Este mes EL TINTERO DE ORO nos invita a hablar sobre el destino, apoyándose en "Cien años de soledad". No se trata de imitar a García Márquez (por suerte). Solo de hablar del destino que tan presente está en esa obra. Yo ya lo reflejo en el titulo, que es un refrán sobre ese tema (bueno, medio refrán, el lector ya lo acaba), y además resume la historia del protagonista.
AQUÍ podéis encontrar el resto de destinos.
Hace mucho tiempo, en una
galaxia muy, muy lejana, vivía…
¡Meee! (Rayita ondulada roja
debajo de “vivía”). ¿Qué pasa ahora? Lleva tilde, está bien puesta, sin
mayúscula… Ah, ya… no es cosa del corrector; es cosa de la I.A., que ya me
conoce y sabe lo que voy a escribir. Y como siempre, tiene razón… Jamerio no
vivía. Era un objeto. Mejor volvemos a empezar…
Hace mucho tiempo, en una
galaxia muy, muy lejana, existía Jamerio, que no era una persona sino un
objeto. Más bien, un invento fracasado. Ya imaginaréis que, tal y como su
propio nombre indica, Jamerio era un martillo, aunque en aquella galaxia esta
palabra no existía porque no existía el objeto. Jamerio era un martillo capaz
de clavar clavos de un solo golpe. ¿Y por qué era un invento fracasado?, os
preguntaréis. Pues porque hacían falta dos personas para clavar un clavo.
Ahora me estoy adelantando.
Se me olvidaba comentar que…
En este planeta tan lejano,
las personas eran mancas. Obviamente esta palabra tampoco existía; en este
caso, porque todas las personas lo eran. Todos vivían en pareja. Más que para
usar un martillo, para atarse los cordones, mecanografiar, y cosas así. En el
resto de su anatomía eran iguales que los humanos. Dos ojos, quince dedos ―o
sea, cinco por extremidad―, sangre roja compuesta por plasma, plaquetas,
hematíes, leucocitos y darvinitos ―en este planeta ya los habían descubierto―.
Los darvinitos, son unas células sanguíneas…
Me estoy yendo por los
cerros de… Y además estoy metiendo muchos personajes.
A Jamerio le habían
inculcado desde su concepción que estaba llamado a ser un gran invento a nivel
global, pero el tema este de que la gente fuera manca ―en adelante
“monobraquios”―, y sobre todo la existencia previa de grapadoras neumáticas,
eléctricas y de batería estaba dificultando su ascenso al trono de las
herramientas. Le costó muchos años de espera en el museo de objetos inútiles.
Esto de “inútiles” le dolía especialmente porque él estaba destinado a ser uno
de los inventos más importantes de la Historia con mayúscula.
Durante todos estos años,
los darvinitos iban haciendo de las suyas. Aunque es dudoso que fuera por la
necesidad de clavar un clavo sin compañía, hay opiniones para todo. Estas
células sanguíneas son, como su propio nombre indica, las responsables de las
mutaciones genéticas. También, como su propio nombre indica, aumentan en cantidad y en
actividad con la ingesta de vino.
Se desconoce cuál fue el
origen del aumento de su consumo, aunque se sospecha que se debió a varios años
de sobreproducción de uvas. Lo cierto es que las mutaciones se multiplicaban
entre la población. La trioftalmia fue una de las más comunes, pero los
cerebros acababan por colapsar al no tener capacidad para procesar imágenes
tridimensionales. A la tripedia le pasaba más o menos lo mismo. En cambio, la
dibraquia, en su primera aparición, ya triunfó. En unas cuantas generaciones el
dibraquismo se extendió por todo el mundo. La gente, con eso de la mayor
ingesta de vino, también se volvió mucho más “sexualmente activa”, y como suele
decirse, una mano lava a la otra. Bueno, esta expresión, allí, tampoco
existía.
El caso es que poco a poco,
la dibraquia comenzó a ser la característica dominante. Las discusiones entre
los genetistas sobre si había un cambio de especie, o de si simplemente se
trataba de una mejora genética, comenzaron a inundar los informativos.
Por aquel entonces un
dibraquio, de profesión carpintero, visitó el museo de objetos inútiles y se enamoró de Jamerio.
En cuanto llegó a su taller, copió el diseño sin mucha dificultad. Tal como la
especie evolucionaba, sus preferencias iban cambiando, de usar grapadoras a
usar martillos. Es una evolución lógica. No nos vamos a engañar; no libera las
mismas endorfinas apretar el botón de una grapadora, que meter un clavo entero,
no importa la longitud, de un solo golpe; además el martillo se desgasta mucho
menos.
Piénsenlo. Visualicen.
Cierren los ojos. Meter un clavo de un palmo de un solo golpe. Mmmm… Bueno, no
se me distraigan.
Poco tiempo después, un
descendiente del inventor original de Jamerio, de profesión inventor, por
supuesto, ideó un mecanismo que acoplado a los últimos modelos de jamerio ―en
aquel planeta nunca llegó a existir la palabra martillo― dejaba caer del cielo
―o sea, desde lo alto del operario que lo usaba― los clavos, que iban a
presentarse, mínimamente hundidos, en el lugar donde debían ser clavados. De
este modo el operario solo debía liberar el brazo… y las endorfinas
Visualicen.
Este invento fue otra
revolución mundial; incluso a nivel genético. Permitía a los monobraquios que aún
quedaban, usar los jamerios con la misma eficacia que los dibraquios.
Y aquí empezó el declive de
la dibraquia.