miércoles, 14 de julio de 2021

LA OUIJA

Esta semana nos convoca DOROTEA en su blog LAZOS Y RAICES, y nos demanda que 

LE EXPLIQUEMOS "LO INEXPLICABLE". Pudiera parecer que esta complicado el asunto, 

pero vereis cómo los participantes lo consiguen con pasmosa facilidad. No teneis mas que echar un vistazo  AQUI

 

 

          ―¡Se ha movido!

          ―¡Una polla “se ha movido”! Lo has movido tú.

          ―Sí. Yo. ¿Y cómo lo he atraído hacia mí?

          ―¡Callaros, coño! Vais a espantar a los espíritus.

          ―Pero ¿qué espíritus? Si no hemos convocado a nadie.

          ―Jo, tío. Tú sigue durmiendo. ¿Cómo que no hemos convocado a nadie?

          ―Que yo no lo he movido, te digo. Se ha movido solo.

          ―¿A quién hemos convocado?

          ―¡A Bruce Lee, joder!

          En ese mismísimo instante, la cama del mueble nido, con tres de mis amigos que estaban sentados sobre ella, se hundió. El artista marcial lanzó una de sus poderosas patadas, y con, o sin, la ayuda de la gravedad, partió la cama por la mitad.

          ―¡¡Aagghh! ―gritamos todos de acuerdo, por primera vez, desde hacía mucho tiempo.

          Los que ocupábamos una silla, saltamos de ella, disparados hacia la puerta. Los de la cama, lo hicieron una fracción de segundo después. El más canijo llegó el primero; los demás nos agolpamos detrás de él, de modo que le impedíamos abrir la puerta. El famoso maestro marcial, sin duda molesto por tan poco seria convocatoria espiritual, comenzó a repartir hostias. Yo no lo vi, pero me cayeron unas cuantas. Alguien ―todavía hoy, no sé sabe quién― apoyó su mano en el interruptor de la luz, intentando escalar por encima de los demás. La oscuridad se hizo.

          ―¡¡Aagghh!! ―otra vez de acuerdo, por segunda vez en poco tiempo.

          El sorprendente, y nunca bien ponderado, poder de la adrenalina se manifestó en el cuerpo del canijo, que consiguió abrir la puerta, echándonos a todos hacia atrás ―incluido Bruce Lee―. Echamos a correr por el primer tramo del pasillo, hacía la calle.

          ―¡¡Manolitoooo!! ―La desaprovechada voz de soprano de la madre de mi amigo, resonó por todo el edificio.

          ―¡Corred, que viene! ―Todos obedecimos, sin saber a ciencia cierta a quien se refería mi amigo.

          Un proyectil en forma de zueco se clavó en la puerta hueca que había en la esquina del pasillo, que daba paso al segundo tramo. El nombre de mi amigo volvió a resonar, justo cuando el canijo, que había sacado cierta ventaja, abrió la puerta, salió, y se lanzó escaleras abajo. Todos le seguimos. Una vez alcanzamos el exterior, apretamos a correr calle arriba ―no sé sabe porque en esa dirección― todos juntos ―tampoco se sabe el porqué―.

          ―¿Viene? ―preguntó el canijo, aprovechándose de que iba el primero. Nadie contestó, necesitados como estábamos del oxígeno para las piernas. Finalmente, yo, que me había quedado el último, respondí por si acaso, sin mirar para atrás:

          ―¡¡Sí!!

          Trescientos metros más arriba, nuestros pulmones ya lo habían dado todo. Nos giramos y Bruce Lee ya no venía. No sabemos si volvió al más allá, o cayó presa de la madre de Manolito. Nunca preguntamos.

          Lo inexplicable de esta historia, es cómo mis amigos y yo, nos pusimos tantas veces de acuerdo.

 

 

 

miércoles, 7 de julio de 2021

EL CAZAPATOS 2

 

Esta semana, siguiendo el consejo de Demi, los deseos de Myriam, el anterior argumento

de Neogeminis,  y la convocatoria de nuestra nueva y flamante anfitriona CAMPIRELA, he decidido 

continuar la hstoria de la semana pasada, aunque se comprenden por separado. El tema que nos

proponees Sherlock Holmes y aledaños. Lo siento, he vuelto a pasarme de palabras. 

Es conveniente leer y comentar el resto de aportaciones que encontrareis AQUI


 

 

               Aquel día en la comisaria fue uno de los más curiosos de mi infancia, incluso de mi juventud diría yo. Cuando sea adulto ya lo repensaré. Me encontraba en los asientos de espera, que estaban en un rincón de toda la enorme sala. Acababan de meter a un borracho, que yo deseaba que ocupara el puesto, que dejaría libre mi padre; por aquello de la saturación, lo de “dejen salir antes de entrar”. Ya llevaba más de dos hora esperándole. Entonces entro un tipo con bigote y bombín, muy nervioso y apresurado.

          ―Agente Jameson, ¿puede avisar al inspector Lestrade? ―preguntó el bigotón.

          ―Inmediatamente, Dr. Watson. ¿Quiere que le diga algo? ―respondió el poli del mostrador

          ―No, solo que venga. ―Me lo quedé mirando unos segundos hasta que me decidí:

          ―Agente Jameson ―inquirí repitiendo la fórmula que con tanto éxito había utilizado el bigotón― ¿Pueden soltar ya a mi padre? Voy a llegar tarde a clase de música ―terminé bajando poco a poco el tono, mostrándole el violín en su funda, sabedor, por la mirada del agente Jameson, de que la fórmula del exceso de confianza, había tenido escaso éxito.

          Ni siquiera me contestó. Minutos después un agente entró con un perchero de pie, lo puso al lado del había junto al pasillo que conduce a los calabozos, y comenzó a cambiar los sombreros de uno a otro. Cuando hubo terminado uno cayó al suelo, sin que el agente se percatara de ello. De hecho, nadie en el mundo más que yo, se percató. Después de caer, a pesar de ser un sombrero cazapatos de forma caprichosa, comenzó a rodar hasta esconderse tras la pictocopiadora al óleo, que había en un rincón. Miré a mí alrededor y nadie me miraba. El bigotón se había dormido y el señor con sombrero de copa que había a mi otro lado, también. Me deslicé con la sinuosidad que me caracteriza, y me hice con él. Hacia juego con mi pantalón de paño verde, mi camisa blanca de clase de música, y mi chaleco verdeotoño. No soy muy de modas, ni de hacer juego, pero las oportunidades hay que aprovecharlas.

          ―¿Qué pasa Watson? ―entró gritando un señor, que por los aires que se daba, podía haber sido el mismísimo inspector en jefe de Scotland Yard.

          ―Sherlock… ―contestó señalando con la cabeza a los calabozos.

          «WALLA… Popular detective que nos han traído por aquí», pensé yo. Luego todas las piezas fueron encajando. El bigotón, el familiar gorro cazapatos, que entonces supe de qué me sonaba, el airesdegrandeza, la sumisión del agente Jámeson. Y yo con el gorro de Sherlock en la cabeza. Recé para que lo sacaran igual de desparramado que lo habían entrado. Pero no fue así. Salió como una furia, sujetado por Watson, con un gorro de presidiario. Suplique al cielo que no se diera cuenta y que nadie le dijera nada, pero el cielo no me atendió.

          ―¿Dónde demonios esta mi gorro?

          Comenzó a inspeccionar la estancia, al mismo tiempo que yo le cogía el sombrero de copa a mi vecino ―que seguía en los brazos de Morfeo―, y me lo calzaba encima del cazapatos.

          ―En el perchero.

          ―¿En cuál? ―El agente Jámeson se giró.

          ―Ahh… en el que están todos. El otro nos lo prestó el Agente MadHatter, mientras nos arreglaban la pata del nuestro.

          ―Elemental, querido Jameson, pero ahí… no está ―terminó gritando.

          Todos buscaron el cazapatos en el perchero y sus alrededores. Comencé a levantarme lentamente. Mi padre tendría que volver por sus medios por muy borracho que estuviera.

          ―¡Que nadie salga de la comisaria! ―gritó Sherlock, una octava por debajo de lo que hubiera sido necesario para despertar a mi vecino. Empezó a realizar unos movimientos que podían interpretarse como un cálculo de la trayectoria descrita por el sombrero caído. Era bueno, el cabrón. Fue derechito al pictocopiadora. Vi una gota de oleo rojo, en el suelo, un microsegundo antes de que él la viera. El manazas que había venido a recargar la máquina de pictocopiar, había dejado caer una gota… ¡Maldita sea! Sherlock sacó ―no sé de donde― su lupa, y apuntó a la gotita. Seguidamente se levantó y empezó a mover el cuello como una gallina que acaba de cazar un gusano. Escudriñó en silencio, el calzado de todos los de la sala, hasta que se detuvo en el mío. Sonrió y comenzó a dirigirse hacia donde yo estaba. Mis adorados zapatos marca “PATOS”, de los que tan orgulloso estaba, me habían delatado. Amplió el arco de su sonrisa, cuando miró mi tocado de copa, seguidamente a mi descubierto y dormido vecino vestido de frac, y finalmente otra vez a mí. Llevaba una versión cara de mi indumentaria, o yo una barata de la suya, pero prácticamente iguales. Luego miró mi violín. Luego se paró, miro al techo y dijo:

          ―Vámonos, Watson. Hay que pasar por la sombrerería.    

         

 

 

martes, 29 de junio de 2021

EL CAZAPATOS

 

 

  Esta semana nos convoca NEOGEMINIS para nuestro semanal relato juevero.

Se trata de armar un relato con algun personaje "tocado" con alguno de los cubrecabezas que adornan

el perchero de la foto. No he podido resistir la tentacion de cubrir al personaje con dos de los gorros

que aparecen. Es un especie de adivinanza, en que no hay nada que adivinar, pero que se va desvelando

 poco a poco.

Podeis leer el resto de relatos participantes AQUI

 

 

 

            La Sra. Hudson no pudo hacer nada. La policía entró en tropel, aunque nadie oponía resistencia. Respondían a un chivatazo. Cuando abordaron el cubículo del denunciado, la escena no podía ser más reveladora. El inquilino de la Sra. Hudson se desparramaba por todos los lados de un sillón desvencijado, parcialmente vivo y parcialmente inerte. La boca abierta no tenía nada que ver con la cara de incredulidad, que tampoco tenía nada que ver con algo parecido a asombro, porque en realidad, el desparramado no se enteraba de nada. Una jeringa de vidrio y metal colgaba de su brazo, y una goma larga y gruesa descansaba en el suelo. Entre varios policías izaron los sesenta kilos que pesaba el acusado, y lo transportaron escaleras abajo hasta el coche policial. En lo que duró el trayecto, la Sra. Hudson se debatió entre llamar a John ―su amigo y compañero―, llamar a Mycroft ―su hermano―, y colocar al detenido su característico y peculiar gorro de cazapatos, que lo caracterizaba, aunque nunca había cazado un pato. Era el complemento justo para su vestimenta habitual. Pantalón verde de franela, chaleco del mismo color, camisa blanca y una capa que no pudo convencer a los policías de que le pusieran. Finalmente, la Sra. Hudson hizo lo último porque ninguna de las otras dos opciones iba a servir para nada. En cambio, esta…

            Una vez en las dependencias policiales, el detenido fue transportado al calabozo, ya que en el registro del apartamento, la policía había descubierto heroína suficiente para al menos dos consumidores, el doble de la aceptada para autoconsumo. El responsable del calabozo presumía de ser capaz de distinguir a los culpables antes de ser juzgados. A los precondenados, los adornaba con un gorro de presidiario.

            ―¿Qué me traéis aquí? ¿Un cazador de alto copete? Dadme ese gorro de cazapatos y ponedle este, que le ira mucho mejor.

            Cuando John llegó al apartamento fue informado de todo lo acontecido, con todo lujo de detalles ―incluida la imposición del gorro―. El doctor recriminó esa acción a la Sra. Hudson, que no comprendió el motivo; ir sin aquel gorro era poco menos que ir desnudo.  John se apresuró a llegar a la comisaria, temeroso de que, si su amigo era encarcelado, fuera reconocido por alguno de los compañeros de calabozo, y en aquel estado, no se pudiera defender. Cuando entró en la comisaria, extenuado por la carrera, su entrenado ojo, lo primero que detectó, fue el sombrero de cazapatos colgado del perchero;  entonces suspiró aliviado. Superado este punto, ya con más calma se dirigió, al policía del mostrador a quien ya conocía:

            ―Agente Jameson, ¿puede avisar al inspector Lestrade?

            ―Inmediatamente, Dr. Watson. ¿Quiere que le diga algo?

            ―No, solo que venga ―Y se sentó aliviado, en una silla, a esperar.

 

domingo, 6 de junio de 2021

LOS INICIOS DEL AHORA IMPRESCINDIBLE BAJO CONSUMO

Aquí os dejo un microrelato sugerido por una imagen. Es un ejercicio del taller

"El vici solitari" en el que participo. El relato debía tener menos de ciento veintidos palabras

 sin contar el título.




Cuando Tusla anunció su invento de una bombilla de bajo consumo, la envidia comenzó a corroer las entrañas de Addison.

Falto de la genialidad de su competidor, puso un anuncio en el periódico solicitando enanitos de bajo consumo de oxígeno.

Tras las correspondientes pruebas, seleccionó a los más pequeñitos, y les construyó una bombilla donde cupieran.

El día de la exhibición, introdujo dentro a uno de ellos con una vela, y calculó el tiempo que debería durar el acto, para que, entre el enanito y la llama, no consumieran todo el oxígeno del interior de la bombilla.

Terminado el acto y desalojada la sala, antes de que la vela se apagara, sacaron el cadáver del enanito justo cuando ya no se veía nada.

 

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