jueves, 24 de septiembre de 2020

M & M’s

 Relato juevero para la propuesta de MAG de esta semana

AQUI podeis leer el resto de relatos para esta convocatoria

Esta es mi aportacion:

 

Imagen tomada de la Red
 

 

            Mari es, bueno, era mi profesora de yoga. Sus clases eran lo único interesante de la semana. Unas clases de media hora diaria eran lo único interesante de mi semana. “Toda una declaración de principios”, diría cualquiera que leyera esto. Tenía, bueno, tengo un puesto de privilegio en mi trabajo, gano un pastizal por hacer algo que ni me gusta ni me disgusta. Cuando llego a casa me espera mi mujer que me quiere, bueno, que dice que me quiere; eso nunca se sabe, al menos yo no lo sabido nunca. Luego llegan mis hijos, chico y chica, cada semana con una pareja nueva ­­―al principio eso me preocupaba―, que no me hablan, no por enfado sino porque no tienen nada que decirme.

 A veces desearía que mi mujer me engañara, o que hubiera un terremoto, o la tercera glaciación o cualquier mierda que me sacara de este círculo vicioso. Creo que quiero a mi mujer, aunque eso nunca se sabe. Lo que sí sé es que me vuelvo a hundir. Ella me rescató, me salvo la vida hace veinte años, pero ahora ya no podría ayudarme porque es parte del problema. Era mi psiquiatra, por eso pudo acercarse tanto a mí. Por eso le pude enseñar mis secretos.

            Ahora mis clases de yoga, bueno, Mari es lo único que me aparta del vacío. Al principio, estos ejercicios me sorprendieron por lo bien que te sentías luego. Incluso practicaba solo en casa, luego me di cuenta de que nunca iba a ser el campeón del mundo de yoga, y que sin ella, tenía prisa por acabarlos, incluso me sentía ridículo.

            Empezamos a cruzar mails. Primero impersonales. Luego más personales pero yo siempre guardaba la distancia social. Ella empezó a hablar de su vida privada, y tuve que frenar un poco. No quería hablarle de mi familia. No quería que pensara que con un casado, lo mejor alejarse. Me dijo de apuntarnos juntos al gimnasio, de ir a la playa, pero no podía dejar que me viera hasta más avanzada la relación ―que yo no dejaba avanzar―. No era algo nuevo, pero Mari tenía algo diferente.

            Tras novecientos mails, tres almuerzos y dos cenas previas, llego la tercera. A la tercera va la vencida.  Hablamos de temas anodinos, pero la verdadera conversación era inaudible. Miradas, caídas de ojos, gestos y una tensión sexual que se desparramaba por los bordes de la mesita que nos separaba. En un momento dado ella me cogió la mano, yo, con muchísimo esfuerzo, conseguí no apartarla, pero estaba tan tenso, que si me hubieran clavado un puñal, se habría partido la punta. Ella lo percibió y me soltó inmediatamente. Seguimos hablando de chorradas, pero noté que ella se iba acalorando. Finalmente se levantó, apoyó ambas manos en la mesa, y plantando su cara a un centímetro de la mía, me dijo:

            ­―Manuel, yo no te voy a besar.

            Sentí como la embestida de un tren. Estaba tan cerca que tuvo que ladear la cabeza para que no chocaran las narices. Me tragué sus palabras junto con su aliento. Y entonces sentí el parpadeo, esa luz que se apaga durante una milésima de segundo y que permite a nuestro instinto saltar por encima de nuestra razón. Y entonces pensé, no recuerdo exactamente en qué, supongo que en las consecuencias en que tanto había pensado ya. El caso es que no era momento de pensar. Era momento de saltar. Y tres segundos después de haberse levantado, Mari se sentó, y siguió hablando, y toda la tensión sexual que se desparramaba por los lados de la mesa, dejó de hacerlo porque se agotó la fuente. El tren pasó de largo. Supe que era un tren especial, por quien lo conducía, y porque era de los que solo pasa una vez. La paz y la relajación inundaron la mesa y ocuparon el puesto de la tensión sexual. Recuerdo la sensación de alivio. Mari siguió hablando, pero yo la escuchaba cada vez más bajo. Como un tren que se aleja.

            Lloré de vuelta a casa. Me desnude delante del espejo de la ducha. El único a quien permito verme así. Volví a recorrer con la mirada el mapa de cicatrices, la mayoría autoinfligidas durante mi juventud, pero que últimamente había vuelto a crecer. Unas pocas mas ya no me hacían parecer más monstruoso. Comprobé que en la pantorrilla izquierda tenía casi veinte centímetros de piel virgen. Abrí el grifo de la ducha, me senté dentro de la bañera y cogí la navaja de afeitar.  

lunes, 21 de septiembre de 2020

ASCENSIÓN

Microrrelato para una convocatoria de la cadena ser. 

El reto consiste en que viene impuesta la primera frase. 

Era un limite de 100, pero ahora me doy cuenta de que tiene 106


Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva. No lo decía, pero lo pensaba. Comer, comer  y comer. Era inevitable lo que pasó. Cuando abandonó su carcasa y comenzó a ascender se sintió desconcertada. A medida que subía, se daba cuenta de que la vida que había llevado era una mierda. Arrastrándose como un gusano para conseguir poco más que sobrevivir.

Cuando ya estaba bastante alto volvió a pensar en comer. La costumbre. No sabía si tenía permitido volver a bajar, pero lo hizo. Se posó en un campo de amapolas. Sacó la trompa y absorbió.

«¡Que manjar! Mucho mejor que cuando era una oruga», pensó.   

jueves, 17 de septiembre de 2020

EL FIN DE LOS PRINCIPIOS

 

 Este jueves nos convoca para los relatos jueveros

MOLÍ DEL CANYER con un tema apasionante: INSUMISIÓN

Y esta es mi aportación:
 
 

             ―Carguen, apunten… ¡Fuego!

            Todos los reos fueron cayendo a tierra en un torpe descenso por poste al que estaban atados con las manos atrás. Todos excepto uno, que quedó ojiplático al comprobar que aquel era el día más afortunado de su vida. Había comentado durante la noche anterior, junto con sus difuntos compañeros, que el que sobrevivía a la primera descarga, se salvaba. Se lo había soplado a uno de ellos, el carcelero que los vigiló la última noche, más que nada para que durmieran con alguna esperanza. La realidad era muy diferente. El capitán Sanchís se caracterizaba por su rigurosidad, más allá de lo que el deber exige, en todo lo que a las ejecuciones se refería. Le encantaban. Para ser precisos, le divertían. Creía que aquello de poner salvas en algunas armas, con el fin de difuminar la responsabilidad de las muertes eran, “mariconadas”. Sobre todo en los fusilamientos comunitarios; por eso sus normas estrictas eran que cada fusilero, ejecutaba al reo que tenía delante. Tantos reos, tantos fusileros.

            ―Al soldado Eclesiatés, ¿se le ha encallado el arma? ―preguntó con retintín el capitán.

            ―No, mi capitán. Es que apunté al reo de la derecha.

            ―Ah, de modo que el soldado Eclesiastés, Eclesiastés, ¿verdad? ―incisó bajando la voz en espera de confirmación. Cuando la obtuvo, continuó la frase, de nuevo en voz alta― no estaba al corriente de que, en mis fusilamientos ¡NO! ―gritó enérgicamente destacando la palabra― se debe disparar a ningún otro sitio que no sea la reo que se tiene justo enfrente.

            ―Bueno… ―consiguió articular tímidamente el soldado antes de que el capitán volviera a soltar todo su chorro de voz:

            ―”¡Bueno!” De modo que… “Bueno”. ¿Le parece que le preguntemos al reo si ve algo de "bueno" en retrasar ridículamente la hora de su muerte, haciéndole albergar vanas esperanzas de sobrevivir más de cinco minutos? ¿Le parece… bueno… para alguien, que llegue tarde a su primera cita con el creador? Bueno, pues. Vamos a preguntarle. Señor… ―y dejó la consulta sobre su nombre en el aire…

            ―Abastos. Jaime Abastos ―contestó orgulloso de ser el centro de atención de la velada. Nunca se había sentido tan observado―. Pues a mí me había comentado el carcelero, que el que sobrevive a la primera descarga, queda exento de más castigo ―argumentó tímidamente el reo temeroso de que el capitán se ofendiera y quisiera vengar la ofensa.

            ―Vaya, vaya… nos ha salido graciosillo el señor Abastos ―y siguió sin solución de continuidad, dirigiéndose al soldado y gritando tanto como sus pulmones le permitieron―. ¡Fusile de una puta vez a este puto gilipollas!

            «Vaya. Ya se ha enfadado», pensó el sr. Abastos. 

            ―Es que no puedo… Yo no mato personas ―comentó el soldado tímidamente, y continuó bajando más, si cabe, la voz―: Es que soy insumiso, ¿sabe?... Objetor de conciencia, ¿entiende, no?

            ―Vaya, vaya… Nadie me había dicho que hoy teníamos un concurso de graciosillos. Tú… ―le acusó pinchando con el índice en su pecho― …no matas a nadie. A ver cómo te lo explico… Existe un mecanismo, por el cual, cuando usted tira del gatillo, el percutor golpea la bala, y tras una pequeña explosión, esta sale disparada hacia el corazón del reo. Y existe otro mecanismo, por el cual, cuando usted escucha la palabra “¡Fuego!” de mi boca, el dedo de su propiedad, tira del gatillo. Punto. Usted no pinta nada. Y pensar o tomar decisiones, menos. Estaríamos arreglados… Usted solo es un elemento, de un mecanismo de transmisión. Se lo voy a explicar más claro. ―Cogió del brazo al soldado de al lado de Eclesiastés, y le indicó que colocara la punta del fusil contra la sien del reo; luego le indicó que disparara si el sr. Abastos intentaba hacer algo diferente de lo que se le ordenara. Seguidamente cortó las ataduras del reo, y se dirigió a él―: Al final va a tener usted razón. Se va a librar. Y le voy a decir cómo: Coja esta pistola… ―le dijo mientras le daba su arma, y luego le gritó con todas sus fuerzas señalando al soldado― …¡y cárguese a ese puto gilipollas! ―Luego siguió en tono amable―: Y será usted libre.

            Don Jaime se quedó mirando detenidamente al capitán, y luego miró al soldado, aunque todos le miraban a él. Después, mientras empezaba a levantar el brazo para apuntar al soldado, sonó un estruendo, y el reo cayó al suelo con un agujero en el corazón. El capitán giró lentamente la cabeza para mirar al soldado, sonrió y le dijo:

            ―Así me gusta. Que tengan iniciativa.

 

                       FIN (del relato, no de los principios)

domingo, 13 de septiembre de 2020

EL INVENTOR

 

Texto basado en esta imagen, incluyendo lo que salió en el dado: "cofre" o "tesoro",

(los rayos que salen del cofre indican que hay un tesoro dentro, no que sea el arca de la alianza), 

que son  los condicionantes del reto de LÍDIA para el mes de SEPTIEMBRE

 

Gauss era inventor de vasos. Inventó el vaso equilibrado. Era un vaso que, vacío se caía de lado, pero lleno se mantenía de pie. Lo guardó en un cofre con veinte candados hasta el día del concurso. Finalmente perdió la competición. El artefacto sólo se mantenía de pie si se llenaba de mercurio.

Se enfadó muchísimo. Intentó quemarlo con una glotis de dragón, sabedor de la alta temperatura necesaria. Algo pasaba, pero no se quemaba. Cabreadísimo lo guardó en el cofre, pero cerrado solo con cinta adhesiva. A ver si alguien lo robaba.

Años después se hizo inventor de campanas.

 

Total 100 palabras 

 

También hay la opcion de incluir en el relato...

Columpios, bolas de nieve y bicicletas.

...la cinta adhesiva.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

LUNA, TRÁGAME

 

 Este jueves nos convoca para los relatos jueveros

NEOGEMINIS con un tema apasionante: MONSTRUOS

Y esta es mi aportación:

 

    Humberto era un hombre umbrío. Él lo sabía, pero no sabía cuánto.

    La noche que lo descubrió reinaba la luna llena. Como todas, a partir de aquella, en las que salía a divertirse a costa de los pobres transeúntes que se cruzaban con él. 

    Aquella primera noche sufrió un mareo en pleno paseo. Se apoyó en la fachada de una joyería, y entonces se produjo la desmaterialización del muro, en la superficie que cubría su sombra.        

    Humberto cayó a través del agujero que provocó su silueta en la pared. Una vez en el interior, lejos de arrasar con todas las joyas que había a su alcance, se asustó y volvió a salir por el mismo agujero que había entrado. Una vez fuera, el hueco se cerró. Quedó estupefacto. Se fijó en la sombra que proyectaba en el suelo. Estaba junto a un árbol y se percató de que su sombra era mucho más oscura que la del árbol. Se agachó, y cuando intento tocarla, su mano penetró en el suelo. Todavía no alcanzaba a comprender, qué era lo que pasaba, cuando apareció por allí un perro abandonado. En el momento en que pasó por la sombra de Humberto, cayó por el agujero. Intentó agarrase pataleando a los bordes de la sombra, pero finalmente cayó. Sus gruñidos se tornaban en lamentos a medida que se alejaban. Humberto se asomó al precipicio y sonrió. Finalmente, cuando se movió, se llevó con él el agujero de su sombra y el perro enmudeció. 

    Al día siguiente, volvió a salir de noche, pero ya no se producían aquellos fenómenos. Tardó varios meses en comprender que aquel fenómeno solo se producía con plena luna llena. Una noche al mes.    

    Primero, probó con animales, luego también con personas. No obtenía ningún beneficio de ello, pero se divertía. También entró en comercios y robó tanto como le vino en gana. Dejó su trabajo, no antes de hacer desaparecer a todos los que le caían mal. No era cosa de desaprovechar aquel nivel de impunidad. Se convirtió en un psicópata monstruoso. 

    Años después, mientras paseaba por la calle, se produjo el eclipse de llevaban anunciando desde hacía semanas. Cuando la sombra de la luna se hizo plena, el suelo se oscureció  primero y desmaterializó después, bajo los pies de Humberto.       

    Verdugo y víctimas se encontraron en la oscuridad

domingo, 6 de septiembre de 2020

EL SEÑOR DEL PALITO INCLINADO


Relato basado en la foto para EL BIC NARANJA

Y para el taller EL VICI SOLITARI, para el tema IL DOLCE FAR NIENTE

 

El señor del palito inclinado y la cuerda colgante en su extremo espera tener suerte. Esa esperanza se traduciría en que un pez enorme ­­―aunque no tanto como para no caber por el contorno rectangular del lago―, picara.

El tiburón que ronda en círculos bajo él, consiguió recientemente su título de vigilante del software, y está ansioso por hacer méritos.

La esperanza del señor del palito inclinado no rivaliza ni remotamente con la ansiedad del tiburón. Muy al contrario; está muy seguro de sí mismo, tiene todo el tiempo del mundo; es sabedor que su naturaleza son ceros  y unos, que su esencia es digital, y que para él no pasa el tiempo, ni siquiera en el mundo exterior. Su plácida y botánica barca se desplaza por la superficie del lago, rebotando lentamente en los lados de la táblet, como si fuera una bola de billar de movimiento continuo. Espera casi más, cada rebote suave y lánguido, que el sobresalto que supondría que un pez se tragara el anzuelo. A medida que transcurre el inexistente tiempo, empieza a desvanecerse la esperanza, incluso el deseo, de que  algo pique; solo desea que las horas que transcurren entre cada rebote, se conviertan en días. Ya no le parece ni tan solo necesario, pescar. Su naturaleza digital le impediría comerse lo que capturara. Solo había elegido este deporte, porque en la táblet donde vivía hasta hacia unos días, había un video que le pareció de lo más relajante. Aunque para él no transcurre el tiempo, está empezando a comprender su naturaleza, al mismo tiempo que la esencia de la pesca, en la que lo menos importante es que algún pez pique; lo importante es la espera; pero no la ansiedad de la espera, ni que “el que espera, desespera”, sino el placer de la espera; esperar hasta que el tiempo se pare, pero no lo suficiente para, al menos, que una vez al mes, la barca rebote en alguno de los lados de la orilla.

El señor del palito inclinado había sido el primero en escapar del software desde al inicio de la era digital. No tiene demasiado claro cómo lo ha conseguido. De hecho no cree que pueda volver a hacerlo. Tampoco le importa ya demasiado. Lo único que le importa es que la barca no rebote en las orillas con demasiada frecuencia, que el inexistente tiempo, se alargue más entre cada sobresaltante rebote. Una vez al año no estaría mal. Esto hubiera sido impensable antes de la invención de la batería infinita.

El tiburón, aunque joven, es paciente. Para él tampoco transcurre el tiempo. Su software de comportamiento, lo obliga a dar vueltas bajo la barca, con la esperanza de que el señor del palito inclinado se caiga de la hoja en algún momento, y vuelva a penetrar en el mundo digital. En ese momento lo capturaría y lo llevaría ante las autoridades, a no ser que su programador hubiera introducido es sus pautas de comportamiento “algo salvaje”. En ese caso, sería improbable que consiguiera capturarlo con vida de modo que su espera habría resultado baldía, y no obtendría los galones que tanto ansía.

Fuera de este entorno, el tiempo sí que pasaba. Un día comenzó a granizar. Una de las piedras impactó sobre el botón de encendido de la táblet. El artilugio se apagó. La languidez en que se hallaba sumergido el señor del palito inclinado, se transformó en una pantalla de cristal líquido, que engulló todo lo que había en su superficie, y en cuyas aguas se halló inmerso, poco antes de ser, a su vez,  engullido por el tiburón.

 

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