jueves, 22 de octubre de 2026

QUEDARSE SIN PALABRAS

Vuelvo a participar en el reto juevero, que esta semana organizan Patricia y Rosana desde su blog ARTESANOS DE LA PALABRA. Se trata de armar un relato basad en alguien que se encuentra una corbata tirada en un parque. 

Esto ha salido

AQUÍ podéis encontrar el resto de corbatas


Ambrosio Primero estaba sentado en un banco del parque mirando como una señora alimentaba a las palomas. Iba a advertirle que eso que estaba haciendo está prohibido, pero ¿para qué? No le haría caso, o estaría sorda, y sino pues que pagara la multa. A Ambrosio no le gustaba la gente; no tan poco como para denunciarla él mismo pero era así hace mucho. Desde que nació. Incluso antes. Le venía por herencia. También le venía por herencia el poco dinero que aún le quedaba a la familia. Era la única cosa buena que le llegaba por esa vía.

Anselmo Primero era su padre. Y digo bien: “era”; pretérito imperfecto. Si hubiera sido perfecto ―”fue”―, su padre estaría muerto, y él sería Rey. Rey destronado, pero Rey. Bueno, destronado no. Para eso debería haber sido entronado antes, y ni su padre, ni su abuelo, ni nadie en muchas generaciones lo había sido. Desde hace ciento cincuenta años en aquel país mandaba la Sra. República. Pero Ambrosio estaba orgulloso de su linaje aunque no le sirviera para mucho. Eso pensaba él. Vivir sin trabajar es mucho, pero no haberse estrenado es mucho más. Aun así hacía muchos años que no presumía de su linaje. Había comprobado que resulta más bien contraproducente

Desde la abolición de la monarquía ―pacífica, todo hay que decirlo―, su familia había adoptado el apellido “Primero”. El Rey abdicado decidió además, que el nombre de todos sus descendientes, de la rama principal, por supuesto, empezaría por “A”. De este modo no se podían repetir porque entonces el apellido debería cambiar.

Pero todo esto ya no importaba. Su linaje se iba a extinguir porque él no iba a tener hijos aun en el hipotético caso de que encontrara esposa.

Entonces la mujer se fue. La de las palomas. El rebaño la siguió, y dejo al descubierto una corbata que en un principio pareció seguirla también, pero solo fue una inercia. En cuanto divisó a Ambrosio se detuvo, y se encaminó, o sea, se arrastró hacia él. La corbata iba con su nudo hecho, por su puesto; de otro modo no habría podido desplazarse. El cuello iba por delante y levantado, a modo de cobra. Se plantó delante de él y esperó. Cuando el príncipe intentó cogerla ―más por curiosidad que por necesidad― la corpiente le atacó enlazándolo por el cuello. El humano cerró los ojos asustado, y sintió como una lengua intentaba entrar en su boca; entonces los abrió y se apartó de un salto. “Croak” fue lo único que se le ocurrió decir.


miércoles, 14 de octubre de 2026

ES MUY LARGA

 Este primer reto de temporada de EL TINTERO DE ORO se centra en la Condesa Pardo Bazán, que además del título de la escritora que nos ocupa, era el nombre de la calle en que estaba el colegio en que fui yo de parvulito y hasta sexto de EGB, así que me da pereza desaprender y aprender otra vez el nombre , porque siempre me encallaré. ahora la calle ya se llama Emilia...

Por eso entre otras cosas no quería dejar de participar, y ara ello he tenido que forzar un poco el tema, aplicándolo a una anécdota en lugar de a un gran trastorno de comportamiento.


AQUÍ podéis encontrar el resto de trastornos.

 

 

Siguiendo el criterio pero no la forma en que empiezan algunas películas de los hermanos Coen, diré que esta historia no está basada en hechos reales, y que si lo estuviera no sería yo el protagonista.

La semana pasada fui a ver la película de moda con unos amigos de estreno. Solo había coincidido con ellos un par de veces pero una amiga común me recomendó que fuera al cine con ellos, porque van a menudo y lo hacen cerca de donde vivo. Yo antes iba mucho al cine, pero ahora no voy nada. Nada de nada. El caso es que fuimos a ver una, no recuerdo cual, o sea que no debió ser muy buena… ah, sí… la última de Brad Pitt: un truño; pero bueno, era de Brad Pitt y no suele fallar. Y al despedirnos surgió uno que dijo que quería ver la peli de moda, la de los tocayos. ¡Qué pereza! Yo que estaba dispuesto a no ver más pelis de la guerra civil… Pero ¿qué le vamos a hacer? Estaban todos de acuerdo.

Fue un alivio que no tratara de la vida del poeta; solo aparece aledañamente. Estuve viendo la peli ―en un extremo de la tercera fila― más de una hora sin mover el culo del asiento. Luego ya lo moví. El culo es el mejor detector de pelis buenas o malas. Si yo fuera crítico de cine, diría que pienso y hago las crónicas con el culo. Pero no lo soy, así que no lo digo. Al cabo de una hora y media… bueno, diré que tengo una próstata notable. En estas salas múltiples no tengo muy claro ―ya sé: si fuera más al cine, lo tendría― si se puede salir fuera ―a la zona común― y volver a entrar, a la mía o a otra peli. Salí, porque lo primero es lo primero, a riesgo de perderme el final. ¡Qué tonto! Solo llevaba una hora y media.

El que estaba a mi lado no movía el culo ni después de volver, pero movía la cabeza afirmativamente con relativa frecuencia. Cada uno se manifiesta como quiere. Los otros hacían flexiones y extensiones de brazo siempre con la misma trayectoria: de la boca al culo del cubo de palomitas. Creo que ahora se va al cine a comer palomitas con gente que mira una peli a un volumen infinitamente más alto de lo que te dejan poner en casa. Los vecinos, digo. Pero, a lo que iba antes, es a que no movían mucho el culo. Podría ser que el modo de mover el brazo, sea algún síntoma de aceptación o rechazo, pero hasta ahí no llego.

Tres o cuatro filas más atrás, a alguien le sonó el móvil, pero antes de dos minutos logró silenciarlo.

En la fila delante de la nuestra no había nadie. Sentí la tentación de poner los pies en el respaldo. Hace treinta años ―ya saben, cuando no se comían palomitas―, lo hubiera hecho, porque ya no sabía cómo poner el culo.

Otro señor fue a mear, y no volvió. Estuve atento hasta casi el final de los títulos de crédito. Seguramente se equivocó de sala, porque ¿qué otro motivo tendría para huir así? ¿que no le gustaban las pelis de la guerra civil?

La peli acabo, por fin.

“Peliculón”.

«Eing??»

“Buenisima”.

«Eing??»

“Me ha encantado”

«Eing?»

Bueno, el de los “Eing” soy yo. O sea, no yo, el autor, sino yo, el narrador. Este último ya me lo esperaba. Era el que movía la cabeza.

“Pues a mí me ha sobrado una hora”. Esto era un problema más de continente, (poco importante), que de contenido (más importante). Cuando yo trabajaba en seguros era al revés, pero las cosas cambian.

Resultó que todos estaban interesadísimos en temas históricos recientes, que todos habían tenido familia republicana que murió o padeció en la guerra, y que todos conocían casos de homosexualidad reprimida durante aquella época.

Supongo que ya sabéis que hay temas que, por el simple hecho de abordarlos, garantizan la calidad del producto.

A mí, a excepción de un giro que hay al final, no demasiado importante en la trama, y el poco rato que sale la actriz que representa a la tonadillera, lo demás me pareció más bien estándar. Pero en medio de tanto entusiasmo, y ante el riesgo de parecer poco republicano o poco homófilo, temas que me interesan efectivamente poco, mi veredicto fue:

―Es muy larga.

 

 




jueves, 8 de octubre de 2026

EL COFRE DE LA ALIANZA

 Este mes LÍDIA CASTRO NAVAS nos convoca desde su blog con el tradicional ESCRIBIR JUGANDO. a saber, cien palabras, con cara y ojos, referenciando dos imágenes y una tercera opcional.

Estas son las imágenes:

 

AQUÍ podréis encontrar el resto de micros

 

Solo faltaba un último giro, según el plano que le dio el viejo. Después, el túnel se convertía en una enorme sala. Había un cofre raro. Tenía dos varales laterales para transportarlo, y la tapa soportaba dos querubines con sus alas enfrentadas. Sacó las llaves que también le habían dado, pero el cofre raro no tenía cerradura.

Levantó la tapa y la luz estelar que emergió le golpeo, lanzándolo contra la pared. La radiación no tuvo trabajo porque del impacto se abrió la cabeza.

En el exterior de la pirámide el viejo reía por lo bajini.

 

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