Este es el último mes de la temporada de concursos de EL TINTERO DE ORO. El libro protagonista ha sido "El Capitán Alatriste". Bueno, no había que escribir sobre él, sino un relato que se desarrollara en el siglo de oro español. El siglo de oro, el tintero de oro... me pareció claro cual iba a ser el tema de mi relato, que además me encaja como precuela de otro que escribí no hace mucho: EL MINERO (Aquí, dándome autobombo). Como el concurso era anónimo no he podido publicarlo hasta ahora, y como ya se han publicado los resultados tengo la satisfacción de haber conseguido la puntuación de 9.5... ¡Mentira! He quedado en el puesto 9.5, que no es lo mismo. Allá va:

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“Si
no es por la buenas, será por las malas”. Esta era la máxima que dirigió la
vida de Pedro de Silva, apodado el cruel. Cualquier dilema o desafío se
solucionaba aplicando esta regla.
«Que
mi noble familia está a punto de perder sus títulos por falta de recursos
económicos y aquí no los consigo… será por las malas: me voy a hacer las Américas».
«Que
como civil no puedo, lo haré por las malas: vuelvo a la carrera militar».
«Que
no soy más que soldado al principio y así no se gana nada… en tres años seré capitán».
«Que
las revueltas de Nueva Granada se me quedan pequeñas porque yo y mis hombres ya
nos hemos cargado a todos los revoltosos… me voy al Perú». Aquí fue donde sus
soldados le pusieron el apodo.
«Que
los encomenderos se cabrean hasta armar una guerra civil… tendré que hacer
honor a mi mote y cargármelos a todos».
«Que
el Rey me hace gobernador de una provincia y tremendamente rico, en
agradecimiento por los servicios prestados… Mmm. Esto ya no está tan mal.
¿Ahora qué hago? ¿Me vuelvo a España, donde nada me ata? ¿O me quedo en Perú a
vivir a cuerpo de Virrey?». Y aquí quedó atorado el martillo porque no tenía
clavos que clavar.
Alguien
diría que esta máxima también le condujo a su muerte, pero mentiría. O más bien
faltaría a la verdad, por desconocimiento.
Un
día, Lope Díaz de Amorrieta, uno de sus hombres de máxima confianza y que tenía
por muy juicioso, le explicó que poseía referencias ciertas y concretas de la
ubicación del Dorado. Nunca había dado crédito a aquella leyenda, pero sin duda
aquello era un clavo. Y aquí comenzó su supuesta muerte.
Cuando
la expedición abandonó las llanuras de Venezuela y se adentró en la selva, el
martillo comprobó que aquello no iba a ser tan fácil como matar
revolucionarios, pero otras expediciones ya lo habían intentado sin éxito, así
que siguió avanzando. Pronto empezaron las deserciones y una deserción era
indiscutiblemente un clavo. “El cruel” se le quedó pequeño.
Un
día en que era precisamente él quien abría camino llegaron a un claro que se
prolongaba más allá del rio que lo atravesaba. El Orinoco corría por aquel
tramo con gran virulencia. Los que se habían quedado deliberadamente más
retrasados, desertaron dejándose llevar por el rio. A estos no los pudo cazar.
Seguramente no haría falta porque la selva y los indígenas darían buena cuenta
de ellos, pero no era lo mismo.
Cuando
iban a abandonar el claro y continuar rasgando la selva, tras aquel mínimo
descanso de luchar contra ella, el martillo sintió por primera vez en su vida
el vértigo del punto de no retorno. Volvió la vista y contempló los veinte
soldados que quedaban de los ciento cincuenta que habían partido, quince
indígenas porteadores y cero caballos. Los cero caballos eran la excusa
perfecta para darse la vuelta. El oro pesa mucho y se puede perder una batalla
sin perder la guerra.
Volvió
a España y consiguió financiación de la Corte, que también debía andar deseosa
de encontrar El Dorado, si no era inexplicable que se la concedieran tras el
fracaso de repetidas expediciones. También le dieron seiscientos hombres entre
soldados y colonos.
Esta
vez entró con los barcos por el Orinoco. El caudal de río que vio en la primera
expedición debía permitirlo, pero no fue así. La desembocadura era un delta de
manglares. A los pocos kilómetros tuvieron que desembarcar y continuar a pie.
El número de expedicionarios menguaba aún más rápido que en la primera
incursión porque el río albergaba aún más indígenas con sus flechas envenenadas,
que rio arriba.
Se
pusieron sus corazas que no podían atravesar las pequeñas flechas que usaban.
Curiosamente no mataban a los caballos. Alguna superstición, no habían visto
nunca ninguno.
A
los pocos días, mientras avanzaban empezó a extinguirse el sonido de la selva,
poco a poco, hasta que llegó a enmudecer del todo. Pero al poco fue sustituido
por un bullicio creciente, y un rumor metálico. El martillo se puso al frente y
avanzaron con sumo cuidado. Entonces atravesó una cortina invisible tras la
cual desaparecieron la agobiante humedad y el insufrible calor. La luz era más
intensa y entonces llegaron al claro. Varios centenares de metros sin ningún
rastro de vegetación y varios centenares de individuos manejando máquinas, unas
terrestres y otras áreas dedicadas a horadar una montaña. En el llano se veía
lo que en algún momento fue una ciudad indígena.
Entonces
salieron a su encuentro dos personajes rubios, de aspecto nórdico.
―¿Sois
alemanes? ¿Perdidos de alguna expedición? ―preguntó Pedro.
―No
―contestó uno en español.
―Pero
estáis al servicio del Rey, ¿no?
―No.
―Y
¿de dónde sois?
―De
lejos.
―¿De
las Indias…
Los
nórdicos le explicaron, primero por las buenas y luego por las malas, que él y
sus compañeros, debían extraer oro de aquella montaña, en equipo con aquellos
otros individuos extraños que allí estaban trabajando.
Pocos
días después aquella llanura empezó a moverse. Todos fueron a los bordes, donde
acababa el aire acondicionado, y vieron alejarse primero el suelo y luego la
selva, hasta que solo se vio una bola azulada sobre fondo negro, en la que se
adivinaba algo parecido al mapa que le había llevado a América.
Y
nunca más se supo de Pedro, el cruel, al menos en aquella bola azulada.