miércoles, 29 de julio de 2020

LOS OBEDIENTES



Siguiendo la propuesta de Mag para los relatos jueveros

esta es mi propuesta:


            Acabo de atravesar el umbral de una puerta abierta en un seto enorme, y me encuentro en una especie de jardín. Sobre la puerta,  desde este lado se lee un cartel que pone: “No hay salida”. No recuerdo cómo he llegado aquí, pero siento como si me hubieran forzado, por el estado de ánimo que traía. Los setos apenas miden dos metros de alto y forman una placeta, de la que se pude salir por tres pasillos, formados también por setos, muy bien recortados. Parecen dibujados, más que podados. Eduardo Manostijeras no lo hubiese hecho mejor. Diría que estoy en la meta central de un laberinto. Deben ser las doce del mediodía, horario solar. Lo digo porque no hay ni gota de sombra. Debe ser el quince de agosto. Lo digo porque el calor es insoportable.

            Tomo el pasillo de más a la derecha. Estos laberintos de setos suelen ser fáciles, para que se diviertan los niños. El sol cae a plomo y parece que aún no se haya inventado la brisa. El sol reverbera en la arena. Reverbera hasta en las paredes, que son oscuras. Si se complicara el asunto, siempre se puede atravesar la vegetación y salir recto por donde sea. Aunque eso no estaría bien; estropearía la perfecta poda, y además está prohibido. Seguramente está prohibido. De todos modos, dentro de un rato, el sol se habrá movido y tendré un poco de sombra.

            Estoy pensando en quitarme la camiseta que ya llevo empapada de sudor, pero no lo voy a hacer, porque soy muy blanco y me quemaría enseguida. Voy tomando bifurcaciones sin pensar.  Creo que debería dejar un rastro de “miguitas”, aunque no sé con qué hacerlo. Con lo único, con la… Hay unas bragas y unos shorts en el suelo, pero están juntos; no parecen puestos a modo de miguitas. No se oye a nadie. Sigo tomando bifurcaciones, que sea lo que Dios quiera. Aparecen más prendas de ropa, pero no aparece ni un hilo de sombra. Veo a alguien al doblar una esquina y corro a su encuentro. Esta desnuda, debe ser la dueña de la ropa. Cuando me ve, se intenta tapar.  Veo más gente al final del pasillo en que nos encontramos. Todos desnudos o semi. Me quito la camiseta, para que no se sienta tan incómoda, y por qué en breve, el sudor empezara a hervir en ella. La chica está llorando. El sol no para. Intento preguntarle pero no puedo, porque no tengo boca. Ella llora por los ojos, pero no solloza porque creo que tampoco tiene boca. En breve me quemare la piel. Nos reunimos con los otros. La mayoría ha prescindido de toda la ropa, excepto los zapatos. Si a alguien se le cayera al suelo algo de oro, se fundiría. Sigue sin aparecer el más mínimo hilo de sombra. Todas las chicas lloran y algunos chicos también. Creo que he sido el último en llegar. Me quito el resto de ropa. No puedo más; en breve me empezaran a salir ampollas.

            Nadie habla. Por signos me indican desesperados que no hay salida. La chica se ha quedado ya permanentemente a mi lado, como se afinan los últimos que llegan al primer día de clase. Debió llegar aquí justo antes que yo. Intento indicar que podríamos intentar ―aunque ya sé que está mal― abrirnos paso a través de los setos. Todos se escandalizan por gestos. Escucho como todos piensan, a voz en grito: «¿Que dices, loco? Eso está prohibido».

En breve, perderé el conocimiento por insolación. Nadie se preocupará por mí, porque tampoco podrían hacer nada. No aparece sombra y llevo aquí más de dos horas dando vueltas. El sol no se mueve. Está en la perfecta vertical, y cada vez parece más grande. Apenas se pueden mantener los ojos abiertos, como en la película aquella de Riddick. El tiempo se ha parado. Yo también me paro, y me acurruco intentando… intentando no sé qué, pero no puedo seguir. La chica se queda a mi lado, mientras los demás parece que se dirigen a la placeta central.  En breve empezaré a arder. Ahora mismo estoy yo peor que la chica. Finalmente nos dirigimos ambos a donde están los demás.

            Al llegar, nos encontramos a todos delante de la puerta, mirando el cartel. Les ayudamos a mirarlo. Todos estamos pensando lo mismo; que no pone exactamente “Prohibido salir”; solo pone “No hay salida”. A lo mejor, no está prohibido, pero cualquiera se arriesga. La suela de goma de mis bambas ya se ha derretido. La chica se ha abrazado a mí, por el costado, pero no me molesta; prefiero sus treinta y siete grados que los mil grados que caen de arriba. Estoy pensando algo pero no me atrevo. Pero no puedo más. Me suelto  de una oreja, la goma de la mascarilla. Todos se vuelven locos; me chillan y abuchean ferozmente, incluso sin boca. La chica se ha ido al otro lado del grupo. Finalmente, me la vuelvo a justar. Todos volvemos a mirar el cartel, pero nadie se atreve. Me siento como Juana de Arco. Estoy empezando a arder.

sábado, 25 de julio de 2020

LA PANDEMIA DE LOGAN


 

LA PANDEMIA DE LOGAN

 

Imagen de  EL BIC NARANJA


Después del apocalíptico paso del virus, la población mundial había sido, poco menos que diezmada. La enfermedad rebrotó  en varias ocasiones y se había cebado, primero con los ancianos, luego con los viejos, después con los maduros y finalmente con los medianaedaderos.

Poco a poco, las redes sociales, manipuladas por hordas de jóvenes piratas informáticos organizados, habían conseguido instaurar en la sociedad global interconectada, la idea "Logan". El nombre había salido de una vieja película de culto, en que se describía una sociedad donde a los treinta años, inadvertidamente,  te despachaban.

Habían insuflado en la mentalidad bienpensante, la idea de que los mayores de treinta años, estaban robando recursos a los más jóvenes. Este argumento había derivado de otro que  había surgido al principio de la pandemia; cuando empezaron a morir los ancianos, paliaban las catastróficas noticias,  argumentando que el hecho de que se muriera un puto viejo, era un mal menor. Obviamente, entonces lo decían con otras palabras; en la actualidad, ni eso. Ahora mismo, en los hospitales ya no se trata a los mayores de treinta, y lo peor de todo es que el lavado de cerebro ha llegado a tal nivel, que los propios “notanviejos”, se niegan a ser tratados, y se sienten orgullosos de sacrificarse ―y me refiero exactamente a sacrificarse­­­― por sus descendientes.

En la actualidad, el fallecimiento de un menor es una tragedia, y el de un viejo es casi una fiesta. Las bajas se cuentan por separado, y si han muerto más viejos que jóvenes, se considera un buen día. Era la competición que sustituía a los deportes, que ya no existían. Exigían demasiado esfuerzo. Valores como la empatía, la compasión, el esfuerzo y la constancia, eran repudiados. Todo tenía que ser fácil, corto, de beneficio inmediato, sin coste ni esfuerzo. Disfrutar y punto. Lo que nada cuesta, todo vale.

Además, en esta neosociedad ya no serían necesarias las guerras. La pandemia era mucho mejor. Era la solución ideal. Ahora se morían los viejos, y en las guerras morían los jóvenes. Era perfecto. Pero aun así, los jóvenes seguían muriendo, y cada vez más. Una rebaja de la edad de corte a los veinte sería inviable. Aunque los directores fueran mayores de veinte, una sociedad de niños y adolescentes seria ingobernable.

Y en estas cuitas estábamos, cuando llegó la mascacuna (mascarilla-vacuna). Era una mascarilla con un corazón pintado por dentro con una sustancia mágica que te inculcaba los buenos valores, el amor adolescente —tan sufrido—, la bondad, el cariño, la compasión, la empatía, todos ellos valores típicos de la antigua de la juventud. Además te inmunizaba contra el virus.

Según se averiguó tras la debacle, no inmunizaba; solo te estimulaba de forma radical la producción de hormonas que podrían denominarse positivas. Endorfinas y eso. Básicamente era una droga. Ya sabéis, de efecto inmediato, siguiendo la moda. De este modo, aumentaba el optimismo y la autoconfianza del individuo de forma irracional. Habían hecho investigaciones con la sustancia mágica, y habían concluido que lo de la autocuración, parece ser que es cierto. Casi el setenta por ciento de los individuos sometidos a la prueba, se curaban. De este porcentaje, un treinta eran enfermos con síntomas, y un cuarenta asintomáticos.

El anuncio de la producción de la droga, que como cualquier droga, no sería unidosis, se extendió por todo el mundo civilizado a una velocidad de vértigo. Los reclamantes del beneficio inmediato, exigieron su inmediata distribución. La presión urbana  para el inexistente gobierno en la sombra, no era agobiante, porque era inexistente, y estaba en la sombra. De otro modo, sí que lo hubiera sido. Se decidió un reparto eminentemente urbano, que era donde residía el noventa y cinco por ciento de la población, y sobre todo simultáneo en todo el mundo. Gratuito, fácil, inmediato, siguiendo la moda.

Se fijó una fecha. El día de la debacle, aunque entonces se llamó el día de la Victoria. Volvía el lenguaje militar, estrenado al principio de la pandemia. También los fastos; se decidió un reparto espectacular, mediante el uso de helicópteros que regarían las ciudades con mascacunas. En todo el mundo a la vez, retransmitido por todas las redes a la vez.

El día de la Victoria no se había fabricado más allá de la mitad de las mascacunas necesarias, descontando ya, el veinte por ciento que aún quedaba de población mayor de treinta años. Contaban con que la debilidad de los viejos, les impediría, en el fragor de la batalla, conseguir hacerse con más de un uno por ciento de los protectores milagrosos. La producción  de las mascacunas no era tan fácil, ni tan barata, ni tan inmediata como pensaban. Tenía un coste. Y ese coste fue el que convirtió el día de la Victoria en el día de la debacle

A las doce del mediodía, se inició el reparto. A las doce y media, la mitad de la población consiguió su mascacuna, se la calzó y se volvió estúpidamente bondadosa, optimista y amorosa. La otra mitad no. A la otra mitad le asalto la inquietud de si habrían más mascacunas, o no. No habían dicho nada al respecto para no enmascarar la victoria. Era una inquietud inmediata, como dictaba la moda. Esto se traducía en la mente, no tan bondadosa ni optimista, del que no había conseguido la mascarilla,  en que el hijo de puta que tenía delante, le había quitado su salvación. Y que no sabía si habría más mascacunas. Y que el puto cabrón, que tenía delante, y contra el que había perdido la batalla por aquella mascacuna, estaba salvado, y él estaba condenado.  Y sobre todo, que dentro de un rato, ya no lo tendría delante. Así que, una idea universal se extendió, casi al unísono, por las mentes de todos los que no tenían mascacuna. Darwin hizo el resto.


Relato ideado en base al dibujo mas arriba expuesto para

EL BIC NARANJA: Viernes creativos: bombitas de amor

martes, 21 de julio de 2020

EN UN LUGAR RECONDITO

Para EN UN LUGAR RECONDITO

en jueves:

Siguendo la propuesta de nuestro Molí , esta es mi aportación para el tema de este jueves. Se desvía un poco. Es un escondite.




UN LUGAR RECONDITO

 

El perro ladraba sin descanso. La chica se acercó a la valla que lo retenía. Intentó acariciarlo pero no era muy sociable, aunque en uno de los intentos, el animal estuvo a punto de tomarle la mano.

Se apoyó mínimamente en la cancela y esta se movió. Estaba sin cerrojo. El perro dejó de ladrar. Tampoco él se había percatado. La chica se separó sigilosamente, y poco a poco empezó a acelerar el paso primero, y a correr despues. El rottweiler empujó con el hocico la puerta hasta que logró que rebotara lo suficiente para poder salir. Cuando lo consiguió la chica ya llevaba cincuenta metros de ventaja. No le importó demasiado; era sabedor de su mayor velocidad, y sobre todo de que llevaba cuatro días sin comer, así que apretó a correr. La chica se había internado en el bosque. La distancia que los separaba se reducía a gran velocidad. La chica notó la cercanía y prácticamente escuchó  la embestida que la llevaría a su fin. 

Se enganchó con el brazo derecho a un árbol que encontró a su paso, y lo rodeó completamente, con la intención de dar esquinazo, aunque fuera momentáneamente, al animal. Cuando completó la vuelta, se hizo de noche de golpe. Noche cerrada. No se veía nada, pero tampoco se escuchaba al perro. 

A pesar de ser urbanita le pareció bastante raro aquel anochecer repentino. Anduvo un rato a tientas sin saber qué dirección tomar. Aquel era un buen escondite, pero seguía intranquila. Cuando llevaba un rato perdida, su mayor preocupación había cambiado. Quizás aquel escondite era demasiado recóndito y no sabría volver a casa. Se le ocurrió rodear otro árbol, y entonces se hizo nuevamente de día. Se puso en guardia, a la espera de volver al episodio del perro.

Pero no. Era un lugar completamente distinto. Cada vez veía más complicado lo de volver a casa. Vio otra chica a lo lejos. Quizás le había pasado lo mismo. A medida que se acercaba a ella, vio que tenía dos sonrisas. 

«Más raro que lo de la noche aun», pensó. 

Cuando llegó a su altura, una de las sonrisas se separó, y la chica alegre la saludó:

—Hola, soy Alicia. Bienvenida. ¿Cómo te llamas y cómo has llegado aquí? —preguntó preocupada porque se llegara a popularizar su refugio. No pudo contestar.

El perro apareció por donde había llegado nuestra protagonista, ladrando como loco dispuesto a acometerlas.

El gato se estremeció, pero no perdió la sonrisa.



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domingo, 19 de julio de 2020

PAREIDOLIA Y LOCURA

PAREIDOLIA Y LOCURA


Elena tenía claro que no iba a pasar el confinamiento en Barcelona, así que cuando parecía evidente que nos iban a encerrar de nuevo, le dijo a su marido:

—Colón, ves a echar gasolina al coche que esta noche nos vamos  a ir a Figueras. —Colón, que tenía muy desarrollado el sentido de la obediencia, procedió. Como ya imaginaréis, había sido sargento de la guardia civil, de otro modo simplemente habría ido. 

Sus padres le habían puesto ese nombre porque el embarazoso viaje de novios, les había permitido descubrir Ámerica 

De camino al pueblo, Elena no hacía otra cosa que mirar atrás. 

—¿Que miras tanto para atras? 

—Pues, ¿qué voy a mirar?   ¿No te has enterado de que han dicho que no se podía salir de Barcelona? Hay un coche verde que lleva mucho rato detrás nuestro. Seguro que son tus excompañeros

—Jolín. Estas obsesionada con mis excompañeros. No nos van a mandar una patrulla por ir al pueblo. Además, el único coche que veo detrás nuestro es rojo. 

—Rojo verdoso, querrás decir… 

Durante la primera noche hubo una leve brisa, pero la tramontana  despejó cada vez más violentamente los cielos de las noches siguientes, aunque no así las mentes. 

Todas las noches Elena salía a la terraza. Una de ellas vio como la tramontana le traía dos personajes que venían agitando sus cabellos al viento. A medida que se iban acercando, parecían cada vez más grandes. Los visitantes se plantaron ante Elena sin decir palabra, pero sin dejar de agitar sus cabellos. Debían medir unos diez metros de altura. Tenían los ojos tan oscuros que apenas se les veían. Entonces ella decidió iniciar el dialogo:

—Buenas noches, agentes. Por fin nos han encontrado. ¿Les ha resultado difícil? —Una creciente agitación de sus cabellos fue toda su respuesta—. Supongo que no. Debisteis implantar un chip al tonto de mi marido. —La agitación de los cabellos quebró el aire en lo que Elena interpretó como una carcajada—. Si, si, reíros, pero veo que han mandado dos altos cargos para detenernos. Altos por partida doble. ¿De qué son todas esas condecoraciones y medallas en forma de piña? ¿De coronel? 

—Joder, Elena. Me estás asustando. ¿Que coño haces hablando con los árboles?



 Para https://sonandounodetussuenos.com/gym-para-escritores-semana-23/

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