar a Roberto, porque se había subido al ascensor. Roberto se defendió diciendo y él no quería subir pero que el propio padre de los chicos, había sido el que le había dicho que subiera. La chica del séptimo apoyo vehementemente al Sr. Luis, volviendo a girarse bruscamente, y dando un empujón a Roberto, que resultó chocante por su violencia, para el resto de ocupantes, que no se habían percatado, de cómo Roberto se estaba aprovechando de la situación. Este perdió el equilibrio, a pesar de lo difícil que resultaba eso en aquella situación, y fue caer sobre el señor Fabián. Los niños seguían llorando cada vez más fuerte. Luis intentaba calmarlos, hasta que, crispado por los nervios, le dio una bofetada a uno de ellos, hecho que hizo el otro empezara a llorar más fuerte. El señor Fabián intentó levantarse de su silla de ruedas. Al apoyarse más en el soporte de la izquierda, lo único que consiguió fue a hacerla volcar. Al volcar la silla, Roberto cayó de cabeza, apoyando las manos en el suelo para no darse de morros; después giró la cabeza y miró hacia arriba, intentando aprovechar la situación para mirar debajo de la minifalda de la chica. Esta se percató y le pegó un pisotón con los zapatos de tacón, en la mano apoyada en el suelo. El señor Fabián, que era un viejo verde, y que cayó al lado de Roberto al volcarse  la silla, sí que pudo contemplar, sin comerlo ni beberlo, el espectáculo bajo la minifalda. Roberto no paraba de chillar de dolor. Los niños consiguieron abrir el bolso de la chica que, debido a los tirones, se rompió, y se vació completamente en el suelo. Salieron del bolso, un par de consoladores de un tamaño, que resultaba inverosímil que hace escasos segundos, estuvieran dentro de aquel nada despreciable bolso. Los consoladores fueron a parar rápidamente a manos de los niños, que empezaron a jugar a espadas con ellos, mientras que la chica era la que ahora lloraba, sentada en el suelo, en señal de rendición. Y entonces el ascensor empezó a moverse.

 

Ejercicio para el taller de escritura "EL VICI SOLITARI".

miércoles, 26 de agosto de 2020

BESAME, TONTO

 

Siguiendo la convocatoria de  DEMIURGO  para los LOS JUEVES, UN  RELATO: 8 AÑOS, 13 ARGUMENTOS,

 he escogido la opcion 4


Un estudiante de medicina conoce a la hija de un investigador. Quien ha experimentado con su hija, administrándoles venenos experimentales, convirtiéndola en letal.

 

aunque he menguado un poco la edad de los protagonistas
 

 

                Bésame, si me quieres. Confía en mí ―ordenó Lilit, mientras cogía con su mano enguantada, uno de los escorpiones y se lo metía en la boca.

            Hace dos meses no habría podido hacerlo. Ya había cumplido los dieciséis.  Por alguna extraña motivación moral, su padre no había querido empezar a experimentar con ella, hasta cumplida esa edad. Era un biólogo reconvertido en pediatra. Tras pasar por varias clínicas privadas había sido reconvertido, de pediatra, en pediatra en paro.  Sometía a los niños a tratamientos inapropiados, basados siempre, en que el sistema inmunológico de los niños, debidamente forzado, podía ser mucho más resistente, que el de un adulto joven.

            Primero decidió que haría a Lilian inmune a los venenos y una vez logrado esto, la haría inmune a las enfermedades. Tenía la intención de convertirla en un arma biológica andante. Con esa carita de niña inocente… La primera fase del tratamiento consistiría en la inoculación de diferentes venenos animales, mezclados con drogas sicotrópicas. De este modo la propia mente somatizaría al cuerpo. Empezó con los escorpiones. En dos meses estaba lista; la picadura del escorpión amarillo mejicano, no le producía más que un suave picor, sin apenas inflamación.

            La chica se sintió entusiasmada, sabedora de las capacidades que le habían sido concedidas. A su edad le ebullían las hormonas, y había varios jóvenes dispuestos a disfrutar de sus favores. En el instituto, en el barrio y en el gimnasio. Como regalo de Reyes pidió a su padre un estuche compartimentado con doce escorpiones. El jueguecito lo ideó ella sin ayuda de nadie.

            ―¿Qué haces? ¿Estás loca? ―preguntó sorprendido el primer candidato.

            Ella le invitó con la mirada, entreabrió la boca y asomó levemente la lengua. Un poco más atrás se veía el escorpión, pateando entusiasmado, o quizás simplemente nervoso por la situación. El chico, desconocedor de las capacidades de la antigua Lilian, pensó que si ella tomaba semejante riesgo, él ―el macho― no podía ser menos. Se acercó, y cuando iba a acoplar sus labios a los de ella, Lilit se retiró y le escupió el escorpión a la cara.

            ―No soporto a los indecisos, los melifluos y mucho menos a los desconfiados. A tomar por culo…

            «El chaval los tiene bien puestos. Y está bueno. Un nueve sobre diez», pensó. Lilit ya era una puta arpía despiadada, pero no era tonta. No iba a malgastar un buen espécimen. Cogió el estuche de los escorpiones y se dirigió al instituto a seguir con el casting.

domingo, 23 de agosto de 2020

HIGHWAY TO HELL

 

 

            “Ya no te quiero. Adiós. He conocido a otro que… bla, bla, bla…” y en eso se resumen diez años de convivencia, complicidades, secretos, ¿amor? Amor de conveniencia, amor intercambiable, amor fugaz.  ¿Cuánto fue verdad? ¿Cuánto fue mentira? ¿Cuánto fue amor?

            Iván cerró la puerta de su ex-casa tirando de ella todo lo fuerte que pudo al salir. Ya se había cansado de escuchar mierda. Bajó las escaleras de dos en dos. La rabia le cegaba. La furia le hizo calcular mal las distancias, y el hecho agarrarse a la baranda, le salvó de caer dos veces por las escaleras. Cuando llegó al vestíbulo, abrió la puerta y, antes de salir, gritó de rabia todo lo fuerte que pudo. El grito subió por todo el hueco de la escalera, y rebotó en la claraboya que lo coronaba. Ruth se quedó quieta en el sofá de su casa, esperando estoicamente lo que pudiera pasar. Algunos vecinos salieron al rellano, coincidiendo con el portazo que dio Iván con la cristalera de la entrada. Todos los trozos de vidrio de la puerta cayeron al suelo, con todos los trozos del corazón de Iván. Cuando salió de allí, ya estaba muerto.

            Subió al coche, que tenía aparcado delante de la puerta. Cerró de otro tremendo portazo. Dio otro grito dentro del coche. Volvió a abrir y cerrar violentamente la puerta por tres veces. Luego pegó otros tantos golpes con ambas manos sobre el volante, mientras se agotaba el aire del último grito. Luego conectó la radio, metió un usb y subió el volumen a tope para no escuchar el martillo de su corazón. La gente que pasaba por la calle, no apartó su mirada del escandaloso coche, cuando Iván arrancó el motor, dando un pisotón a fondo en punto muerto. Frenó su furia solamente para seleccionar una canción del usb. Sonó atronador “Highway to hell” y la puso en bucle. Salió quemando ruedas y golpeo levemente el parachoques del coche que tenía delante. Uno de los espectadores levantó los brazos escandalizado, y corrió en persecución del coche de Iván. Un gesto para la galería.

            Se saltó los dos primeros semáforos viendo que no venía nadie. Finalmente se paró por la acumulación de coches que tapaba el semáforo de salir a la variante de la autovia. Las ventanillas cerradas no podían contener el estruendo de la canción:

            “Season ticket on a one-way ride”

            “Asking nothing, leave me be”

            Por fin saltó al asfalto. Fue esquivando coches. La sangre le golpeaba las sienes. Hiperventilaba desde el semáforo. Hacía sonar la bocina, para que los coches se apartaran, pero no gritaba más que la radio. Cuando se percató que los latidos bajaban porque el reducido espacio del coche le hacía de bolsa de plástico, abrió la ventanilla y volvió a gritar. No quería venirse abajo.

            “Going down, party time

            My Friends are gonna be there too

            I`m on the highway to hell” ―sonaba cuando alcanzó la autopista.

            No sabía dónde iba. Solo quería correr. Gritaba el estribillo de la canción. Pisó a fondo, y dejó a todos atrás.

            “No stop signs, speed limit.

            Nobody`s gonna slow me down”

            Cuando no se sabía la letra, gritaba el estribillo igual, desacompasado con la canción. El coche no daba más. Afortunadamente no tenía vecinos. Intento acelerar inútilmente. Temblaba todo el vehículo en un intento por desmontarse antes de destruirse.

            “Hey mama, look at me

            I`m on the way to the promised land whoo!”

            Llegó al nuevo puente. El relleno de la juntas de dilatación mal puesto, sobresalía de la superficie del asfalto, como la costura de una herida mal cerrada sobresale de la superficie de la piel. Cuando piso la primera junta ambos ejes de las ruedas rebotaron creando un compás similar al traqueteo de un tren viejo. Tup-tup. El puente era un gran tramo recto. Y entonces, cerró los ojos. Recordó que había doce juntas.

            “I`m on the highway to hell” ―gritó con el estribillo.

            Tup-tup. “Highway to hell”. «Dos», pensó.

            Tup-tup. “I`m on the highway to hell”.

            Tup-tup. “Highway to hell”. «Cuatro».

            Tup-tup. “Don´t stop me” ―gritó animado, porque esta variación del estribillo sí que se la sabía. El coche empezó a echar humo, aunque Iván no lo vio.

            Tup-tup. “I`m on the highway to hell”. ―Pisó más fuerte el acelerador, intentando hundir el suelo del coche porque la sensación de velocidad no era suficiente.

            Tup-tup. “On the highway to hell” «Siete», continuó contando.

            Tup-tup. “Yeah, Highway to hell” ―El coche mantenía el ritmo. Ivan percibió el olor a agua quemada del motor. Le entró el pánico. Estuvo a punto de abrir los ojos, pero se resistió. Tup-tup. «Nueve». Se le acumulaba la faena. No podía pensar o perdería la cuenta. Se entregó a su destino. Tampoco veía futuro, ni sitio a donde ir.

            Tup-tup. “Highway to hell” ―gritó en voz baja.

            Tup-tup. “And I´m going down”. «Once». Y se vino abajo tal y como le ordenaba la canción. Una congoja le atravesó por debajo del esternón hasta atenazarle la garganta. No abrió los ojos, esta vez por miedo. Le invadió una sensación de que algo iba terriblemente mal.

            “All the way

            Whoa!

            I`m on the highway to hell” ―La canción terminó pero no llego el doce. Desapareció el olor a agua quemada. Esperó un poco más al doce. Un día. Luego, una eternidad. Finalmente abrió los ojos. Estaba ciego y no volvería a ver. Ni siquiera una luz al final del túnel.


Ejercicio del tema "Suicidio" (otro), para el taller de escritura "EL VICI SOLITARI"



miércoles, 19 de agosto de 2020

HACE UN SIGLO

Siguiendo la propuesta de Mag para los relatos jueveros

esta es mi propuesta: 

 

            Dentro de dos minutos, entrará por la puerta la policía y me detendrá. Los cargos me los dirán mañana. Puede que vaya a la cárcel por mucho tiempo, o por poco, o en el mejor de los casos que pierda el trabajo. Todo dependerá de cuantos de estos criajos… Bueno, dependerá de tantas cosas…

            Estamos en septiembre de 1920 y hoy se reanuda el curso universitario tras dos años de parón.  Yo doy clase de geometría descriptiva. Cuando hemos llegado los profesores, nos han llevado a una sala, y nos han dado una pequeña charla, mientras  las clases se llenaban de alumnos. Ya nos han dicho de entrada, que somos culpables de lo que pueda pasar. Y algo pasará seguro.

            Al salir hemos ido a nuestras respectivas clases. Por los pasillos, me he tropezado con diferentes operarios desconocidos para mí. Van ataviados como maquinistas de tren, con la ropa tiznada de carbón y unas pesadísimas cajas de herramientas. Solo la mitad de las clases están operativas. Una sí y una no, tienen los vidrios pintados para que no se vea lo que hay dentro. Cuando he entrado en mi clase casi me caigo de culo. Aunque nos han insinuado que en vez de haber menos alumnos por clase, iban a haber más, no me esperaba el doble. La clase parece la sala de máquinas de un submarino. Hay tubos a presión por todas partes; de esos gordos, de vapor, con pletinas atornilladas en cada junta. Alguna pierde, porque se oye un silbido constante por encima del rumor de los alumnos, que comentan entre sí, como colocarse el bozal de respiración que les han dado a cada uno, al entrar. Yo soy un privilegiado; tengo uno más ligero, con una pequeña bombona de oxígeno, para poder moverme por clase. Los chicos, en cambio, conectaran sus bozales con tubo, a una cañería de evacuación de aire, que va a la habitación cerrada de al lado, y que mediante un sistema de extracción continuo, saca el aire respirado por los alumnos, al exterior. La misma máquina de vapor que opera esto, también efectúa una evacuación-inyección de aire completa de toda la estancia, cada vez que se inicia una clase. Cuando esto se produce, unas compuertas en la pared exterior se abren al tiempo que unos cañones enormes inyectan aire en la sala. Esta operación podría compararse a un huracán que atravesara la clase de derecha a izquierda durante un segundo.

            Suena la sirena y la clase comienza. Como es geometría, la pizarra me sirve de buen apoyo, ya que yo, con el bozal, no puedo hablar. Todo ha de ser escrito en la pizarra. No sé cómo lo harán en filosofía. A los dos minutos pregunto algo a un chaval. Hace un ademán de quitarse el bozal para contestar; todos, incluso yo, levantamos los brazos en señal de reprobación. No se ha debido leer la normativa de seguridad. El chico, se retrae, pero seguidamente, se le ilumina la cara, al creer que ha dado con la solución. Se levanta, se dirige hacia la pizarra, y se le suelta el tubo que une el bozal, con la tubería fija bajo el pupitre. Se escucha un escandalizado “¡Ohhh!”, al tiempo que empieza a sonar la sirena. Ya solo es cuestión de minutos que vengan a por mí.

            Ahora recuerdo que nos han dicho en la charla que está prohibido hacer preguntas a los chicos. Es todo culpa mía. Si por el desprendimiento del tubo, alguno de los alumnos se ha infectado con el virus, iré a la cárcel. Si no, seré simplemente despedido. Ya falta poco. Toda la clase está en silencio. Les doy lástima. ¡Qué pena de país! Un virus ha destruido nuestra forma de vida. Dentro de un siglo, con los adelantos que tendrán entonces, leerán la crónica de lo que aquí pasó, y se reirán de nosotros.

miércoles, 12 de agosto de 2020

EL OBJETO

 

POR FAVOR, NO MIRAR LOS COMENTARIOS ANTES DE LEERLO. PUEDE HABER SPOILER.

Siguiendo la convocatoria de   ALFREDO para los relatos jueveros

esta es mi propuesta:

 

 

Como el tema es muy amplio resulta que no se me ocurre ningún objeto sobre el que escribir. Así que escribiré sobre un objeto que no es un objeto. En realidad no es un escrito, sino una adivinanza, en la que hay que averiguar el objeto del que hablo. Para ello daré unas pistas y unos descartes.

            Puede ocurrir que algunos no identifiquen este objeto, porque en el momento en que yo tuve noticia de su existencia, tenía este nombre que hay que adivinar, pero antes se llamó de otro modo. Posteriormente volvió a tomar el nombre anterior. Solo se llamó del modo que yo lo conozco unos diez años ―lustro arriba, lustro abajo―. Ahora me dicen, que el modo en que yo lo llamo sigue utilizándose, pero en menor medida.

            No es ropa del hogar, ni una prenda de vestir, ni un complemento. Bueno, un complemento sí que es, pero no un bolso, ni unos guantes. Ni siquiera un sombrero.

            Este objeto tiene nombre y apellido, y también un hermano. En realidad no es un hermano, porque coinciden en el nombre, pero no en el apellido, aunque son de la misma familia. Por eso decía lo de hermano, pero en realidad, solo son tocayos.

            Como última pista diré, que el apellido de su tocayo es indirecto.

            Epílogo: Los que ya lo han adivinado, pueden seguir leyendo para confirmar su teoría, y los que no, también, simplemente por curiosidad. El nombre del objeto es la decimocuarta palabra de este texto, y el apellido es el antónimo de la última, antes del epílogo.

domingo, 9 de agosto de 2020

MENUDA UNA, CON LA QUE ME HE JUNTADO


 

            ―Cariñooo... ―dijo ella caramelizando la última sílaba con gusto a fruta de la pasión. Estaba claro que iba a pedirme algo. Hice un repaso rápido a cosas que tenía pendientes, pero no se me ocurrió ninguna. Entonces ella apoyó la mano en mi muslo y empezó a deslizarla hacia el interior. Ahora también estaba claro que era algo importante para ella. Pero lo que más claro estaba, era que como no le frenara la mano, iba a ser difícil negárselo.       

            ―¿Qué quieres? Cariñooo ―contesté imitando torpemente el tono de ella.



            ―Es que es un poco delicado ―susurró Natalia mientras la mano seguía su camino.


            ―Razón de más para no hacer trampas con la manita. Eso es jugar con ventaja ―repliqué.


            Ella se recolocó en el sofá y cogió con ambas manos las mías.

 
            ―Si, por ejemplo, me divorciara de mi marido, ¿podría venirme a vivir aquí contigo?

 
            Tolón, Tolón, Tolón... Se dispararon todas las alarmas dentro de mi cabeza,  e hice lo que pude por disimular el impacto. Fue  algo similar a ocho patadas en el escroto, o sea que tuvo mérito el disimulo. Aunque yo no emití ningún sonido, el impacto emocional en toda la finca fue tal, que bajó la vecina de arriba, para ver si sucedía algo. Hasta los de Securitas Direct llamaron para preguntar qué era lo que pasaba.

 
            ―Por supuesto ―mentí, simulando que me agradaba la pregunta―. Ya era hora de que te decidieras. Y si no es mucho preguntar, ¿a qué se debe ese cambio?


            ―Jerónimo está muy triste y distante. Creo que se quiere suicidar.

 
            ―No jodas ―se me escapó, esta vez sin disimulo alguno, incluso podría confesar que ciertamente sorprendido—. ¿Y por qué crees eso?

 
            ―Porque el otro día me preguntó que yo qué haría si él se suicidara.

 
            ―Pero ¿cómo que se va a suicidar?  Y ¿encima te lo dice? Eso es que te quiere dar pena. No le hagas caso. Aunque... ―seguí, dándome cuenta de que estaba tirando piedras en mi propio tejado― ...cuando uno está muy decidido, no le importa confesarlo. ―Entonces me quede pensativo―. ¿Y por qué quiere suicidarse?

 
            ―No lo sé. No le pregunté.

 
            «Joder… Menuda una con la que me he juntado», pensé.

 
            ―Pues pregúntale. No está bien que sabiendo que se va a suicidar, no hagamos nada. No hagas nada tú, quiero decir.

 
           ―Tampoco está bien que le pongamos los cuernos. Que yo le ponga los cuernos, quiero decir.


            ―Ahí le has dao. —Hubo un silencio— ¿No será que sospecha de lo nuestro?


            —Que va. Si ni siquiera te conoce.


            —Y si le preguntas cuándo y dónde piensa hacerlo. —Ella hizo una mueca, así como diciendo: "Tú, ¿estas tonto o qué?“—. Ah, claro. Se iba a pensar que teníamos, o sea, que tenías prisa por heredar.

 
            —Que va. Si está arruinado. Tiene que cerrar la empresa.      

            —¡¡No jodas!! —Se acababa de esfumar la única parte positiva del futuro acontecimiento. Y continué—: Hay que hacer algo para impedírselo...


            —¿Por qué?

 
           
Como que ¿por qué? —Ella se encogió de hombros y no dijo nada—. Pues porque tenemos que ser buenas personas.


            —Ah... —contestó ella como si el día que explicaron eso en clase, hubiera hecho campana.


            «Joder, joder... Menuda una, con la que me he juntado», volví a pensar. Después de un segundo de silencio seguí:


            —Bueno, ¿qué? ¿Vas a intentar averiguar algo, o no? No hace falta que se lo preguntes directamente. Intenta sonsacarle... así, con la manita...

 
            —Bueno, vale... —refunfuñó ella al tiempo que hacía ademán de levantarse del sofá. Entonces le cogí la mano y volví a ponerla sobre mi muslo. Pero ella dijo—: Ahora ya no me apetece. —Y se soltó de un tirón.

 
           Una semana después quedamos para comer en el mismo restaurante que comíamos todos los jueves. Nada más sentarse a la mesa, ella me comunicó que ya le había preguntado a su marido:


           —¡No jodas!  Y ¿te lo ha dicho? ¿Dónde y cuándo?

 
           —Pues sí.


           —Y, ¿cómo?

 
           —De "cómo" no me dijiste nada —contestó disparada ante tanto interés por su marido— No se lo he preguntado. ¿Quieres que se lo pregunte por wasap? De todas maneras, el "dónde" es un puente. No creo que se vaya a tomar un bote de barbitúricos.

 
           —No. Te preguntaba que cómo lo averiguaste.


           —Eso ya te lo contaré luego, y según cómo te portes esta noche —contestó cambiando de golpe a una actitud mucho más zalamera. La botella de vino que nos habíamos bebido entre los dos, empezaba a hacer efecto—. Me gusta mucho este sitio. ¿Cómo es que no me habías traído antes? Los camareros son guapísimos. Mira aquel. ¿Tú crees que se molestaría si le pellizco el culo cuando pase?

 

           Era de ese tipo de mujeres a las que gusta dejar en evidencia a su acompañante, y como en este caso a mí me iban este tipo de juegos, la relación funcionaba a las mil maravillas. La reunión acabo en mi casa, como cada jueves; en esta ocasión con un final más feliz que la semana anterior.

 
          
Ese fue el último día que la vi. Debí portarme bien porque conseguí que me dijera el día y hora del proyecto de suicidio de su marido. El día en cuestión fui a una tienda de disfraces y alquilé uno de mendigo. Mientras me dirigía a la insospechada cita, pensé en lo bien que me lo pasaba con Natalia. Estuve a punto de darme la vuelta, dejar que su marido se suicidara y decirle que se viniera a vivir conmigo; pero solo fue un segundo. No iba a vender mi libertad a ningún precio. Cuando llegué al puente no tardé mucho en localizar al marido de Natalia. Estaba quitándose la americana, pero aún no se había encaramado a la baranda. Él no me vio venir porque yo me acerqué expresamente por la otra acera. Cuando estaba a su altura crucé.

           ―Un mal día, ¿eh? ―le dije cuando ya empezaba a escalar la baranda.

           ―Una mala vida, diría yo ―contestó mientras seguía a lo suyo.

           ―Pues imagínese la mía. ¿Se va a tirar vestido? ―Entonces se detuvo― Lo digo porque si no se mata al chocar con el agua, en bolas, morirá de frio antes que si va vestido. No vaya a creer que lo digo porque me vendría muy bien el traje, que además parece de mi misma talla. ―Se detuvo en lo alto de la baranda―. ¿Se lo ha dicho a su mujer? ―Se bajó, se quedó en calzoncillos y volvió a subirse―. ¿Ha hecho testamento? ¿Se lo ha dejado todo a ella?

           ―Sí que se lo he dicho. No le he dejado nada porque ya es todo suyo. Yo estoy arruinado. Lo tuve que poner todo a su nombre. Mañana tengo un juicio por evasión de impuestos que si se produjera, lo tendría perdido. Iría a la cárcel seguro…

           Otro vagabundo estaba llegando a donde nos encontrábamos. Uno de verdad, quiero decir. Me hizo un gesto pidiéndome permiso para coger la ropa que había en el suelo.

           ―Perdón ―interrumpí a Jerónimo. Y seguí, dirigiendome al mendigo―. No jodas hombre, que aún estoy intentando convencerlo. Si te llevas la ropa, no va a querer salvarse, porque tendría que volver a casa en bolas. Además si se tira, la ropa será para mí, que para eso me lo he currado. ―El vagabundo se disculpó y siguió camino. Luego seguí con Jerónimo―: Perdona, ¿eh? Sigue, sigue…

           ―Y encima hijos, no tengo, porque mi mujer no quiere, así que no perjudico a nadie.

           ―Y tu mujer, ¿qué? Pobrecilla, se va a quedar sola en el mundo.

           ―Sí, sí. Sola. Mi mujer me pone los cuernos…

           «¡Joder! Y la otra decía que no lo sabía. Vaya marrón, ahora. Espero que sea verdad que no me conoce. Igual con esta barba y estas gafas, aunque me conozca…», pensé yo. Y él continuó:

           ―… los lunes con mi hermano, los martes con mi ex-socio, que encima fue el que me convenció de que lo pusiera todo a nombre de ella…

           «¡Joder, joder! Menuda una con la que me he juntado», volví a pensar. Y siguió:

           ―…los miércoles con una amiga suya, que enchufé yo mismo de portera en nuestro bloque, cuando no sabía nada de todo esto; para que no tenga que desplazarse mucho mientras yo voy a trabajar. Los jueves con uno que no conozco…

           «Ese soy yo», pensé justo antes de interrumpirle:

           ―Perdona. ―Y seguí, ahora gritando al vagabundo, que ya se perdía de vista―: ¡Oye! Vuelve, anda. Y llévate la ropa esta... ―Y luego terminé ya en voz mucho más baja― …que a este no hay quien lo salve.

           ―¿Qué?

           ―Nada, nada… Sigue, sigue, ibas por el viernes

           ―El viernes desaparece hasta el lunes con sus amigas, ch cada fin de semana a un sitio diferente, a gastarse el dinero que yo gano. ¿Cómo lo ves?

           ―Pues nada, tío. Que tú ganas. ―Y le hice un gesto con la mano, indicándole que podía saltar.

           ―Lo que me sabe mal es irme al otro barrio sin saber si el del jueves era algún conocido mío o no.

           Pensé en darle una alegría confesándome, pero bastante desgracia tenía ya el hombre. Finalmente, saltó. Me pingué a la baranda para ver como caía. Era lo menos que podía hacer. Cuando le faltaban quince metros para chocar con el agua, apareció por debajo del puente una balsa con tres individuos, tres sillas y un cofre. Eran tres náufragos que llevaban quince días sin probar bocado. El impacto con la balsa, la hizo tambalearse. No se mató. Vi cómo se movía, pero estaba bastante maltrecho. No creo que hubiera sobrevivido, ni aunque los tres individuos no se lo hubieran comido. Está claro que la desgracia se ceba con algunos.

           De vuelta a casa, pensé que le diría a Natalia que se viniera a vivir a casa, pero tenía que dejar a todos los… y no gastar tanto, aunque el dinero era suyo, así que lo del dinero…no sé. Luego pensé que mejor no, que no la iba a poder controlar. Aunque, bueno… me lo paso tan bien con ella que… Las dudas se disiparon cuando llegué a casa y me encontré una nota en la que decía que se iba a vivir con el ex-socio de su marido; que no la buscara. Que ya me buscaría ella si llegaba el momento. La llave del piso que le había dado estaba sobre la mesa. La nota la encontré pegada en el vidrio de una ventana desde la que se veía el mar. Doblé con cuidado la nota mientras mi mirada quedó perdida varios minutos en el horizonte.


Ejercicio del tema "Suicidio" para el taller de escritura "EL VICI SOLITARI"

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