jueves, 18 de junio de 2026

CONFLICTO DE COMPETENCIAS

 Este jueves nos dirige SYLVIA desde su blog PALABRAS AL ABISMO a escribir sobre los Eternos.  Sí, aquellos siete hermanos nacidos de las paginas de Sandman, aquella colección irrepetible de cómics de los 90, escritos por Neil Gaiman. Treinta años después  se hizo una serie de tv que no tengo claro si he visto entera.

 AQUI podéis encontrar al resto de Eternautas

 

Ramón tenía una esquizofrenia paranoide, un enfisema pulmonar y ochenta y nueve años. Además estaba chapado a la antigua. Las alucinaciones que sufría eran recurrentes y se centraban en que su compañero de habitación se pasaba las noches fornicando sin parar con todas las enfermeras del turno, y no sucesivamente. Aun pudiendo dormir y sin enfermedad mental, eso le hubiera sacado de sus casillas. Pero es que además no tenía compañero de habitación.

La última noche se la pasó gritando por encima de su enfisema. Atado, obviamente. Reclamaba alternativamente decoro y compostura del vicioso de su compañero y de las sanitarias, y, por supuesto, su pastilla para dormir porque el escándalo de la orgía no le dejaba dormir; pero las enfermeras no le hacían caso.

Los gritos eran tan intensos y constantes que llamaron la atención de Delirio. Esta Eterna no era excesivamente activa en sus intervenciones; se limitaba a ver sufrir al paciente con una sonrisa en sus labios, porque la mayoría de sus clientes no necesitaban su ayuda para delirar

―Tú ¿de qué te ríes? Ves donde las enfermeras y diles que me traigan mi pastilla para dormir. O mejor una inyección… ―inquirió Ramón a Delirio que se había sentado en un sillón en un rincón de la habitación. Ella se sobresaltó. Dejó de reír. Era la primera vez que un humano la veía. Se movió por la habitación para comprobar si aquella pregunta formaba parte de la alucinación o realmente la veía. Ramón la siguió con la mirada.

―¿Me ves? ¿Cómo es posible?

En ese momento el hombre volvió la mirada al sillón donde antes estaba Delirio y que ahora ocupaba Muerte. Al ser descubierta se puso de pie. Aparentaba a una gótica albina de cincuenta kilos y veinticinco años; diez más que Delirio.

―Tú, ¿qué haces aquí? ¿No ves que me estoy ocupando yo de él? ―Todos los Eternos envidiaban a Muerte porque era la que más clientes tenía. Luego, su poca constancia le hizo saltar de tema― ¿Sabes que puede verme? ―Hizo una pausa― Y creo que a ti también.

―Sí, al final pueden verlo todo. Como me han mandado y he visto que estabas tú, me he comunicado con nuestro hermano Destino y me ha confirmado que era requerida mi presencia.

―Pero está delirando. Es mi cliente… ―refunfuñó la adolescente.

Entonces Muerte metió la mano en la pared y la apartó como si fuera una cortina. En la habitación de al lado los cuerpos desnudos del cuerpo de enfermeras de noche, se contorsionaba y gemía sobre el vecino de Ramón, que no compañero de habitación:

―No deliraba. Solo estaba desubicado. En cualquier caso me lo tengo que llevar.

 



miércoles, 10 de junio de 2026

LAS RAREZAS

 Esta semana, las amigas jueveras Patricia y Rosana nos convocan desde su blog ARTESANOS DE LA PALABRA a armar un relato con los ingredientes que figuran en un par o tres de fotos.

AQUI podéis encontrar el resto de aportes


Mi abuela era, lo que podríamos llamar, rara. “Raro” es una palabra que ha cambiado de significado en los últimos años. Cuando ella vivía, raro era un característica peyorativa aplicada a una persona; casi un insulto. Ahora sigue siendo una característica distintiva pero ahora la uniformidad es despreciable.

Me di cuenta de que era rara la primera vez que vino con mi abuelo a visitarnos a Barcelona. Mi abuela era una mujer de negro, de aquel negro perpetuo de la España profunda, con su moño, sus zapatillas de paño negro y su mandil negro en cuyos bolsillos se criaban caramelos por generación espontánea. Una tarde desapareció. Mi abuela nunca había estado en Barcelona y no sé si en alguna ciudad grande. Cuando volvió explicó que había encontrado un sitio donde hacían carreras de perros ―el canódromo que había cerca de casa―, y que lejos de mantenerse como observadora, había averiguado que se podía apostar y cómo hacerlo. Y lo hizo. Se gastó veinte duros de la época, y los perdió. En eso no era rara. Aquella pérdida fue su mayor preocupación durante toda la tarde.

Esto solo es una muestra. Por definir su carácter diría que de ir en la actualidad a un psiquiatra la diagnosticarían de “bipolar con el polo depresivo estropeado”.

Poco después fuimos todos al pueblo. Mi abuela era costurera y hacía los encargos con su máquina Singer en casa. Nada más llegar me dijo que me iba a hacer un jersey. Debía salir de su zona de confort y dejar la máquina a un lado para pasarse al punto.

―…un jersey de color rojo ―me anunció.

―¿Rojo? ―me quejé. Ya tenía uno granate. Mi otra abuela, Pilar, la lechera, me había hecho uno verde fosforito, y viendo una naranja al lado del ovillo de lana roja que ya tenía preparado, se me ocurrió que me haría falta uno naranja fosforito, y así se lo dije a esta abuela, Pilar, la casillera. Así era como la llamaban.

―Muy bien ―contestó mi abuela, que ya había trazado su plan dando un vistazo al par de referidas esferas. Cogió el ovillo de lana y le dio un bocado. Pude ver mientras masticaba que por dentro era de color amarillo manzana. Luego cogió la naranja y la seguí a la cocina. Con un cuchillo empezó a pelarla dejando una monda no solo mínimamente gruesa, sino tan extremadamente estrecha, que podía tejerse―. ¡Antonio!, ¿puedes ir a Tidora y traerme cinco kilos de naranjas? ―le chilló a mi abuelo que acababa de volver del campo―. En tres días tendrás tu jersey naranja. ―me anunció. ¿Se acuerdan de aquellos concursos de pelar fruta en que ganaba el que sacaba la monda que menos pesaba? Mi abuela era la campeona del pueblo.

Cuando salí de la cocina vi por la ventana que en el monte había nevado. Eso fue lo más raro de aquel día. En el pueblo nunca, nunca nevaba.

Bueno, el día que murió mi abuela años más tarde, la única ocasión en que he ido al pueblo en invierno, también nevó.




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