lunes, 18 de agosto de 2025

TAN, TAN, TAN...

 Esta semana nos convocan Patricia y Rosana desde su blog ARTESANOS DE LA PALABRA, con un reto oloroso. Ese sentido evocador que heredamos de los reptiles.

Se trata de urdir un relato en que el olor ancestral sea protagonista. A mi se me ha ocurrido lo siguiente:


AQUí podréis encontrar el reto de aromas. 


“Tal y como ya se les informó, el trayecto a partir de San Andrés-Arenal deberá realizarse en autocar, por sabotaje en las vías. Con el número de su billete podrán ver en las pantallas qué autocar les corresponde”.

          ¡Joder, qué marrón! Con los años que hace que no me subo a un autocar… Espero que no me toque el autocar D, de devolver… A ver, a ver… numero 350.750… autocar V. Bueno no me ha tocado del D. Ahora en los andenes veremos cómo son los autocares.

          Ah… pues son muy modernos. El D tenía muy buena pinta. R, S, T, U… ¡Hostia puta! Son todos nuevos menos el V. Aquel amarillo crema asqueroso con rayas verde oliva. Como los del colegio. ¡Qué asco! Intentaré no respirar muy… Puaj, que asco. Huele igual que el del cole. Se me ha ido instintivamente la mano al bolsillo, como de crio, pero claro no llevo “bolsa de arrojar”. ¡Qué nombre tan estúpido!

          Pero ahora ya soy un adulto. Y he viajado mucho, aunque es verdad que no en autocar, precisamente porque… ¡Hostia, la V de vomitar! No lo había pensado.

          Es increíble como hay aun autocares de estos, con este repugnante olor a gasoil mal quemado, mezclado con el del eskay recalentado de los asientos marrones, y el calor recirculado que sale por los zócalos dorados que rodean este engendro del pasado.

          Pero esta vez no voy a sucumbir. Un tío de cuarenta años a merced… Uuugh, la segunda arcada. Esta vez me ha subido un poco de ácido. Menos mal que ya llegamos. Me voy a levantar para salir el primero… pero míralo, parece que me haya leído el pensamiento… Y otro más; ahora ni el segundo. El tercero. Ufff, al mover el aire, parece que todos se hubieran sentado de golpe y saliera todo ese olor rancio de los asientos por debajo, y el conductor hubiera dado un acelerón de humo negro, hubiera aumentado la velocidad del ventilador de la calefacción, todo a la vez y al mismo tiempo.

          ¡Ya ha parado! ¿Pero qué hace ese que no baja? ¡Qué tío tan, tan, tan…

          ―¡Venga, hombre, baje ya de una vez ―Por maleducado que parezca no me he podido contener.

          …tan, tan, tan…

          ―Tranquilo, que es un hombre mayor ―Contemporiza el segundo, hasta que―: Uy, ¿Qué es este líquido caliente que me baja por la pantorrilla?

          … tan lento.

          ―Venga, hombre. No se entretenga usted también ahora, que hay más gente esperando para bajar ―le azuzo limpiándome la boca.



martes, 5 de agosto de 2025

SE DIO A LA FUGA

 Esta semana nos convocan Patricia y Rosana desde su blog ARTESANOS DE LA PALABRA y el tema es el Sacudón, que para los que no quieran mirar el diccionario, es una sacudida a lo bestia, una que te hace cambiar para siempre la forma de pensar. Y de actuar. Puede ser un relato de ficción o de otra manera. El mio es de ficción.

AqUI poséis encontrar el resto de sacudones


          ―Pero ¿cómo que se dio a la fuga? ¿Nadie vio nada? Fue en pleno día ―La desesperación del padre iba en aumento. La madre no paraba de llorar, dando gritos ocasionalmente― ¿Dónde está su superior?

          ―No tengo superior, al menos en este edificio. Sí que hay algún testigo. ―Luego bajó el tono y se llevó al padre a un rincón―. Escúcheme; esto no puedo decírselo pero hay dos testigos que indican que el asesino conducía cómo si fuera borracho, pero no vieron la matricula. El modelo del coche es muy común pero haremos lo posible. ―Luego volvieron donde la madre, que seguía llorando, sin haber llegado a percibir la momentánea ausencia de su marido―. Ahora deben ir a la Oficina del Forense a identificar el cadáver.

          El padre se tranquilizó mínimamente y transmitió, casi sin querer, la calma a su esposa. Este poco conocido mecanismo de transferencia emocional sin palabras, ni tan siquiera miradas, se produce en parejas muy veteranas. Su hijo era oriental y había sido adoptado por imposibilidades físicas de los padres cuando ya contaban más de cuarenta cada uno. Al chico le gustaban las motos pero no había tenido mucho tiempo de adquirir destreza, ya que solo hacía un par de meses que sus padres, por fin, le habían comprado la Kawasaki. Aquel engendro solo había hecho que ayudar a matarlo. La cabeza del chaval había quedado entre el asfalto y el engendro cuando el coche del asesino pasó por encima de ambos. Antes de salir de la comisaría el padre creyó reconocer al modelo de un retrato que colgaba en un cuadro en la misma entrada del vestíbulo. Fuera quien fuera debía confundirse pues no conocía ni había conocido a ningún policía. Sintió cierta afinidad con él, quizás por las arrugas que delataban su jubilación; una condición que les igualaba.

          La investigación no progresó y el caso se aletargó en un par de meses. Ahora la desesperación no era rabiosa, sino más bien contenida.

          Una noche que no podía aguantar más en casa salió a tomar una copa a un bar de mala muerte; sin su mujer que se había ido a la cama a no dormir, temprano. Se había tomado dos cuando vio que salía del bar uno que se había tomado cuatro. Le siguió y comprobó cómo se subía al coche y se iba. Él había venido andando. La noche siguiente volvía y comprobó que los humanos somos animales de costumbres. Cuando iba arrancar le picó en la ventanilla. El borracho la bajó. Había visto en un reality de estos de true crime, un caso de un “sérial” que metía a sus víctimas el puñal por la yugular pero en dirección a la garganta, de modo que no podía gritar porque se ahogaba con su propia sangre. Resultó que era cierto.

          Al día siguiente cambió de bar. No quería que establecieran un patrón enseguida. A veces tenía que tomarse cuatro o cinco copas para encontrar una víctima. Se iba a casa en coche porque a veces para despistar se tenía que desplazar kilómetros. Pero se iba con el convencimiento de que si no había ajusticiado al asesino de su hijo, aunque fuera sin saberlo, había salvado una vida; una inocente.

           El Departamento de Policía de Los Ángeles había demostrado su inutilidad no atrapándolo. Él confiaba en seguir mucho tiempo con su nueva actividad autoimpuesta. Al fin y al cabo Colombo ya se había jubilado.


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