viernes, 3 de julio de 2026

PEDRO, EL CRUEL

 Este es el último mes de la temporada de concursos de EL TINTERO DE ORO. El libro protagonista ha sido "El Capitán Alatriste". Bueno, no había que escribir sobre él, sino un relato que se desarrollara en el siglo de oro español. El siglo de oro, el tintero de oro... me pareció claro cual iba a ser el tema de mi relato, que además me encaja como precuela de otro que escribí no hace mucho: EL MINERO (Aquí, dándome autobombo). Como el concurso era anónimo no he podido publicarlo hasta ahora, y como ya se han publicado los resultados tengo la satisfacción de haber conseguido la puntuación de 9.5... ¡Mentira! He quedado en el puesto 9.5, que no es lo mismo. Allá va:

AQUÍ podéis encontrar el resto de aventuras

“Si no es por la buenas, será por las malas”. Esta era la máxima que dirigió la vida de Pedro de Silva, apodado el cruel. Cualquier dilema o desafío se solucionaba aplicando esta regla.

«Que mi noble familia está a punto de perder sus títulos por falta de recursos económicos y aquí no los consigo… será por las malas: me voy a hacer las Américas».

«Que como civil no puedo, lo haré por las malas: vuelvo a la carrera militar».

«Que no soy más que soldado al principio y así no se gana nada… en tres años seré capitán».

«Que las revueltas de Nueva Granada se me quedan pequeñas porque yo y mis hombres ya nos hemos cargado a todos los revoltosos… me voy al Perú». Aquí fue donde sus soldados le pusieron el apodo.

«Que los encomenderos se cabrean hasta armar una guerra civil… tendré que hacer honor a mi mote y cargármelos a todos».

«Que el Rey me hace gobernador de una provincia y tremendamente rico, en agradecimiento por los servicios prestados… Mmm. Esto ya no está tan mal. ¿Ahora qué hago? ¿Me vuelvo a España, donde nada me ata? ¿O me quedo en Perú a vivir a cuerpo de Virrey?». Y aquí quedó atorado el martillo porque no tenía clavos que clavar.

Alguien diría que esta máxima también le condujo a su muerte, pero mentiría. O más bien faltaría a la verdad, por desconocimiento.

Un día, Lope Díaz de Amorrieta, uno de sus hombres de máxima confianza y que tenía por muy juicioso, le explicó que poseía referencias ciertas y concretas de la ubicación del Dorado. Nunca había dado crédito a aquella leyenda, pero sin duda aquello era un clavo. Y aquí comenzó su supuesta muerte.

Cuando la expedición abandonó las llanuras de Venezuela y se adentró en la selva, el martillo comprobó que aquello no iba a ser tan fácil como matar revolucionarios, pero otras expediciones ya lo habían intentado sin éxito, así que siguió avanzando. Pronto empezaron las deserciones y una deserción era indiscutiblemente un clavo. “El cruel” se le quedó pequeño.

Un día en que era precisamente él quien abría camino llegaron a un claro que se prolongaba más allá del rio que lo atravesaba. El Orinoco corría por aquel tramo con gran virulencia. Los que se habían quedado deliberadamente más retrasados, desertaron dejándose llevar por el rio. A estos no los pudo cazar. Seguramente no haría falta porque la selva y los indígenas darían buena cuenta de ellos, pero no era lo mismo.

Cuando iban a abandonar el claro y continuar rasgando la selva, tras aquel mínimo descanso de luchar contra ella, el martillo sintió por primera vez en su vida el vértigo del punto de no retorno. Volvió la vista y contempló los veinte soldados que quedaban de los ciento cincuenta que habían partido, quince indígenas porteadores y cero caballos. Los cero caballos eran la excusa perfecta para darse la vuelta. El oro pesa mucho y se puede perder una batalla sin perder la guerra.

Volvió a España y consiguió financiación de la Corte, que también debía andar deseosa de encontrar El Dorado, si no era inexplicable que se la concedieran tras el fracaso de repetidas expediciones. También le dieron seiscientos hombres entre soldados y colonos.

Esta vez entró con los barcos por el Orinoco. El caudal de río que vio en la primera expedición debía permitirlo, pero no fue así. La desembocadura era un delta de manglares. A los pocos kilómetros tuvieron que desembarcar y continuar a pie. El número de expedicionarios menguaba aún más rápido que en la primera incursión porque el río albergaba aún más indígenas con sus flechas envenenadas, que rio arriba.

Se pusieron sus corazas que no podían atravesar las pequeñas flechas que usaban. Curiosamente no mataban a los caballos. Alguna superstición, no habían visto nunca ninguno.

A los pocos días, mientras avanzaban empezó a extinguirse el sonido de la selva, poco a poco, hasta que llegó a enmudecer del todo. Pero al poco fue sustituido por un bullicio creciente, y un rumor metálico. El martillo se puso al frente y avanzaron con sumo cuidado. Entonces atravesó una cortina invisible tras la cual desaparecieron la agobiante humedad y el insufrible calor. La luz era más intensa y entonces llegaron al claro. Varios centenares de metros sin ningún rastro de vegetación y varios centenares de individuos manejando máquinas, unas terrestres y otras áreas dedicadas a horadar una montaña. En el llano se veía lo que en algún momento fue una ciudad indígena.

Entonces salieron a su encuentro dos personajes rubios, de aspecto nórdico.

―¿Sois alemanes? ¿Perdidos de alguna expedición? ―preguntó Pedro.

―No ―contestó uno en español.

―Pero estáis al servicio del Rey, ¿no?

―No.

―Y ¿de dónde sois?

―De lejos.

―¿De las Indias…

Los nórdicos le explicaron, primero por las buenas y luego por las malas, que él y sus compañeros, debían extraer oro de aquella montaña, en equipo con aquellos otros individuos extraños que allí estaban trabajando.

Pocos días después aquella llanura empezó a moverse. Todos fueron a los bordes, donde acababa el aire acondicionado, y vieron alejarse primero el suelo y luego la selva, hasta que solo se vio una bola azulada sobre fondo negro, en la que se adivinaba algo parecido al mapa que le había llevado a América.

Y nunca más se supo de Pedro, el cruel, al menos en aquella bola azulada. 



jueves, 18 de junio de 2026

CONFLICTO DE COMPETENCIAS

 Este jueves nos dirige SYLVIA desde su blog PALABRAS AL ABISMO a escribir sobre los Eternos.  Sí, aquellos siete hermanos nacidos de las paginas de Sandman, aquella colección irrepetible de cómics de los 90, escritos por Neil Gaiman. Treinta años después  se hizo una serie de tv que no tengo claro si he visto entera.

 AQUI podéis encontrar al resto de Eternautas

 

Ramón tenía una esquizofrenia paranoide, un enfisema pulmonar y ochenta y nueve años. Además estaba chapado a la antigua. Las alucinaciones que sufría eran recurrentes y se centraban en que su compañero de habitación se pasaba las noches fornicando sin parar con todas las enfermeras del turno, y no sucesivamente. Aun pudiendo dormir y sin enfermedad mental, eso le hubiera sacado de sus casillas. Pero es que además no tenía compañero de habitación.

La última noche se la pasó gritando por encima de su enfisema. Atado, obviamente. Reclamaba alternativamente decoro y compostura del vicioso de su compañero y de las sanitarias, y, por supuesto, su pastilla para dormir porque el escándalo de la orgía no le dejaba dormir; pero las enfermeras no le hacían caso.

Los gritos eran tan intensos y constantes que llamaron la atención de Delirio. Esta Eterna no era excesivamente activa en sus intervenciones; se limitaba a ver sufrir al paciente con una sonrisa en sus labios, porque la mayoría de sus clientes no necesitaban su ayuda para delirar

―Tú ¿de qué te ríes? Ves donde las enfermeras y diles que me traigan mi pastilla para dormir. O mejor una inyección… ―inquirió Ramón a Delirio que se había sentado en un sillón en un rincón de la habitación. Ella se sobresaltó. Dejó de reír. Era la primera vez que un humano la veía. Se movió por la habitación para comprobar si aquella pregunta formaba parte de la alucinación o realmente la veía. Ramón la siguió con la mirada.

―¿Me ves? ¿Cómo es posible?

En ese momento el hombre volvió la mirada al sillón donde antes estaba Delirio y que ahora ocupaba Muerte. Al ser descubierta se puso de pie. Aparentaba a una gótica albina de cincuenta kilos y veinticinco años; diez más que Delirio.

―Tú, ¿qué haces aquí? ¿No ves que me estoy ocupando yo de él? ―Todos los Eternos envidiaban a Muerte porque era la que más clientes tenía. Luego, su poca constancia le hizo saltar de tema― ¿Sabes que puede verme? ―Hizo una pausa― Y creo que a ti también.

―Sí, al final pueden verlo todo. Como me han mandado y he visto que estabas tú, me he comunicado con nuestro hermano Destino y me ha confirmado que era requerida mi presencia.

―Pero está delirando. Es mi cliente… ―refunfuñó la adolescente.

Entonces Muerte metió la mano en la pared y la apartó como si fuera una cortina. En la habitación de al lado los cuerpos desnudos del cuerpo de enfermeras de noche, se contorsionaba y gemía sobre el vecino de Ramón, que no compañero de habitación:

―No deliraba. Solo estaba desubicado. En cualquier caso me lo tengo que llevar.

 



miércoles, 10 de junio de 2026

LAS RAREZAS

 Esta semana, las amigas jueveras Patricia y Rosana nos convocan desde su blog ARTESANOS DE LA PALABRA a armar un relato con los ingredientes que figuran en un par o tres de fotos.

AQUI podéis encontrar el resto de aportes


Mi abuela era, lo que podríamos llamar, rara. “Raro” es una palabra que ha cambiado de significado en los últimos años. Cuando ella vivía, raro era un característica peyorativa aplicada a una persona; casi un insulto. Ahora sigue siendo una característica distintiva pero ahora la uniformidad es despreciable.

Me di cuenta de que era rara la primera vez que vino con mi abuelo a visitarnos a Barcelona. Mi abuela era una mujer de negro, de aquel negro perpetuo de la España profunda, con su moño, sus zapatillas de paño negro y su mandil negro en cuyos bolsillos se criaban caramelos por generación espontánea. Una tarde desapareció. Mi abuela nunca había estado en Barcelona y no sé si en alguna ciudad grande. Cuando volvió explicó que había encontrado un sitio donde hacían carreras de perros ―el canódromo que había cerca de casa―, y que lejos de mantenerse como observadora, había averiguado que se podía apostar y cómo hacerlo. Y lo hizo. Se gastó veinte duros de la época, y los perdió. En eso no era rara. Aquella pérdida fue su mayor preocupación durante toda la tarde.

Esto solo es una muestra. Por definir su carácter diría que de ir en la actualidad a un psiquiatra la diagnosticarían de “bipolar con el polo depresivo estropeado”.

Poco después fuimos todos al pueblo. Mi abuela era costurera y hacía los encargos con su máquina Singer en casa. Nada más llegar me dijo que me iba a hacer un jersey. Debía salir de su zona de confort y dejar la máquina a un lado para pasarse al punto.

―…un jersey de color rojo ―me anunció.

―¿Rojo? ―me quejé. Ya tenía uno granate. Mi otra abuela, Pilar, la lechera, me había hecho uno verde fosforito, y viendo una naranja al lado del ovillo de lana roja que ya tenía preparado, se me ocurrió que me haría falta uno naranja fosforito, y así se lo dije a esta abuela, Pilar, la casillera. Así era como la llamaban.

―Muy bien ―contestó mi abuela, que ya había trazado su plan dando un vistazo al par de referidas esferas. Cogió el ovillo de lana y le dio un bocado. Pude ver mientras masticaba que por dentro era de color amarillo manzana. Luego cogió la naranja y la seguí a la cocina. Con un cuchillo empezó a pelarla dejando una monda no solo mínimamente gruesa, sino tan extremadamente estrecha, que podía tejerse―. ¡Antonio!, ¿puedes ir a Tidora y traerme cinco kilos de naranjas? ―le chilló a mi abuelo que acababa de volver del campo―. En tres días tendrás tu jersey naranja. ―me anunció. ¿Se acuerdan de aquellos concursos de pelar fruta en que ganaba el que sacaba la monda que menos pesaba? Mi abuela era la campeona del pueblo.

Cuando salí de la cocina vi por la ventana que en el monte había nevado. Eso fue lo más raro de aquel día. En el pueblo nunca, nunca nevaba.

Bueno, el día que murió mi abuela años más tarde, la única ocasión en que he ido al pueblo en invierno, también nevó.




viernes, 22 de mayo de 2026

EL DOPPELGÄNGER

Hoy os traigo un relato que formara parte del próximo libro de nuestro grupo de escritura EL VICI SOLITARI. El tema sera misterio y cosas sobrenaturales en general. El título importa.


 

Ring, ring.

―Toni, ves a abrir.

―No puedo ahora mismo; estoy con Jona ¿Puedes ir tú?

―Vale.

La esposa de Toni abrió la puerta pero no vio a nadie. Echó un vistazo a ambos lados del porche con el mismo resultado. Finalmente cerró la puerta y volvió a la cocina. La valla exterior no tenía portezuela, pero estaba seis metros separada de la fachada; era raro que los chavales llamaran y se fueran corriendo.

―¿Quién era? ―preguntó Toni mientras bajaba por la escalera.

―Nadie, no había nadie.

Toni se dejó caer en el sofá.

Ring, ring.

La esposa de Toni sacó a cabeza por la ventana de la cocina, que también daba al porche.

―No hay nadie, pero ves.  A mí ya me han tomado el pelo antes.

―¡Joder! Acabo de sentarme ahora mismo…

Ring, ring.

―¿¡Quién es!? ―vociferó Toni desde el sofá, que estaba a escasos cuatro metros de la entrada.

Ring, ring.

―Su puta madre ―susurró Toni para no ser oído. Hundió el mando a distancia en el cojín de un manotazo, y fue a cantarle las cuarenta a quien estaba llamando. Abrió y allí estaba su esposa sin ropa―. Pero ¿Qué coño haces ahí en bolas? ―susurró cogiéndola del brazo. Eran las siete de la tarde y aun había gente paseando por la urbanización. Se asomó y miró a ambos lados como había hecho ella antes. Afortunadamente no había nadie mirando, al menos en la calle. Si había algún mirón desde alguna ventana, seguro que se enteraría mañana en Josie’s―. ¿Se puede saber qué hacías ahí? ―volvió a preguntar, pero no obtuvo respuesta. Entonces se fijó en un tatuaje que lucía justo debajo del pezón derecho. Representaba un pez chapoteando en el agua para no ahogarse, así, en estilo caricaturesco infantil. Le cogió la teta y la levantó para verlo mejor. Ella no se quejó―. ¿Cuándo te has hecho esto? ―No hubo respuesta―. ¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato?

―Es que me he hecho daño. ―Entonces se dio la vuelta y Toni vio que tenía otro tatuaje en la nalga derecha; el mismo pez pero muerto en lo que parecía el mostrador vacío de una pescadería. En este no se detuvo tanto porque su atención acudió de inmediato a una puñalada abierta que llevaba en el riñón del mismo lado. No sangraba.

―¡Mamá! ―exclamó escandalizado Jona desde la baranda del piso de arriba, que daba justo al salón donde se encontraban.

―¡Niño! ¡Métete inmediatamente en tu habitación! ―gritó con urgencia Toni que ya se estaba encontrando superado por la situación.

―¿Qué pasa con los gritos? ―dijo la esposa vestida de Toni mientras salía de la cocina con la cara ciertamente más pálida de lo habitual―. Cariño, voy a sentarme un poco, que no me encuentro muy bien. ―Pasó por delante de la pareja y se dejó caer en el sofá, del mismo modo que acostumbraba a hacer su marido. En ese momento, como conjurada por la cercanía de la esposa vestida, la puñalada comenzó a sangrar abundantemente―. Al final, ¿Quién era?

Toni no sabía a cuál de las dos mirar.

―Ayúdame, por favor. Me voy a desangrar ―suplicó la desnuda a Toni cogiéndolo con ambas manos por el antebrazo.

La vestida miraba a su marido gesticular como si estuviera hablando con alguien. A estas alturas, la desnuda estaba de pie sobre un charco de sangre. Toni intentaba comprender algo.

―¿Quién era? ¿Es un secreto? ―dijo la vestida, después cogió aliento: ¡Jona! ¡Baja a poner la mesa! ―gritó, y luego continuó bajito: …que yo estoy muy cansada.

―¿Ya puedo salir? ¿Qué hay para cenar? ―gritó desde su habitación.

―¡Ni se te ocurra! ―contestó el padre, mientras llevaba a la desnuda a la cocina para intentar taponar la herida y llamar a una ambulancia.

―Pescado ―susurró la vestida antes de perder el conocimiento.

Cuando Toni salió de la cocina su esposa vestida ya no estaba viva. Cuando volvió a la cocina, la desnuda ni siquiera estaba.

 


Nota aclaratoria: Un dopplegånger es un ser mitico-mágico de la cultura nórdica que aparece cuando alguien va a morir. Es un doble exacto del que va a morir, y el que va a morir no puede verlo. Existen variaciones, sobre su corporeidad, sobre si se refleja en los espejos, sobre si tiene sombra, o sobre si es invisible para la victima

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