Esta semana, las amigas jueveras Patricia y Rosana nos convocan desde su blog ARTESANOS DE LA PALABRA a armar un relato con los ingredientes que figuran en un par o tres de fotos.
AQUI podéis encontrar el resto de aportes
Mi abuela era, lo que podríamos llamar, rara. “Raro” es una palabra que ha cambiado de significado en los últimos años. Cuando ella vivía, raro era un característica peyorativa aplicada a una persona; casi un insulto. Ahora sigue siendo una característica distintiva pero ahora la uniformidad es despreciable.
Me di cuenta de que era rara la primera vez que vino con mi abuelo a visitarnos a Barcelona. Mi abuela era una mujer de negro, de aquel negro perpetuo de la España profunda, con su moño, sus zapatillas de paño negro y su mandil negro en cuyos bolsillos se criaban caramelos por generación espontánea. Una tarde desapareció. Mi abuela nunca había estado en Barcelona y no sé si en alguna ciudad grande. Cuando volvió explicó que había encontrado un sitio donde hacían carreras de perros ―el canódromo que había cerca de casa―, y que lejos de mantenerse como observadora, había averiguado que se podía apostar y cómo hacerlo. Y lo hizo. Se gastó veinte duros de la época, y los perdió. En eso no era rara. Aquella pérdida fue su mayor preocupación durante toda la tarde.
Esto solo es una muestra. Por definir su carácter diría que de ir en la actualidad a un psiquiatra la diagnosticarían de “bipolar con el polo depresivo estropeado”.
Poco después fuimos todos al pueblo. Mi abuela era costurera y hacía los encargos con su máquina Singer en casa. Nada más llegar me dijo que me iba a hacer un jersey. Debía salir de su zona de confort y dejar la máquina a un lado para pasarse al punto.
―…un jersey de color rojo ―me anunció.
―¿Rojo? ―me quejé. Ya tenía uno granate. Mi otra abuela, Pilar, la lechera, me había hecho uno verde fosforito, y viendo una naranja al lado del ovillo de lana roja que ya tenía preparado, se me ocurrió que me haría falta uno naranja fosforito, y así se lo dije a esta abuela, Pilar, la casillera. Así era como la llamaban.
―Muy bien ―contestó mi abuela, que ya había trazado su plan dando un vistazo al par de referidas esferas. Cogió el ovillo de lana y le dio un bocado. Pude ver mientras masticaba que por dentro era de color amarillo manzana. Luego cogió la naranja y la seguí a la cocina. Con un cuchillo empezó a pelarla dejando una monda no solo mínimamente gruesa, sino tan extremadamente estrecha, que podía tejerse―. ¡Antonio!, ¿puedes ir a Tidora y traerme cinco kilos de naranjas? ―le chilló a mi abuelo que acababa de volver del campo―. En tres días tendrás tu jersey naranja. ―me anunció. ¿Se acuerdan de aquellos concursos de pelar fruta en que ganaba el que sacaba la monda que menos pesaba? Mi abuela era la campeona del pueblo.
Cuando salí de la cocina vi por la ventana que en el monte había nevado. Eso fue lo más raro de aquel día. En el pueblo nunca, nunca nevaba.
Bueno, el día que murió mi abuela años más tarde, la única ocasión en que he ido al pueblo en invierno, también nevó.
