miércoles, 7 de julio de 2021

EL CAZAPATOS 2

 

Esta semana, siguiendo el consejo de Demi, los deseos de Myriam, el anterior argumento

de Neogeminis,  y la convocatoria de nuestra nueva y flamante anfitriona CAMPIRELA, he decidido 

continuar la hstoria de la semana pasada, aunque se comprenden por separado. El tema que nos

proponees Sherlock Holmes y aledaños. Lo siento, he vuelto a pasarme de palabras. 

Es conveniente leer y comentar el resto de aportaciones que encontrareis AQUI


 

 

               Aquel día en la comisaria fue uno de los más curiosos de mi infancia, incluso de mi juventud diría yo. Cuando sea adulto ya lo repensaré. Me encontraba en los asientos de espera, que estaban en un rincón de toda la enorme sala. Acababan de meter a un borracho, que yo deseaba que ocupara el puesto, que dejaría libre mi padre; por aquello de la saturación, lo de “dejen salir antes de entrar”. Ya llevaba más de dos hora esperándole. Entonces entro un tipo con bigote y bombín, muy nervioso y apresurado.

          ―Agente Jameson, ¿puede avisar al inspector Lestrade? ―preguntó el bigotón.

          ―Inmediatamente, Dr. Watson. ¿Quiere que le diga algo? ―respondió el poli del mostrador

          ―No, solo que venga. ―Me lo quedé mirando unos segundos hasta que me decidí:

          ―Agente Jameson ―inquirí repitiendo la fórmula que con tanto éxito había utilizado el bigotón― ¿Pueden soltar ya a mi padre? Voy a llegar tarde a clase de música ―terminé bajando poco a poco el tono, mostrándole el violín en su funda, sabedor, por la mirada del agente Jameson, de que la fórmula del exceso de confianza, había tenido escaso éxito.

          Ni siquiera me contestó. Minutos después un agente entró con un perchero de pie, lo puso al lado del había junto al pasillo que conduce a los calabozos, y comenzó a cambiar los sombreros de uno a otro. Cuando hubo terminado uno cayó al suelo, sin que el agente se percatara de ello. De hecho, nadie en el mundo más que yo, se percató. Después de caer, a pesar de ser un sombrero cazapatos de forma caprichosa, comenzó a rodar hasta esconderse tras la pictocopiadora al óleo, que había en un rincón. Miré a mí alrededor y nadie me miraba. El bigotón se había dormido y el señor con sombrero de copa que había a mi otro lado, también. Me deslicé con la sinuosidad que me caracteriza, y me hice con él. Hacia juego con mi pantalón de paño verde, mi camisa blanca de clase de música, y mi chaleco verdeotoño. No soy muy de modas, ni de hacer juego, pero las oportunidades hay que aprovecharlas.

          ―¿Qué pasa Watson? ―entró gritando un señor, que por los aires que se daba, podía haber sido el mismísimo inspector en jefe de Scotland Yard.

          ―Sherlock… ―contestó señalando con la cabeza a los calabozos.

          «WALLA… Popular detective que nos han traído por aquí», pensé yo. Luego todas las piezas fueron encajando. El bigotón, el familiar gorro cazapatos, que entonces supe de qué me sonaba, el airesdegrandeza, la sumisión del agente Jámeson. Y yo con el gorro de Sherlock en la cabeza. Recé para que lo sacaran igual de desparramado que lo habían entrado. Pero no fue así. Salió como una furia, sujetado por Watson, con un gorro de presidiario. Suplique al cielo que no se diera cuenta y que nadie le dijera nada, pero el cielo no me atendió.

          ―¿Dónde demonios esta mi gorro?

          Comenzó a inspeccionar la estancia, al mismo tiempo que yo le cogía el sombrero de copa a mi vecino ―que seguía en los brazos de Morfeo―, y me lo calzaba encima del cazapatos.

          ―En el perchero.

          ―¿En cuál? ―El agente Jámeson se giró.

          ―Ahh… en el que están todos. El otro nos lo prestó el Agente MadHatter, mientras nos arreglaban la pata del nuestro.

          ―Elemental, querido Jameson, pero ahí… no está ―terminó gritando.

          Todos buscaron el cazapatos en el perchero y sus alrededores. Comencé a levantarme lentamente. Mi padre tendría que volver por sus medios por muy borracho que estuviera.

          ―¡Que nadie salga de la comisaria! ―gritó Sherlock, una octava por debajo de lo que hubiera sido necesario para despertar a mi vecino. Empezó a realizar unos movimientos que podían interpretarse como un cálculo de la trayectoria descrita por el sombrero caído. Era bueno, el cabrón. Fue derechito al pictocopiadora. Vi una gota de oleo rojo, en el suelo, un microsegundo antes de que él la viera. El manazas que había venido a recargar la máquina de pictocopiar, había dejado caer una gota… ¡Maldita sea! Sherlock sacó ―no sé de donde― su lupa, y apuntó a la gotita. Seguidamente se levantó y empezó a mover el cuello como una gallina que acaba de cazar un gusano. Escudriñó en silencio, el calzado de todos los de la sala, hasta que se detuvo en el mío. Sonrió y comenzó a dirigirse hacia donde yo estaba. Mis adorados zapatos marca “PATOS”, de los que tan orgulloso estaba, me habían delatado. Amplió el arco de su sonrisa, cuando miró mi tocado de copa, seguidamente a mi descubierto y dormido vecino vestido de frac, y finalmente otra vez a mí. Llevaba una versión cara de mi indumentaria, o yo una barata de la suya, pero prácticamente iguales. Luego miró mi violín. Luego se paró, miro al techo y dijo:

          ―Vámonos, Watson. Hay que pasar por la sombrerería.    

         

 

 

domingo, 16 de mayo de 2021

AMOR EN TIEMPOS DE MUERTE

 Aquí un microrelato para lo de los relatos encadenados de

 la cadena SER, de esta semana. Menos de 100 palabras, con la primera frase impuesta 

 

                El ruido del tiroteo consiguió animarles de nuevo. Se incorporaron cogidos de la mano, con la dificultad que ello conlleva. Andados unos metros, se pararon con la misma parsimonia con que habían caminado, y se besaron como si no hubiera un mañana.
                Pero la descomposición ya había comenzado. El propio apasionamiento del beso oprimía sus vientres. Al separarse las tripas se les cayeron al suelo, y tras la consecuente sorpresa, menguada sin duda, por el escaso estado de consciencia, continuaron andando, ya más livianos, con esa languidez con que caminan los zombis en la películas.

miércoles, 12 de mayo de 2021

EL TEMERARIO

Siguendo la propuesta de Mónica para este jueves en su blog NEOGÉMINIS, me he inclinado por la 

interpretacion covidera del síndrome. O sea que el protagonista, se ha acostumbrado al 

encierro. Esta es mi aportacion  despues de unos dias ausente. Podeis leer más tesis sobre el síndrome

AQUIMISMO (cuidado, que la música da miedo)


 

            Edmundo ya se había acostumbrado a su enclaustramiento. No salía hacia más de nueve meses. Al principio de la pandemia aún se permitía alguna escapada, pero cuando vio la altura, velocidad y voracidad de la segunda ola, decidió no salir más hasta que la cosa no estuviera más calmada. Afortunadamente su trabajo podía desarrollarse desde casa telemáticamente. Acordó con su hijo Eduardo que cada día le traería la comida. Había conseguido un status cómodo. Lo único que le sacaba de quicio eran las noticias que devoraba con fruición mañana, tarde y noche. No se perdía ningún debate televisivo, cuanto más catastrofista mejor; le hacían regodearse en la seguridad de su refugio. Se hacía cruces de ver cómo había gente que osaba salir a la calle sin mascarilla; veía aquellos planos profundos, que salían por la tele, de gentes apiñadas en las playas. No tenía la menor intención de salir. Estaba muy a gustito en su enclaustramiento.

          Lamentablemente llegaron las vacunas, y poco a poco, los noticiarios empezaron a ser más optimistas. Comenzó a pensar que todo aquello de que ya no iba a haber cuarta ola, era un cuento, para revitalizar la economía a cualquier coste; pero que con Edmundo no contaran. Dramáticamente, llegó la noticia que tanto temía: le comunicaron que el teletrabajo llegaba a su fin. Decidió que tenía que salir un par de días antes de reincorporarse, para que no le pillara de sopetón, el acontecimiento. La noche anterior a su primera salida no pudo pegar ojo. Se levantó tres veces para ir al lavabo, que estaba en la propia habitación. Los nervios le devoraban. Finalmente llegó el día. Se aseó, se vistió y se dirigió a la puerta, armado de temeridad. La abrió, asomó la cabeza y exclamó en voz alta:

          ―¡Edelmira! ¡Edith! ―Ni su mujer ni su hija contestaron. Eduardo ya hacía rato que se había ido a la Universidad― ¿Hay alguien en la cocina? ―preguntó antes de aventurarse.

          ¿Quién sabe las adversidades que le esperan fuera de la habitación?

 

 

lunes, 12 de abril de 2021

EL GRAN..."LORO"

Este es el microrelato que presnté a eso de "La ventana dela cadena SER"

esta semana pasada Ya sabeis , 100 palabras maximo, con la frase inicial, 

en negrita, impuesta :


Hablando todo el día con el loro del vecino. Debían tener muchas cosas que contarse, el loro y la paloma . No sabía que hablaran el mismo idioma, pero los loros lo aprenden todo. Era un bicho enorme, verdeazulado. Así estaban todo el dia: un loro y una paloma, pelando la pava.

Una tarde que llovía, vi como el dueño desbarataba la cita y metía al loro en el interior de la vivienda:

―Venga Houdini, vamos adentro.

«Houdini, vaya nombre», pensé yo.

Semanas después lo comprendí, cuando empecé a ver pichones verdeazulados revoloteando por el barrio.

 

domingo, 7 de marzo de 2021

LA JAULA DE FARADAY

 

 

Esta es mi aportacion al reto de noviembre de Lídia Castro Navas, que nos convoca en su blog

Escribir jugando a participar creando un microrelato con los siguientes condicionantes:

 

Crear un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándo en la carta.

En él debe aparecer el objeto del dado: Un telefono movil.

 

 

Opcional:

Que aparezca en la historia algo relacionado con el espino (año de creación, inventor o el propio alambre):

 
Podeis encontrar los anlaces del resto de participantes AQUI  
 

Tomando su refrescante paseo por la Antártida, Rosario tropezó con la rosa que constituía toda la vegetación del continente, con tan mala pata, que se la quebró. Tendida sobre el hielo intentó pedir ayuda con su smartphone, pero la valla de alambre de espino que delimitaba su finca, hacía de jaula de Faraday, dejándola sin cobertura. Se arrastró,  alcanzó  la cerca y sacó el brazo bajo ella, consiguiendo la ansiada señal.

En un par de horas llegaron los botánicos de emergencias que pusieron una tirita a la rosa. Rosario tuvo que esperar a los servicios sanitarios, que estaban saturados.


 

miércoles, 17 de febrero de 2021

EL ESPEJO RETROVISOR

 

Lo siento, queria hacer algo serio, trascendente y con mensaje, y lo tenia en mente asi, 

pero cuando me he puesto a escribirlo, he sucumbido. También he sucumbido a lo del numero de palabras

     

 Esta es mi aportación a la convocatoria de Lucia de este jueves.

Podeis encontrar el resto de textos participantes AQUI



          Sonia y Francesc se habían apuntado a una fiesta de disfraces diferente de la que solían frecuentar años anteriores. Tenía la ventaja de que no había que ir disfrazado. Les había hablado de ella Erika, una amiga de Sonia. Había que registrarse por internet, obviamente, facilitando todos tus datos por si en los próximos días había algún contagio; ya sabéis: covid, gripe aviar, sida ―este último lo ponían en letra más pequeñita y al final, porque la gente se asustaba―. Con esto de los contactos víricos te sacan hasta el número de la tarjeta de crédito, pero ya estamos acostumbrados y nos parece la mar de bien.

          Llegaron en coche porque el lugar tenía hasta aparcamiento gratuito. En la puerta se encontraron con Erika y otras amigas suyas. Nada más franquear la puerta te daban a elegir entre tomarte una pastilla roja o una verde. Todos los del grupo acordaron tomar la roja.

          Una vez dentro, los destellos de luz blanca sincopada, resaltaban sobre las luces rojas y verdes, y se sincronizaban con los golpes en la boca del estómago, que producía la música. Durante ellos podía vislumbrarse el panorama.  Más carne y menos baile de lo esperable en el carnaval. Y más espejos de lo esperable en cualquier sitio. En uno de aquellos destellos de luz blanca, Francesc se vio reflejado sin reconocerse. Se acercó al espejo y esperó otro fulgor, y esta vez se reconoció menos aun. No tenía ni puta idea de quién era el tipo del espejo, pero seguía sus movimientos. Habló y tampoco reconoció su voz. Estuvo un buen rato buscando a Sonia, hasta que la encontró follando con otro tío al que tampoco conocía. Intento acercarse pero la vergüenza le frenó. Al fin y al cabo, todo el mundo estaba haciendo lo mismo. Se apartó y se refugió en la otra punta de la sala. A pesar de la oscuridad, se dio cuenta de que alguien lo seguía disimuladamente. Era una de las amigas de Erika. Volvió a mirarse al espejo y vio al mismo tío de antes.

           Una chica, que por su aspecto venia de un segundo o tercer asalto, se le echó encima de una forma difícilmente rechazable. Estaba confuso. La amiga de Erika no quitaba ojo, pero como no podía reconocerlo, ―porque físicamente era otro­―, como todo el mundo hacia lo mismo, como incluso su mujer no se cortaba, y como, debido a la insistencia de la asaltante, la confusión había dado paso a la erección, no tuvo más remedio que sucumbir, muy a su pesar. Pudiera parecer que cuando uno sucumbe, lo hace una sola vez, pero no es así. Aquel “otro yo” suyo, funcionaba de una manera, que le hizo dudar, si la pastilla de la entrada era roja o azul; le permitía ser pertinaz en el sucumbimiento. La amiga de Erika no sucumbía pero era pertinaz en su acechó, aunque eso le importaba cada vez menos.

          En uno de sus cambios de pareja vislumbró a alguien muy parecido a él mismo, empujando desde detrás a Erika. Se acercó más y lo de “muy parecido” se quedó corto. Nunca había tenido aficiones homosexuales, pero se le pasó por la cabeza acoplarse a sí mismo, para ayudar, más que nada, pero finalmente desistió; no sabía cómo iba a reaccionar. Además, le seguía mirando la amiga de Erika; aunque daba igual, todo el mundo hacia lo mismo, y como no era él…  Hizo un par de asaltos más durante los cuales no vislumbro a su perseguidora.

          Finalmente salió, no sin antes comprobar que volvía a ser él. Dedujo que la pastilla roja te convertía en otra de las personas presentes en la fiesta. Con lo cual, aquella Erika no debía ser Erika y aquel “él” estaba seguro de que no era él.

          En el coche estaba Sonia, mirando fijamente el parabrisas delantero, sin parpadear, como ida. No dijo nada. Cuando Francesc subió adoptó la misma actitud. Sonia se giró y le clavo la mirada. Él lo notó, y cuanto más se clavaba la mirada, más lo notaba.

          ―¿Te has divertido ahí dentro? ―preguntó sin girarse en tono puramente interrogatorio, no recriminatorio. Sonia no contestó, pero siguió clavándole la mirada―. ¿Qué pasa?¿Tengo algo en la cara? ―preguntó girando el espejo retrovisor hacia él. El que le miro desde el espejo sí que tenía la mirada recriminatoria, y no por haber pensado en darle por culo.  Ya eran dos miradas que lo atravesaban. 

          Los coches a su alrededor empezaron a irse.

          ―¿Vamos para casa? Todo el mundo lo hace… ―No obtuvo respuesta, así que arrancó y Sonia no se lo impidió. Cuando ya salían del recinto del aparcamiento pregunto―: ¿Eres “la” amiga de Erika?

          ―Soy su mejor amiga ―contestó ella.

          No quiso seguir indagando, aunque algún día habría que hacerlo. De camino a casa, pensó si el efecto de la pastilla se acababa al salir del local, y si aquella que había al lado suyo, era realmente Sonia.  

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