Este primer reto de temporada de EL TINTERO DE ORO se centra en la Condesa Pardo Bazán, que además del título de la escritora que nos ocupa, era el nombre de la calle en que estaba el colegio en que fui yo de parvulito y hasta sexto de EGB, así que me da pereza desaprender y aprender otra vez el nombre , porque siempre me encallaré. ahora la calle ya se llama Emilia...
Por eso entre otras cosas no quería dejar de participar, y ara ello he tenido que forzar un poco el tema, aplicándolo a una anécdota en lugar de a un gran trastorno de comportamiento.
AQUÍ podéis encontrar el resto de trastornos.
Siguiendo el criterio pero
no la forma en que empiezan algunas películas de los hermanos Coen, diré que
esta historia no está basada en hechos reales, y que si lo estuviera no sería
yo el protagonista.
La semana pasada fui a ver
la película de moda con unos amigos de estreno. Solo había coincidido con ellos
un par de veces pero una amiga común me recomendó que fuera al cine con ellos,
porque van a menudo y lo hacen cerca de donde vivo. Yo antes iba mucho al cine,
pero ahora no voy nada. Nada de nada. El caso es que fuimos a ver una, no
recuerdo cual, o sea que no debió ser muy buena… ah, sí… la última de Brad
Pitt: un truño; pero bueno, era de Brad Pitt y no suele fallar. Y al
despedirnos surgió uno que dijo que quería ver la peli de moda, la de los
tocayos. ¡Qué pereza! Yo que estaba dispuesto a no ver más pelis de la guerra
civil… Pero ¿qué le vamos a hacer? Estaban todos de acuerdo.
Fue un alivio que no tratara
de la vida del poeta; solo aparece aledañamente. Estuve viendo la peli ―en un
extremo de la tercera fila― más de una hora sin mover el culo del asiento.
Luego ya lo moví. El culo es el mejor detector de pelis buenas o malas. Si yo
fuera crítico de cine, diría que pienso y hago las crónicas con el culo. Pero
no lo soy, así que no lo digo. Al cabo de una hora y media… bueno, diré que
tengo una próstata notable. En estas salas múltiples no tengo muy claro ―ya sé:
si fuera más al cine, lo tendría― si se puede salir fuera ―a la zona común― y
volver a entrar, a la mía o a otra peli. Salí, porque lo primero es lo primero,
a riesgo de perderme el final. ¡Qué tonto! Solo llevaba una hora y media.
El que estaba a mi lado no
movía el culo ni después de volver, pero movía la cabeza afirmativamente con
relativa frecuencia. Cada uno se manifiesta como quiere. Los otros hacían
flexiones y extensiones de brazo siempre con la misma trayectoria: de la boca
al culo del cubo de palomitas. Creo que ahora se va al cine a comer palomitas
con gente que mira una peli a un volumen infinitamente más alto de lo que te
dejan poner en casa. Los vecinos, digo. Pero, a lo que iba antes, es a que no
movían mucho el culo. Podría ser que el modo de mover el brazo, sea algún
síntoma de aceptación o rechazo, pero hasta ahí no llego.
Tres o cuatro filas más
atrás, a alguien le sonó el móvil, pero antes de dos minutos logró silenciarlo.
En la fila delante de la
nuestra no había nadie. Sentí la tentación de poner los pies en el respaldo.
Hace treinta años ―ya saben, cuando no se comían palomitas―, lo hubiera hecho,
porque ya no sabía cómo poner el culo.
Otro señor fue a mear, y no
volvió. Estuve atento hasta casi el final de los títulos de crédito.
Seguramente se equivocó de sala, porque ¿qué otro motivo tendría para huir así?
¿que no le gustaban las pelis de la guerra civil?
La peli acabo, por fin.
“Peliculón”.
«Eing??»
“Buenisima”.
«Eing??»
“Me ha encantado”
«Eing?»
Bueno, el de los “Eing” soy
yo. O sea, no yo, el autor, sino yo, el narrador. Este último ya me lo
esperaba. Era el que movía la cabeza.
“Pues a mí me ha sobrado una
hora”. Esto era un problema más de continente, (poco importante), que de
contenido (más importante). Cuando yo trabajaba en seguros era al revés, pero
las cosas cambian.
Resultó que todos estaban
interesadísimos en temas históricos recientes, que todos habían tenido familia
republicana que murió o padeció en la guerra, y que todos conocían casos de
homosexualidad reprimida durante aquella época.
Supongo que ya sabéis que
hay temas que, por el simple hecho de abordarlos, garantizan la calidad del
producto.
A mí, a excepción de un giro
que hay al final, no demasiado importante en la trama, y el poco rato que sale
la actriz que representa a la tonadillera, lo demás me pareció más bien
estándar. Pero en medio de tanto entusiasmo, y ante el riesgo de parecer poco
republicano o poco homófilo, temas que me interesan efectivamente poco, mi
veredicto fue:
―Es muy larga.