sábado, 4 de noviembre de 2023

SAN JORDI Y SAN GENÍS

 Este es un relato antiguo que escribí en homenaje a un barrio de Barcelona que antes era un pueblo.

Como creo que encaja en la dinámica mensual de VADERETO, lo voy a presentar ahi. En cualquier caso como es anterior al blog, no lo había publicado aquí, así que ahí queda.


Señorío de San Genís. Reino de Barcelonia. Año 3050 después del impostor. Para los nuevos creyentes, año 625 antes de Jesucristo; ese era el vaticinio del profeta Cis, al que todo nuevo cristiano que se preciara veneraba incondicionalmente. La civilización Occidental cayó de nuevo hace 500 años, como había caído antes al final del imperio romano, al final del imperio americano y al final del imperio coreano. Estamos por cuarta vez en la edad media. Debería llamarse la cuarta edad primitiva, pero la vanidad humana sigue sin tener límites.

El rey Maragall IV gobierna con mano de hierro a sus súbditos, que se hallan distribuidos por los cuatro señoríos feudales de su reino; a saber, el señorío tarraconensis, el señorío gerundensis, el señorío ilerdensis y el más importante de todos, el señorío de San Genís. Por ser el señorío capital, era necesario que fuera el más cruelmente gobernado de todos; por ello el rey Maragall había designado para gobernarlo a la Señora Cruella de los dolores.

La Señora tenía una hermana que había sido debidamente expulsada de la aristócrata familia, ya que sus ideas eran impropias de la nobleza. Expulsada y posteriormente perseguida. Dolores, la Justa, la llamaban. Era rebelde como ella sola y de momento se había librado de las garras de su hermana, no se sabe si por ser familia de quien era, o porque Cruella, no había puesto sobre la mesa todo el ahínco necesario.

Dolores, la Justa, consideró que su despótica hermana había llegado a un punto de no retorno, el día que decretó que cada pareja sólo podría tener una hija; hijos todos lo que quisieran, pero las hijas sólo aportaban al señorío más gastos y ningún beneficio. No había sido especialmente dotada de otra cosa que no fuera la crueldad.

Aunque Dolores, la justa, no era de las precisamente creyentes se encontraba en tal estado de indefensión e impotencia que decidió, ya que no tenía nada que perder, hacer caso a una tatarabuela, a la que llamaban Dolores, la Loca. De generación en generación había ido pasando una coplilla que recitaba:

“Si algo quieres conseguir

A San Genís has de ir,

Y en la catedral dels Agudells

Con devoción lo has de pedir"

Dolores, la Justa, devoción no tenía mucha. De hecho no sabía rezar. Se acercó a las ruinas de la referida catedral y consiguió que una de las viejas que por allí rondaba, le enseñara una oración. Un buen día, acumuló toda la devoción que pudo reunir, se adentró en lo más profundo de las ruinas y rezó, pidiendo la muerte de su hermana. Cuando acabó prometió en voz alta que si su súplica era escuchada, entregaría el resto de su vida a servir a dios. Al falso o al real, no le importaba. Al que estuviera en aquel momento.

Los entresijos de la comunicación intersantoral, escapan al conocimiento de esta narrador. De hecho, está prohibido a los mortales tal conocimiento. El caso es que de algún modo, la súplica llegó hasta la Basílica de San Giorgio en Velabro. El padre que la regía hizo venir a alguien que tenía asignado para estas peticiones. En aquella época de religión incierta, en que no se sabía si el Mesías verdadero era el que ya había venido o el que estaba pendiente de venir, parte de los religiosos pensaban que más vale pájaro en mano que ciento volando. Así que los milagros se producían con cierta ayuda terrenal. Pocos días después entró en la Basílica un personaje taciturno, de raza oriental, japonés por concretar. Era alto, mucho más que sus compatriotas y caminaba recto y tieso, como un bailarín de ballet. Portaba una vara de madera de sabina, recta y tiesa como él. Podría pensarse que la llevaba porque si, ya que su manera de manejarla denotaba que no la necesitaba en absoluto. Por lo menos para andar. Cada vez que golpeaba el suelo con ella, emitía un sonido metálico. Tal era la dureza de la madera. Su punta estaba extremadamente afilada y no perdía su agudeza por mucho que golpeará el suelo. Cuando caminaba por tierra o hierba, la vara se hundía sin dificultad en el terreno cerca de un palmo. Se llamaba Jordi-San, por lo menos para este encargo. Su nombre podía cambiar dependiendo de la escena de su actuación. Podía llamarse Jorge-San, o George-San o Giorgio-San. Ninguno de ellos era su verdadero nombre. Era el avatar oriental del Santo y era el único que quedaba. No daba a vasto. Los otros dos avatares habían perdido la vida en combates singulares, o no tan singulares. Exceso de confianza. Alguno fue tan sobrado que se aventuró a ir a una contienda sin la reliquia, y luego pasó lo que pasó. Precisamente, Susano-Oh, que ese era su verdadero nombre, era el que menos hubiera precisado la ayuda de la reliquia, nunca se presentaba a un desafío sin ella. Su destreza con la vara, que esa era la apariencia de la espada para los humanos, quedó sobradamente demostrada al derrotar al dragón Yamata-no-Orochi. Desgraciadamente no se le ocurrió recoger una muestra de su sangre cuando lo hizo; en ese caso hubiera sido él mismo el santo, y no sólo un avatar, puesto que su gesta fue anterior a la del verdadero San Jordi.

El sacerdote lo recibió con un abrazo, pero los japoneses son un poco especiales para el contacto físico, todo lo contrario que los italianos; que algunos italianos. Jordi-San le correspondió con una seca y brusca flexión del cuello, abreviatura respetuosa del tradicional saludo japonés. Como sea que el oriental no era muy hablador, extendió la mano y solicitó en un perfecto italiano:

―La reliquia ―dijo extendiendo la mano. El sacerdote no se ofendió; ya había tratado con él en otra ocasión y conocía sus escuetos modales. Fue a su despacho, abrió la caja fuerte y extrajo un frasquito que contenía la sangre líquida del dragón que mató el Santo. No era una reliquia de culto público ya que otorgaba a su portador el poder del Dragón. Tampoco era necesaria una protección especial, ya que muy pocos conocían su existencia. Salió y se la entregó al japonés junto con un sobre lacrado, que ya tenía preparado, y que contenía el objetivo de su misión. Jordi-San se despidió respetuosamente y sin abrirlo, montó su caballo y partió. Los milagros en esta época, llegaban o no llegaban, pero si llegaban, se tomaban su tiempo. A estas alturas, Dolores, la justa, ya no confiaba en que su petición hubiera sido escuchada.

Jordi-San abrió el sobre y se encaminó a la capital de Barcelonia, concretamente al palacio de Can Soler, donde llegó un par de semanas después. Se alojó en la posada Can Palmero, donde curiosamente trabajaba Dolores, la Justa. Cuando llegó, se lo quedó mirando como descabalgaba. Nunca había visto a un oriental. Ni tampoco a alguien tan recto y tieso. Ni tan pálido.

A la mañana siguiente, el oriental le preguntó, en perfecto español, donde estaba el palacio de Can Soler. Después partió hacia allí caminando. El palacio estaba todavía en obras. Los trabajadores estaban controlados por capataces dotados de unas varas similares a la de Jordi-san, con las que les animaban a no desfallecer, por mucho calor y cansancio que acumularán. Dio una vuelta al palacio antes de pedir audiencia, y en ese paseo pudo contemplar cómo de hacinadas se encontraban las familias de los desgraciados que estaban trabajando en las obras.  Luego entró y pidió audiencia como embajador de Japón. En palacio tampoco había mucha gente que hubiera visto un oriental, de modo que tras argumentar que no tenían noticia de la visita de ningún embajador, finalmente se creyeron que esa era la costumbre oriental, y se la concedieron. Luego esperó por espacio de cuatro horas, sentado en un sillón, hecho que no ayudó a aplacar la ira interior que le produjo lo que había visto fuera. Cuando por fin pudo entrevistarse con Cruella de los dolores, que se encontraba sentada en algo parecido a un trono y flanqueada por dos guardias que rivalizaban en altura con el propio Jordi-san, la primera y única frase que le dedicó antes de que ella pudiera preguntar, fue:

―Me llamó Susano-Oh y cuando no mato dragones, mato gente que no merece vivir. ―Luego esgrimió la vara y atravesó con ella el corazón inanimado de Cruella, que había muerto de un infarto medio segundo antes. Podría decirse que fue un acto de piedad para que Cruella no sufriera, pero sería mentir. Cuando la guardia reaccionó, Jordi-san sacó la reliquia, la alzó dentro de su puño, y abrió la boca un segundo antes de que un chorro de fuego azul saliera de ella y carbonizara todo y a todos los que había en la estancia. El resto del palacio sufrió la misma suerte. 

Dolores, la Justa, vio como llegaba Jordi-san caminando tranquilamente con el palacio en llamas a su espalda. Durante un breve instante le pareció ver que el japonés caminaba apoyándose en una espada; pero sólo fue un segundo. Las lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas con la misma tranquilidad que caminaba Jordi-san. Luego miró como subía a su caballo y se alejaba por donde había llegado. El día siguiente, Dolores, la Justa, haciendo honor a su nombre, empaquetó sus cosas y se dirigió al convento más cercano, a echar su currículum. 



viernes, 20 de octubre de 2023

EVASION

 Este mes el reto de LÍDIA CASTRO NAVAS consiste en elaborar un micro de 100 palabras o menos referido a la imagen de la carta, el dado (demonio), y el planeta Urano

 

 Podéis encontrar el resto de aporte AQUI 

 

            Urano estaba preso en el país de las palabras mutadas.

          ­­―Tu verdadero nombre es Huraño, y representa tu carácter. Si fueras amable te dejarían salir ―le susurró el angelito que se posó sobre su hombro.

          ­―¿Siiií? Pues yo…

          ­―¡Calla imbécil! ―gritó el demonio que se posó sobre su otro hombro―. Tu nombre es Uranio; te tienen miedo. Eres radiactivo. Atado al tobillo llevas tu planeta. Busca entre el pavimento estrellado cuál es tu sol, ponlo sobre él, y así atravesaréis el suelo y saldréis al espacio. ―Y así lo hizo, aunque allí no había aire―. ¿Veis? Era imbécil.

          ­

viernes, 13 de octubre de 2023

PRUEBA DE AMOR

 Este mes EL TINTERO DE ORO nos reta a estar a la altura de "Matar a un ruiseñor", invitándonos a hablar sobre las injusticias. Como los prejuicios son la raiz de las injusticias y para erradicarlas hay que cortarlas de raiz, yo he escrito sobre los prejuicios; y como los prejuicios hay que erradicarlos de raiz, he escrito sobre un prejuicio que aun no existe, pero le falta poco. Para el que no sepa qué es "hacer de la necesidad virtud", esto es un claro ejemplo.

Podéis encontrar un montón de injusticias, sin mirar el telediario, AQUI


 

          ―Va… Pide, cariño.

          ―Ah… sí. Es que hay tanta cosa. ―Y entonces enunció―: De primero…

          ―¿De primero?

          ―Ah… Es verdad que es plato único. Pues… ¿Tú qué has pedido?

          ―Va, cariño. Que están esperando y solo faltas tú ―le acució Flora.

          ―Mmm… Carpaccio de jengibre en salsa wasabi.

          ―Excelente elección ―apuntó el camarero antes de retirarse. Había pedido al tuntún. Del jengibre había oído hablar que era bueno para todo, pero desconocía a qué sabia. Del wasabi, ni eso.

          ―¿Ya vas a poder con eso? ―inquirió jocoso Narciso.

          ―Yo no puedo con el wasabi, cariño ―comento Hortensia dando un codazo a su novio, como refiriendo una broma privada.

          ―¿Y qué habéis pedido, vino o cerveza?

          ―Cariño… ¿Cerveza? ¿En serio? Nosotras agua y para vosotros vino blanco.

          ―¿No había tinto? ―preguntó un poco con miedo, mientras Jacinto sonreía por lo bajini.

          ―Cariño ―regañó Flora―. El tinto es sanguinolento. ―Miró a ambos lados y vio que todos iban de colores claros y creyó entender:

          ―Ah, ya, es por… ―Y no dijo nada más porque no estaba muy seguro, y tampoco quería hacer el ridículo. Era la tercera cita con su novia y la primera con aquellos amigos de ella. Trajeron el vino y Narciso sirvió a ambos. Dos dedos―. Y ¿tú qué has pedido, cariño?

          ―Estofado de dados de brócoli caramelizados en salsa de trufa.

          «Eso de la trufa suena a carodecojones. Podía cortarse un poco que sabe que me ha tocado pagar a mí», pensó.

          ―Mira, ya lo traen ―comentó Hortensia. Una vez servido, faltaba lo de Narciso:

          ―Tranquilos, empezad. Lo mío tardará un poco ―comentó dándoselas de entendido.

          Seleccionó una loncha de jengibre, la untó generosamente por ambos lados y se la metió en la boca. La temperatura ascendió rápidamente. Pensó en que algo raro estaba pasando. Algo muy raro. Pensó en la muerte. Mordió el jengibre ávidamente para que su jugo le refrescara, pero fue peor. Abrió la boca hacía arriba, como para que entrara algo de aire fresco. Todos reían. La bombilla se le iluminó y se bebió los dos dedos de vino de un trago, mientras intentaba volver a recargar la copa, pero no pudo. Tuvo que volver abrir el volcán, porque el alcohol del vino había formado una queimada. Salía fuego azulito. Flora le dio una palmada en la espalda, y todo fue adentro; por el tubo correcto afortunadamente. La muerte había pasado de largo. Luego empezaron las contracciones estomacales, más soportables.

          ―Voy un momento al lavabo ―pronunciaron sus labios, aunque no salió ningún sonido. Allí devolvió todo y bebió agua del grifo hasta apagar el volcán. De vuelta a la mesa vio una sala de vidrios tintados con mucho jaleo dentro. No tenía puertas. Se debía entrar por otro sitio. A continuación estaba la antigua sala de los extintos fumadores. Vacía. Estaba abierta y entró. Los extractores funcionaban a tope y notó olor a barbacoa. Salía de una gran rejilla que comunicaba con la sala oscurecida. Los extractores daban buena cuenta de aquel olor. Permaneció unos segundos inspirando junto a la rejilla. A continuación de esta sala estaba la antigua de vegetarianos, ahora comedor de mascotas. Los vegetarianos eran lo peor. Peor que los carnívoros. Eran tibios, poco radicales. Ya no se hacía comida vegetariana en los restaurantes. Volvió a su mesa:

          ―¡Hostia! Eso ¿qué es?     

          ―Jaja ―rió Narciso―. Espera que te lo leo: “Trampantojo de esfera de calabaza sobre salsa blanca frita con puntilla, y guarnición de zanahorias baby rojas.

          ―Joder… da el pego, eh?

          ―¿Qué tal? ¿Has visto a los carnívoros? ―preguntó mientras untaba pan en la esfera de calabaza.

          ―Bueno, tienen los vidrios tintados.

          ―Claro. Dicen que es para ahorrarnos el asco de verlos comer carne, pero en realidad es porque se avergüenzan de que los reconozcamos. ¡Asesinos!

                             ―respondió tras una pausa valorativa.

                             ―comentó Flora, mientras Hortensia le reía la gracia.

          De vuelta al transporte público, ya solo con Flora, paró a comprar un cuarto de kilo de grillos y saltamontes:

          ―Me ha dicho el medico que tengo que comer esto. Tengo 105 de colesterol y tengo que bajar urgentemente.

          ―¿Y tienes que comer eso? Es como carne, ¿no?

          ―Pues no sé si cuenta como carne. Verdura no es, pero me lo tengo que tomar.

          De camino al metro ya no le cogía del brazo. Cada uno cogió su dirección. De momento había conseguido mantenerla lejos de casa, pero algún día…

          En cuanto entró en casa acudieron sus cuatro gallinas con el pico encintado. Las condujo a la habitación insonorizada, les liberó el pico y les echó los saltamontes en el comedero con unas piedras y un saquito de maíz.

          Luego fue a la cocina, cerró todo, encendió los extractores con filtros hepa para olores intensos, y se hizo unos huevos fritos con chistorra.

          Aunque las carnicerías y pollerías tenían los cristales tintados y guardia de seguridad, no se atrevía a ir por miedo a que lo reconocieran. Iba a comprar carne y chistorra a un pueblo a 50 km. Se proveía para un mes congelándola, pero con los huevos no podía hacer eso, y tenía que autoproveerse porque eran un vicio.

          Un día sonó el timbre mientras tenía las gallinas sueltas, la sartén al fuego y los huevos ya cascados.

          ―¡No me interesa! ―gritó desde el pasillo.

          ―Yuhhuu, cariño. Soy Flora

          Las gallinas no son tan fáciles de conducir cuando no están hambrientas, ni callan sin el pico encintado.





martes, 3 de octubre de 2023

CULPABLE

 Esta semana la propuesta JUEVERA corre a cargo de MAG (por si alguien se creía que iba a ser fácil) desde su blog LA TRASTIENDA DEL PECADO.

Se trata de construir un relato de 350 palabras o así (esta semana pongo el límite por que he entrado razonablemente) de las cuales, al menos 13 deben contener dos "d"s. Además una de las trece debe identificar a un artefacto que aun no existe (fácil, eh?)


 Podéis encontrar el resto de aportes AQUI

 

          David era feo. En una sociedad en que la religión ya no existe, la fealdad es un pecado. En cambio, su mujer Desi, era una preciosidad; pero una preciosidad que hacia un flaco favor al bien común. Amar a un feo es casi peor que serlo.

          David trabajaba en correos, y a pesar de que no lo hacía cara al público, la empresa estaba decidida a deshacerse de él. Aunque profesionalmente hablando era un donnadie, estaba sindicado, y eso representaba un problema para despedirlo. De modo que el departamento de RRDD (recursos deshumanizados) ideó un ardid: Una señora mandada por ellos permaneció en la oficina hasta que el más guapo de los despachadores llamó con urgencia a David por vía interna. Dado que tardaba mucho repitió la demanda por megafonía. Este medio de llamar a alguien era inusitadamente extremo. David, impelido por la premura, salió a la oficina sin la debida mascara para espacios públicos. La señora simuló caer desmayada llevándose las manos al pecho. Acusado por las miradas de todos, agarró el desfibrilador oficial, que se encontraba adosado a una de las columnas, y se arrojó sobre la impostora decidido a salvarla. Cuando la farsante abrió los ojos, la proximidad del feo la hizo desmayarse de verdad.

          La acusación fue por agresión visual. En el proceso el juez quedó más indignado por la presencia de Desi en calidad de testigo de la defensa, que por el propio delito del acusado: “Amar a un feo es peor que serlo”, sentenció en un momento del juicio. Y finalmente llegó la condena: “Dados los antecedentes del procesado y sus repetidas negativas a operarse para resultar visualmente soportable, le condeno a un tratamiento completo de desfibración ―aquí David se rio para sus adentros convencido de la analfabetía del juez― en el departamento de siquiatría de la prisión del estado, tras el cual quedará al cuidado de su esposa.

          Poco después se enteraron de que el desfibrador es un aparato que mediante un complicado sistema de poleas, convierte el tejido muscular esquelético en tejido adiposo. Unas semanas después del tratamiento, el cuerpo del condenado tiende a la redondez. Un año después la consigue.

 

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