Este mes REBECA nos reta desde su blog CRÓNICA DE LA LOCA QUE CAZABA NUBES a escribir un micro (que a mí no me ha salido tan micro), en el que se incluyan tres palabras, a saber: JUEZ, LEÓN y la última un poco más larga TIJERAS
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Simba Tico era el más poderoso león de la sabana, y por eso era el Rey; al menos de la zona en la que gobernaba. Desempeñaba su función con desenvoltura y eficacia, y era muy querido por todos sus súbditos.
Cierto día apareció por su reino otro león, un extranjero que venía de la zona colindante. Se llamaba Simba Peles ―todos los sabaneños tienen apellido, no solo los reyes―. Era un joven adulto que había abandonado su lugar de nacimiento porque no pudo arrebatarle la corona a su Rey.
Merodeó por el vecindario de Simba Tico hasta que este último se hartó y lo retó. La pelea fue muy ajustada, tanto que el resultado se estimó como un empate; más o menos. En realidad las votaciones de los jueces ―en la sabana, las peleas son juzgadas por ancianos de la misma especie― dieron como resultado que Simba Peles ganó por un voto, pero para destronar un Rey hace falta mayoría cualificada; no basta con mayoría simple.
Simba Tico quedó muy tocado física, anímica y socialmente. Decidió tomar medidas drásticas contra Simpa Peles, haciendo uso de su ejército en la sombra: los Fisi-sils. Eran un comando especialmente entrenado de hienas. Nadie, solo los de muy alto rango en el gobierno, conocían su existencia. Había habido rumores, pero eran fácilmente desacreditados por la conocida enemistad que hay entre ambas especies, por eso no hubo grandes protestas cuando las Fisi-sils liquidaron al aspirante.
No obstante, hubo una denuncia anónima. Las sospechas se reactivaron y el alto sentido de la justicia del juez Tempo Ral ―el apellido era un coña de reciente cuño, ya que llevaba en el cargo cuarenta años― obligó a reabrir el caso. Se trataba de un elefante cuya jubilación forzosa se aproximaba, y que no quería dejar un borrón en su legado, que había sido ciertamente exitoso.
Tras las declaraciones de varios testigos ―las Fisi-sils, con esos grititos que dan, no son demasiado discretas―, y el testimonio de una hiena traidora, Simba Tico fue condenado. En la sabana los Reyes no son… ahora no me acuerdo como se dice… no son… bueno, que sí que pueden ser juzgados; no pueden hacer lo que quieren e irse de rositas. No obstante el juez Tempo Ral no fue muy duro en su sentencia; tan solo lo condenó a perder su corona y su melena. El castigo se llevó a cabo allí mismo. El magistrado ordenó atar al león junto a un nido de cortapichas; son unos insectos que tienen unas pinzas afiladas como auténticas tijeras, que en esta ocasión se tuvieron que conformar con cortar pelos. La melena no les duró ni cinco minutos.
Esta pérdida no es tan baladí como parece porque a los leones les pasa como a Sansón: pierden la fuerza. A esto se le suma lo de perder la alegría, como ya advierte el refrán. Todo ello hizo que Simba Tico dejara, poco a poco, de hacer honor a su nombre, y se convirtiera en un león huraño y huidizo. Esto último fue a más cuando los leones jóvenes se le acercaban y lo confundían con una hembra, y comenzaban a olisquearle los genitales y… Ah, ya me acuerdo… “inviolable”, era la palabra que no me salía.
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Aunque lo parezca, no todo es tan negro.